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MAX WEBER

LA ÉTICA
PROTESTANTE
Y EL ESPÍRITU DEL
CAPITALISMO

Traducción de Denes Martos

Edición Original: 1904/1905
Edición Electrónica: 2009

 

INDICE

Prólogo del Traductor
Reseña biográfica de Max Weber
Introducción

LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO

I. El Problema
1. Confesiones y estratificación social
2. El "espíritu" del capitalismo
3. Concepción luterana de la profesión. Objetivo de la investigación
II. La ética profesional del protestantismo ascético
1. Los fundamentos religiosos del ascetismo mundano
2. Ascesis y espíritu capitalista


Otras Obras Recomendadas

Hilaire Belloc
Las Grandes Herejías
Gilbert K. Chesterton
Herejes
Ortodoxia
Lucio A. Séneca
Tratados Morales
Oswald Spengler
La Decadencia de Occidente
Donoso Cortés
Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo


 

Prólogo del Traductor

Para el lector promedio del Siglo XXI éste es, sin duda, un libro que no resultará ni fácil ni simple. Digámoslo de entrada: es una obra compleja, profunda y no precisamente fácil de leer. Pero es una obra importante. Es uno de esos trabajos fundamentales, con frecuencia y de un modo casi inexplicable bastante relegados, que abre la mente para comprender muchas de las cosas que suceden en el mundo actual y – sobre todo – para formarse una idea de cómo, en absoluto, llegamos hasta aquí. Y lo más relevante de todo es que nos demuestra que, no es como generalmente creemos y como por lo común se explica.

Pero vayamos por partes.

 

Por de pronto, el libro en sí

La traducción

Traducir a Max Weber es complicado. Lo es por la complejidad propia, ya señalada, de la obra y, además, la dificultad se multiplica por el estilo personal del autor.

El alemán, ya de por sí, se presta bastante poco a ser volcado al castellano de un modo exacto. Hay términos, como por ejemplo “Gestalt”, o “Bußkampf”, o “Gnadenaristokratismus”, que pueden llegar a hacer sudar tinta al traductor más avezado. Para no hablar de la conocida y muchas veces mencionada dificultad de pasar a un castellano comprensible y correcto términos como los de “Geist” y “Seele”, con sus múltiples derivaciones y conceptos compuestos.

Pero esto es solamente una parte de la historia y, en última instancia, no es más que la valla que cualquier obra alemana presenta para el traductor. En personas como Weber aparece la dificultad adicional del estilo. De hecho, hay un estilo particular, propio de muchos académicos alemanes – que, dicho sea de paso, mereció más de una ácida crítica por parte de Nietzsche – y que se caracteriza por oraciones increíblemente largas, plagadas de frases subordinadas y términos compuestos (a veces creados por el propio autor), y, como no podía ser de otro modo, con el verbo indefectiblemente al final. No hace falta agregar mucho más para ilustrar que, en esas condiciones, la misión del traductor se convierte a veces en un trabajo casi físico.

De modo que vaya la aclaración: si en esta traducción el lector encuentra a veces dificultades para seguir la cadena de razonamientos del autor, tenga la plena seguridad que, en el original, la tarea tampoco le hubiera resultado mucho más fácil.

Y una última cosa en cuanto a traducciones: no tengo la pretensión de haber logrado que la mía sea absolutamente perfecta. Con las dificultades arriba apuntadas y aun después de haber revisado el material a mi mejor ciencia y conciencia, seguramente habrá algún pasaje, algún matiz, algún concepto que podría ser expresado de una forma más fiel al original. Por mi parte, agradeceré cualquier corrección que se me sugiera y, desde ya, asumo el compromiso de incorporarla en futuras revisiones. Pero, así como soy conciente de mis posibles limitaciones y las admito, también debo prevenir al lector sobre otras versiones que pueden hallarse, y muy en especial las que se encuentran en Internet. No quiero ser excesivamente severo con el trabajo de otras personas, pero las que he visto dejan mucho que desear y una de las más difundidas es sencillamente pésima. Precisamente por ello es que consideré que sería útil una nueva versión.

El texto

Considerado desde cierto punto de vista, éste no es un libro. Se podría decir que son dos: uno está constituido por el texto en si y el otro por casi 400 (!) notas al pie. Es indudable que esto constituye una dificultad adicional para la lectura y se explica – probablemente – por el problema técnico y económico que hacia principios del S. XX representaba reeditar y reimprimir un libro compuesto en tipografía o linotipo.

Con todo, permítanme una sugerencia: no ignoren las notas. En muchas de ellas se encuentra quizás lo más jugoso y medular del libro, así como la respuesta a varias críticas que en su momento se le hicieron y que Weber contesta allí. Si no se quiere perder el hilo de la exposición, probablemente lo más aconsejable es leer la obra en forma lineal y después, en una segunda recorrida, estudiar las notas repasando, si hace falta, los pasajes pertinentes del texto principal. Es trabajoso, lo admito. Pero, exceptuando las citas que sólo son referencias a otros autores, realmente el esfuerzo vale la pena en la gran mayoría de los casos.

Eso sí: las abreviaturas de los títulos de las obras de otros autores que figuran en las referencias y notas al pié (a veces casi indescifrables) son de Weber. No hubo más remedio que dejarlas tal como el propio autor las puso.

Aparte de ampliar su trabajo con notas agregadas, Max Weber fue partidario de enfatizar para hacerse entender mejor. En consecuencia, todos los resaltados en el texto son del autor (y esto, que es importante, es una de las cosas que falta en la casi totalidad de las ediciones electrónicas).

Otra de las particularidades del autor es que le gustaba hacer alarde de su conocimiento de idiomas. Weber, en un rasgo bastante evidente de soberbia, parece haber supuesto que todos sus lectores tendrían que dominar el inglés (y hasta el latín, el griego e incluso algo de holandés) si querían entender la totalidad de su libro. En el original, múltiples citas en inglés sencillamente no están traducidas al alemán. Dependiendo del contexto y de su importancia, en esta versión dichas citas se han consignado tanto en inglés como en castellano. El latín y el griego escapan a mis conocimientos y han quedado tal como se encuentran en el original.

 

Los Personajes de la Reforma

Un libro que trata de la ética protestante en su relación con el capitalismo requiere – obviamente – un conocimiento previo del protestantismo y del proceso histórico de la Reforma. Por desgracia, el lector promedio de nuestro tiempo cuenta sólo con un concepto por demás vago y nebuloso del tema, en especial si es joven y de formación tradicionalmente católica. Lo que genéricamente se sabe de la Reforma es algo sobre Lutero y, en el mejor de los casos, alguna particularidad sobre las múltiples y variadas sectas que el protestantismo ha generado.

Hacer una exposición detallada de la Reforma para darle el marco preciso y exhaustivo a la obra de Weber escapa decididamente a las posibilidades que tenemos aquí. En principio, recomendaría muy enfáticamente la lectura previa de, por ejemplo, Las Grandes Herejías de Hilaire Belloc; en  especial el Capítulo 6 de dicha obra. Con todo, una breve referencia a varias personas frecuentemente citadas por Weber quizás sea de utilidad.

Martin Lutero (1483-1546)

Sobre Lutero es fácil encontrar una enorme cantidad de biografías en Internet, por lo que aquí nos limitaremos a lo más esencial.

Su familia fue de origen campesino y dueña de una mina. En 1501, comenzó sus estudios en Erfurt con la intención de hacerse abogado pero cambió de parecer y en 1505 ingresó en el monasterio agustino de Erfurt. En 1507, con 24 años, fue ordenado sacerdote y tres años más tarde viajó a Roma dónde sufrió una gran desilusión por la mundanalidad en que había caído la capital del cristianismo. De regreso a Alemania se doctoró en teología en 1512 y comenzó a dar clases en la universidad de Wittenberg.

En 1517, motivado por la venta de indulgencias promovida por el monje dominico Johann Tetzel, dio a conocer sus famosas "95 Tesis" (que, dicho sea de paso, probablemente nunca se clavaron en la puerta de la iglesia de Wittenberg). Por medio de ellas, desafió varias enseñanzas de la Iglesia Católica, en especial la naturaleza de la penitencia, la autoridad del Papa y la utilidad de las indulgencias.

La publicación del documento, que tuvo amplia difusión gracias a la invención de la imprenta, produjo no sólo un gran debate sino que, con el correr del tiempo, generó amplias consecuencias. Después de varias advertencias y una bula papal de 1520 (Exsurge Domine), Lutero fue finalmente excomulgado por el Papa León X el 3 de Enero de 1521 mediante la bula Decet Romanorum Pontificem. En 1925 Lutero se casó con Catalina de Bora con quien tuvo tres hijos y tres hijas.

Una de las bases principales de la doctrina creada por Lutero es que Dios no juzgaría a los hombres por las buenas obras sino por la fe. Esto es lo que se conocería como la "justificación por la fe". De hecho, el luteranismo ( y buena parte del protestantismo) se basa en cuatro fórmulas principales:

1)- La sola gracia: La salvación es exclusivamente una gracia de Dios.

2)- La sola fe: La fe es lo único que, mediante la gracia de Dios, nos salva. Las buenas obras, incluidos los ritos eclesiásticos y cualquier otro tipo de esfuerzo humano, no son la causa de la salvación del hombre.

3)- La sola Escritura: La única fuente de revelación y norma de vida son las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento. El luteranismo considera como Antiguo Testamento sólo al Canon Hebreo.

4)- Sólo Cristo: El único fundamento de la fe es Cristo y es el único mediador entre Dios y los hombres.

En otro orden de cosas, el luteranismo mantiene sólo dos sacramentos, el bautismo y la eucaristía, aunque la interpretación de esta última difiere del catolicismo.

Juan Calvino 1509 - 1564

Jean Cauvin o Calvin, fue un teólogo y reformador protestante, probablemente el más importante de todos ellos o, al menos, el que mayor y más amplia influencia ejerció sobre el protestantismo como movimiento. Al igual que Lutero, fue educado en el catolicismo, realizando estudios de Teología, Humanidades y Derecho. Con poco más de veinte años se convirtió al protestantismo, al adoptar las tesis principales de Lutero tales como negación de la autoridad de la Iglesia de Roma, hegemonía del texto bíblico, y la doctrina de la salvación a través de la fe y no de las obras.

Debido a su postura tuvo que abandonar París en 1534 y buscar refugio en Basilea (Suiza). En 1536 publicó Las instituciones de la religión cristiana dónde sistematizó la doctrina protestante. El mismo año se estableció en Ginebra. No obstante, apenas dos años después, las autoridades de la ciudad lo expulsaron por el exagerado rigor moral que había tratado de imponer a los habitantes.

Sin embargo, en 1541 los ginebrinos lo llamaron de regreso. Habiendo aprendido la lección de su anterior estadía, Calvino no se limitó a predicar sino que asumió un verdadero poder político borrando de hecho la frontera entre la comunidad religiosa y la civil.

Un Consistorio de ancianos y de pastores vigilaba, reprimía y castigaba con severidad las conductas para adaptarlas estrictamente a la que se suponía que era la voluntad divina.  Se prohibió y se persiguió el adulterio, la fornicación, el juego, la bebida, el baile y las canciones consideradas obscenas. La asistencia regular a los servicios religiosos se hizo obligatoria. El culto se simplificó, quedando reducido a la oración y a la recitación de salmos en templos extremadamente austeros sin altares, santos, velas ni órganos. El disenso fue imposible: Calvino hizo quemar en la hoguera a Miguel Servet, en 1553, por considerarlo hereje.

La lucha por imponer todas estas innovaciones se prolongó hasta 1555, con persecuciones sangrientas, destierros y ejecuciones. Después de ello, Calvino reinó como un dictador, convirtiendo a Ginebra en uno de los más importantes centros de irradiación protestante de Europa.

El calvinismo superó pronto en influencia al luteranismo que, en la práctica, quedó confinado al Norte de Alemania y a los países escandinavos. El calvinismo se convirtió en la base del protestantismo dominante en Suiza, en Holanda, entre los hugonotes franceses, los presbiterianos escoceses o los puritanos ingleses que después emigraron a los Estados Unidos. Otras comunidades importantes de tendencia calvinista surgieron en países como Hungría, Polonia y Alemania. Fuera del ámbito del luteranismo propiamente dicho, prácticamente todo el resto del protestantismo ha estado – y en gran medida sigue estando, en mayor o en menor grado – bajo la influencia del calvinismo.

De hecho, los caminos del luteranismo y del calvinismo se separaron decididamente, entre muchas otras cosas, por una innovación teológica creada por el propio Calvino: la doctrina de la predestinación. Según la misma, Dios tiene decidido de antemano quiénes se salvarán y quiénes se condenarán. Esta suprema decisión divina sería, según Calvino, completamente independiente de cualquier acción de la persona, es decir: está más allá de su comportamiento y hasta más allá de la propia fe. De acuerdo con la doctrina calvinista el hombre se salva si – y sólo si – ha sido elegido por Dios para ser salvado. Si no es un “elegido”, no importará lo que haga en la vida, no importará la cantidad de buenas obras que realice, ni importará tampoco la profundidad de su fe: estará condenado sin remedio porque, según Calvino, así lo ha dispuesto Dios desde toda la eternidad.

Menno Simons (1496-1561)

Así como la Hermandad Morava fundada por el conde Zinzendorf representaría la continuidad de la corriente husita, muy anterior a la Reforma de Lutero y Calvino, Menno Simmons es continuador de la corriente que tiene sus inicios después del Siglo IV en una secta que rechazó el bautismo infantil y que recibió la denominación de “anabaptistas” por el hecho de que sus miembros se re-bautizaron a una edad adulta.

Durante distintas épocas, los baptistas generaron varias tendencias. La revolucionaria de Tomas Münzer (1490-1525) protagonizó un levantamiento campesino contra el feudalismo. La extremista, promotora de una especie de “comunismo cristiano”, desencadenó la rebelión de la ciudad de Münster (1534), encabezada por Jan Matthys y Juan de Leiden. La unitaria, representada por el español Miguel Servet (1511-1553; el mismo que terminó muriendo en la hoguera por órden de Calvino), se extendió mayormente por Polonia y Hungría. Y, finalmente, la pacifista trinitaria, que surgió hacia 1525 en Zürich bajo el liderazgo de Conrad Grebel, se extendió luego a Austria, Alemania, Holanda y Polonia, donde otros líderes como Menno Simons lograron consolidar pequeñas iglesias siempre combatidas tanto por católicos, como por protestantes y anglicanos.

Menno Simons nació en lo que hoy es Holanda. Fue sacerdote católico, pero en 1535 se separó de la Iglesia romana. Se hizo bautizar de nuevo y predicó la doctrina baptista en el Norte de Europa, donde organizó pequeñas comunidades. Su obra principal es libro “Los fundamentos de la Doctrina Cristiana” (1539).

John Knox (1514-1572)

Reformador religioso escocés, es el fundador del presbiterianismo que constituye una tendencia protestante caracterizada por una acentuación de la forma de organización de la iglesia originalmente propuesta por Calvino.

Tras ser ordenado sacerdote (1540), Knox ocupó diversos cargos en la curia de Saint Andrews pero pocos años después, se volcó hacia el movimiento reformista de la iglesia escocesa.  Por su involucramiento en la muerte del cardenal Beaton fue hecho prisionero en 1547 y liberado en 1549. 

Se convirtió en el capellán del rey Eduardo VI. El ascenso de María Tudor lo obligó a exiliarse en Ginebra donde, por petición expresa de Calvino, asumió el ministerio de la colonia de refugiados ingleses afincados en Frankfurt. Regresó a Escocia en 1555. En 1560, junto con otros reformadores, fundó la Iglesia Reformada y logró que el Parlamento aprobara la Confessio Scotica, donde se perfilaban ya los principios del presbiterianismo.

En general, la doctrina presbiteriana sigue muy de cerca la prédica de Calvino. Se basa, entre otras cosas, en la exaltación de la soberanía de Dios, la inspiración de la Escritura, la regeneración o re-nacimiento del creyente iluminado por la Gracia, la justificación por la fe, la santificación y la predestinación. Los presbiterianos aceptan sólo dos sacramentos: el bautismo y la Santa Cena.

Lewis Bayly (? – 1631)

(Weber lo menciona como “Bailey”).

Fue un obispo anglicano, ardiente puritano, educado en Oxford y, desde aproximadamente 1604, rector de la iglesia de Saint Matthews de Londres. Se desempeñó como capellán de Enrique Federico Príncipe de Gales y más tarde del Rey Jacobo I quien, en 1616, lo nombró obispo de Bangor.

La fama de Bayly se debe principalmente a su libro Praxis Pietatis or The Practice of Piety, directing a Christian how to walk that he may please God (La Práctica de la Piedad; dirigiendo a un cristiano a caminar de tal modo que agrade a Dios).  Fue uno de los dos libros que la esposa de John Bunyan trajo consigo al matrimonio – el otro fue Plain Man's Pathway to Heaven (El Camino al Cielo del Hombre Común) de Arthur Dent – y que despertó la exaltación espiritual de Bunyan.

John Bunyan (1628-1688)

Fue un escritor y predicador puritano inglés. De escasa educación formal, en su autobiografía se auto-adjudica una juventud libertina. Objetivamente, no existen pruebas de ello y lo más probable es que una fantasía exuberante y su obsesión por “el pecado imperdonable” lo llevaran a creer en pecados que jamás había cometido. Constantemente oía voces que lo exhortaban a "vender a Cristo" y lo torturaban espantosas visiones. Ingresó a la iglesia baptista de Bedford en 1653. Se hizo diácono dos años más tarde y comenzó a predicar.

Con bastante poca suerte personal en realidad. Después de una feroz controversia con los cuáqueros Edward Burrough y George Fox, en 1660 fue encarcelado por predicar sin licencia y quedó en la cárcel prácticamente hasta 1672 año en que Carlos II proclamó su Declaración de Indulgencia.  No obstante, y luego de otras controversias, esta vez con los baptistas, la Declaración fue retirada y Bunyan volvió a la cárcel en 1675 pero esta vez sólo por seis meses.

A pesar de esta ajetreada vida, fue un predicador popular y un autor prolífico. Doctrinariamente se lo clasifica dentro del puritanismo. Su obra más conocida, The Pilgrim's Progress (El Progreso del Peregrino),  es una alegoría publicada en 1678 en la cual se relatan las vicisitudes del personaje principal – Christian – en su búsqueda de la salvación eterna.

Richard Baxter (1615-1691)

Fue un puritano inglés, líder religioso, teólogo y polemista. Se lo considera uno de los principales teólogos protestantes ingleses y, sobre todo, un pacificador que intentó establecer la unidad entre las diferentes – y enfrentadas – denominaciones protestantes.

Recibió una muy pobre educación inicial y, entre 1629 y 1632, llegó a dominar pasablemente bien el latín estudiando en Wroxeter con John Owen. Se perfeccionó luego junto a Richard Wickstead en Ludlow Castle. Fue ordenado en la Iglesia de Inglaterra en 1638. Dos años después, sin embargo, ya se había aliado con los puritanos. En Abril de 1641, cuando los habitantes de la población de Kidderminster se quejaron de la actuación de su clérigo, Baxter fue invitado a dar un sermón y resultó electo como ministro. Con varias interrupciones, su ministerio se prolongó por unos 19 años a lo largo de los cuales convirtió a la parroquia de Kidderminster en lo que se consideró un modelo para las demás.

Partidario de una monarquía limitada, Baxter trató de desempeñar un papel pacificador durante las Guerras Civiles inglesas. Sirvió como capellán en el ejército de Cromwell pero después ayudó a restablecer la monarquía en 1660. Luego de ello continuó proponiendo la tolerancia de un disenso moderado dentro de la Iglesia de Inglaterra pero fue perseguido y finalmente encarcelado en 1685 durante un año y medio.

Sus obras más importantes son The Saint's Everlasting Rest (El Eterno Descanso de los Santos) publicada en 1650, Christian Directory (Directorio Cristiano), y The Reformed Pastor (El Pastor Reformado).

George Fox (1624-1691)

Místico inglés es el fundador de la secta de los cuáqueros. Zapatero de oficio, en 1647 inició una vida de predicador errante, en la que sufrió muchas cárceles. Sus llamadas apasionadas al espíritu, como único guía de la fe, y sus críticas contra aspectos de la vida social le granjearon fervientes enemigos, y varios conflictos con las autoridades. De hecho, el nombre que “cuáqueros” (quakers) proviene de un hecho que ocurrió en 1650 cuando Fox fue encarcelado por blasfemia. Se dice que instó al juez a “que tiemble en el mundo del Señor”, a lo cual el juez se burló llamándolo a él y a sus seguidores “quakers” (tembladores).

Fundó la llamada Sociedad Religiosa de Amigos. Su doctrina se fundamenta en que la fe haría innecesario cualquier ritual. Por lo demás, la calificación de sacerdote no requiere de estudios y por lo tanto cualquiera (sea hombre o mujer) puede ser sacerdote. Según los cuáqueros, el culto religioso puede ser practicado en cualquier parte – no hace falta que sea en el interior del edificio de una iglesia – y el estar abierto al Espíritu Santo habilita para obtener diversos carismas tales como poderes para curar, practicar exorcismos o transmitir “palabras de sabiduría”.

Philipp Jakob Spener (1635-1705)

Teólogo alemán de Alsacia. Alumno y profesor en la Universidad de Estrasburgo, se formó en Ginebra (1660) bajo la influencia de Jean de Labadie. Fue decano de la Iglesia de los pastores de Frankfurt (1666), primer predicador de la corte de Dresde y organizó la facultad de Halle. Es el fundador del pietismo.

En sus sermones enfatizó la necesidad de una fe intensa y la santificación de la vida cotidiana. Dándose cuenta de la imposibilidad de conducir a las personas en forma masiva al grado deseado de perfección, concibió la idea de fundar una “ecclesiola in ecclesia” (una pequeña iglesia dentro de la iglesia). A esos efectos fundó, en 1670, las “collegia pietatis” (colegios de la piedad – de dónde proviene la denominación de “pietismo”).  Inicialmente estos “colegios” fueron reuniones organizadas en la propia casa de Spener en las que se leían textos piadosos y se establecían debates para la mutua edificación religiosa. Basándose sobre estas experiencias Spener publicó su obra Pia desideria, en 1675, dónde expone su programa de renovación de la Iglesia luterana.

La propuesta pietista de Spener puede resumirse en seis recomendaciones:

1)- Dado lo inadecuado de los sermones tradicionales, hay que organizar reuniones privadas para que la gente se interiorice profundamente con la Palabra de Dios.

2)- La idea de un sacerdocio universal (que hasta ese momento no había arraigado en la iglesia luterana) debe ser desarrollado en forma más plena.

3)- El conocimiento del cristianismo debe ir unido al ejercicio de la caridad y al espíritu del perdón.

4)- La actitud hacia los no creyentes no debe ser de controversia sino la de una caridad basada sobre el deseo de ganar sus almas.

5)- Los cursos de teología deben ser reformados a fin de impulsar a los estudiantes a una vida devota de la cual el profesor debe ser un ejemplo.

6)- En la predicación hay que abandonar la retórica poniendo el énfasis en inculcar la fe y un cristianismo práctico.

El pietismo llegó a ejercer una gran influencia en el protestantismo. Inspiró tanto a las corrientes baptistas como, entre otros, a John Wesley y el Metodismo.

August Hermann Francke (1663-1727)

Teólogo luterano alemán. Pastor y profesor de la Universidad de Halle. Fue el continuador de la obra de Spener y una de las más veneradas figuras del pietismo. En 1695 fundó un asilo de huérfanos alrededor del cual estableció varias otras instituciones para cubrir las necesidades de maestros y alumnos. También dedicó buena parte de su atención a misiones fuera de Alemania, promoviendo así la diseminación del pietismo.

Con el correr del tiempo sin embargo, los luteranos estrictos terminaron acusando a los pietistas de herejía. De hecho, el pietismo evolucionó hasta diferenciarse de la ortodoxia luterana tanto en la práctica como en la doctrina. El entusiasmo inicial de los pietistas terminó degenerando en fanatismo y, finalmente, en el movimiento racionalista que en el protestantismo – y no sólo entre los pietistas – generó varias desviaciones del credo cristiano.

La filosofía “iluminista” inspiradora de la Revolución Francesa y las literaturas nacionales minaron gradualmente la fe de todas las clases sociales. Los líderes protestantes se ajustaron a la nueva corriente y no tardaron en aparecer teólogos que rechazaron no sólo las doctrinas de los textos sagrados sino, en absoluto, todo elemento sobrenatural en la religión.

Una excepción notable a esto fue la secta de los “Hermanos Unidos” de Herrnhut, fundada por Zinzendorf en 1722.

Nicolaus Ludwig von Zinzendorf (1700-1760)

Conde del Sacro Imperio, discípulo de Spener y Francke, Zinzendorf fue un religioso, teólogo y obispo de la Iglesia Morava.

La Hermandad Morava tiene una larga historia que excede – y por mucho – el marco de esta breve síntesis. Se inicia en realidad allá por el Siglo XIV y XV con Wyclif de Inglaterra (1324-1384) quien inspira a su vez a Juan Hus de Bohemia (1370-1415). El movimiento reformista de Wyclif y sus lollards terminó erradicado de Inglaterra. En cambio, el de Hus, los husitas y la primera Unitas Fratrum o Hermandad de Bohemia, tuvo un extenso desarrollo que no terminó con la ejecución en la hoguera de Juan Hus en Constanza (1415).

Después de una larga serie de guerras y persecuciones, el último remanente de la Hermandad de Bohemia halló la protección del conde Zinzendorf quien fundó lo que se considera como la segunda Unitas Fratrum y se conoce con el nombre de Hermandad Morava

En 1722 un pastor luterano le presentó al conde un carpintero de nombre Christian David al cual los miembros sobrevivientes de la Hermandad de Bohemia le habían encomendado la tarea de hallar algún lugar en el cual pudiesen vivir y practicar libremente su religión. Zinzendorf les otorgó permiso para establecerse en uno de sus dominios cerca de Berthelsdorf dónde los emigrantes fundaron una colonia que llamaron Herrnhut. Dos años más tarde, tras la llegada de cinco personas procedentes de Moravia que afirmaban ser auténticos miembros de la Hermandad de Bohemia original, estalló el primer conflicto religioso. Para remediarlo, Zinzendorf elaboró una constitución para la comunidad haciendo de la religión el nexo y el fundamento esencial. Con el tiempo, esta ocupación se convirtió en la principal y excluyente del conde.

La población de Herrnhut quedó dividida en “coros”, de acuerdo con edades, sexos y vocación religiosa. Cada “coro” se gobernaba por ancianos (hombres y mujeres), pastores y administradores elegidos de entre sus miembros. Las viudas, los solteros y las solteras formaban “coros” separados. Absolutamente todo en Herrnhut terminó controlado por el Consejo de Ancianos, aun el matrimonio. La organización de la Hermandad Morava quedó completada hacia 1731.

A partir de allí, Zinzendorf emprendió una tarea misionera. Sus misioneros fueron enviados a varios lugares, tanto en Alemania como fuera de ella, en Holanda, Inglaterra, Irlanda y América del Norte.

John Wesley (1703-1791)

Wesley es el fundador de la iglesia metodista. Fue hijo de un clérigo anglicano, cuyos pasos siguió ordenándose sacerdote en 1728.

Obtuvo un puesto de profesor en la Universidad de Oxford, en donde formó un pequeño círculo dedicado «metódicamente» a la oración, al culto y al estudio religioso. El grupo terminó siendo conocido como el de “los metodistas” y se caracterizó por la frecuencia de sus prácticas religiosas y la asiduidad de sus obras de caridad.

Tras una experiencia como misionero en América del Norte (1735-37), entró en contacto con la obra de Lutero por influencia de protestantes moravos y comenzó a predicar la salvación por la fe y la renovación de la Iglesia anglicana con excesivo entusiasmo, al punto que la Iglesia de Inglaterra lo consideró heterodoxo y le cerró sus puertas en 1738.

Una de las características del metodismo es su intención de lograr la “santificación” de la persona. Según la doctrina metodista, una persona “santificada” se caracteriza por varios signos: intensa oración, poderosa predicación, fenómenos sobrenaturales, poder de conversión, influencia sobre el cambio social y logro del involucramiento de los creyentes en el ministerio.

Desde el punto de vista organizativo, Wesley se dedicó a crear nuevas costumbres y estructuras religiosas, tales como las “bandas” (pequeños grupos que se reunían semanalmente), la “Sociedad Selecta” (compuesta por los líderes), la “Sociedad para los Nuevos Contactos” (dedicada al trabajo misionero) y la “Sociedad para los Penitentes” (dedicada a rescatar a los que se apartaban).

 

La Reforma y el Ascetismo

En la actualidad, en medio de una época que rinde culto al permisivismo, al relativismo y al racionalismo, se hace bastante difícil imaginar la tremenda fuerza movilizadora que tuvo, durante siglos, la religión para la humanidad europea. Y, dentro de la misma problemática, en una sociedad volcada al consumismo, al hedonismo y al materialismo se hace más difícil todavía comprender el poder del ascetismo.

Para ponerlo en términos simples (sin duda, demasiado simples), el ascetismo es una disciplina mediante la cual se busca poner la parte material del hombre – su cuerpo y todo lo que con él se relaciona – férreamente bajo el control de su parte inmaterial – su alma, su espíritu, su mente o lo que bajo su equivalente se entienda en las diferentes religiones o filosofías.

Esta disciplina, al hombre moderno le parece innecesaria y, en todo caso, arbitraria y hasta cruel. Sin embargo, la “lógica” fundamental que existe detrás del ascetismo es prácticamente la misma que la detectable detrás de ese fisicoculturismo que hoy se halla tan de moda y que puede resumirse en la conocida frase de “la función hace al órgano”. En efecto, la práctica intensa y sistemática de un deporte o de un ejercicio físico, templa y desarrolla el cuerpo al punto de hacerlo capaz de obtener logros que, para la persona común, resultan verdaderas proezas. Sucede que lo mismo es aplicable a la práctica sistemática e intensa de un ejercicio espiritual, mental o intelectual. A lo que apuestan las escuelas ascéticas es a que, venciendo las necesidades materiales del cuerpo y ejercitando intensamente las capacidades espirituales, se obtiene la posibilidad de acceder a una elevación espiritual extraordinaria con la subsiguiente posibilidad de obtener dones y capacidades que no están a disposición de los mortales comunes.

El ascetismo, por lo general, ha sido relacionado con la religión. Es un error ya que no es propiedad exclusiva ni de las religiones ni, mucho menos, de algunas de ellas en particular. Se ha practicado, por de pronto, en las más variadas culturas y en las más diversas épocas. Existieron escuelas ascéticas filosóficas, como por ejemplo la de los estoicos en Grecia y en Roma. El budismo lo ha incorporado como una de sus normas básicas, especialmente en sus versiones más estrictas. Existe en el Islam expresada a través de la mística del sufismo. En la Iglesia Católica, la ascesis, registra varias escuelas siendo las principales la dominica, la franciscana, la agustina, la carmelita y la jesuita.

En este texto, Max Weber se refiere al ascetismo protestante, una de cuyas características es el haberse inspirado, directa o indirectamente, en las escuelas ascéticas católicas pero arrancando – casi literalmente – la práctica ascética de la intimidad del monasterio o de la Orden para volcarla al mundo laico y a la vida mundana. Con ello, lo que originalmente fue pensado como un ejercicio y una disciplina practicadas lejos del mundo y en forma individual, terminó tratando de ser practicado como norma de vida cotidiana aplicable a todo el conjunto social.

Si esta orientación ascética hubiese sido la única característica diferenciadora del protestantismo, probablemente sus efectos, con ser importantes, no hubieran llegado a ser ni la mitad de relevantes de lo que, de hecho, fueron. Weber halla que el protestantismo en general y la ética del ascetismo mundano en particular constituyen una de las fuerzas impulsoras del capitalismo (y no la causa del surgimientodel capitalismo como algún lector superficial de Weber ha cometido el error de interpretar). Existe – y Weber lo demuestra – un nexo entre el protestantismo ascético y el capitalismo. Pero la evolución de esta tendencia, por si sola, muy probablemente no hubiera podido prevalecer de no hallarse asistida por otro ingrediente esencial: la doctrina de la predestinación aportada por el calvinismo.

Lo menos que puede decirse de esta doctrina es que resulta siniestra. El sólo pensar que ya al momento de nacer estamos condenados o salvados, más allá de lo que hagamos o dejemos de hacer en la vida, sencillamente produce escalofríos. Es algo que no se condice ni con el libre albedrío y su correspondiente responsabilidad personal, ni tampoco con el principio de la justicia divina. Mucho menos se compatibiliza con la imagen auténticamente cristiana del Dios Padre predicada por Jesús de Nazaret, y, en todo caso, revierte bastante fuertemente al Jehová del Antiguo Testamento.

Pero el efecto más angustiante de la predestinación es que, por fuerza, instaura en la persona la compulsión a “verificar” o “comprobar” si es – o no – un “Elegido”. Por más vericuetos filosófico-teológicos que se le agreguen a la idea, en lo básico todo se resume a pensar que, si todo depende de de una soberana decisión divina y las buenas obras no sirven para nada, considerándonos “Elegidos” las peores acciones son hasta un lujo que cualquiera de nosotros se puede dar. Por supuesto que las buenas personas no pensarán así. Pero las malas – y las muy malas – fácilmente encontrarán en esto la semiplena justificación para sus peores actos. Porque, si soy un condenado: ¡qué más da! El infierno ya me está garantizado de todos modos, así que mi única posibilidad es pasarla lo mejor posible sobre esta tierra al precio que sea y a costillas de quien sea. Pero si tengo éxito en mis proyectos y adquiero una alta posición social, muy probablemente sea un “Elegido” porque, de no ser así, Dios no me premiaría con el éxito. En el fondo, se trata de un maquiavelismo puro elevado a la categoría de religión: de un modo o de otro, el éxito lo justifica todo.

El tremendo efecto que esto tuvo sobre la cultura de Occidente resulta hoy difícil de apreciar. La religión ha perdido su importancia en nuestras vidas al punto que hoy, desde una perspectiva de varios siglos, muchas de las feroces y a veces hasta sangrientas disputas teológicas de otrora nos parecen injustificables, cuando no sencillamente ridículas. Pero, con todo, lo que también hemos perdido es la noción de lo que realmente estuvo en juego en aquél momento – más allá de las ambiciones personales y las eternas cuestiones de poder – con lo cual, por fuerza, ya no sabemos establecer un nexo entre los acontecimientos de los Siglos XVI y XVII y el Occidente actual.

Y por sobre todo, de lo que no tenemos conciencia es de algo que Hilaire Belloc señaló con mucho acierto: una herejía nunca es algo inocente. Muy pequeños cambios en la fe de las personas, muy pequeñas modificaciones en aquello que las personas creen profundamente, al final terminan produciendo enormes cambios en toda una civilización. En esencia, se trata del principio fundamental de la moderna Teoría del Caos: en determinados sistemas, pequeños cambios en las condiciones iniciales conducen a enormes discrepancias en los resultados.

Nuestras sociedades actuales no nacieron ex nihilo; son el resultado de un proceso. Investigar y profundizar nuestro conocimiento acerca de los orígenes de ese proceso nos permitirá al menos entender de dónde provienen las características esenciales de la civilización en la cual vivimos y con cuyos defectos, muchas veces, no estamos para nada conformes.

Y, con tan sólo un poco de suerte, ese conocimiento del origen de nuestros defectos quizás nos provea también de herramientas para superarlos y eliminarlos.

Denes Martos
Mayo 2009


 

Max Weber - Reseña Biográfica

Maximilian Weber (Erfurt, Alemania, 21 de abril 1864 - Munich, 14 de junio 1920) fue un economista político y sociólogo alemán, considerado uno de los fundadores del estudio moderno, antipositivista, de la sociología y la administración pública. Sus trabajos más importantes se relacionan con la sociología de la religión y el gobierno, pero también escribió mucho en el campo de la economía. Su obra más reconocida es el ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que fue el inicio de un trabajo sobre la sociología de la religión. Weber argumentó que la religión fue uno de los aspectos más importantes que influyó en las diferencias en el desarrollo de las culturas occidental y oriental. En otra de sus obras famosas, La política como vocación, Weber definió el Estado como una entidad que posee un monopolio en el uso legítimo de la fuerza, una definición que fue fundamental en el estudio de la ciencia política moderna en Occidente. Su teoría fue ampliamente conocida a posteriori como la Tesis de Weber.

Vida y carrera

Weber nació en Erfurt, Alemania, y fue el último de siete hijos de Max Weber (padre), un prominente político y funcionario, y su esposa Helene Fallenstein. El menor de sus hermanos, Alfred Weber, también fue sociólogo y economista. Debido al involucramiento de su padre en la vida pública, Weber creció en un ambiente familiar inmerso en la política y su hogar recibió la visita de prominentes académicos y figuras públicas. Al mismo tiempo, demostró ser intelectualmente precoz. El regalo de Navidad para sus padres en 1876, cuando contaba con trece años, fue dos ensayos históricos titulados "Sobre la maldición de la historia alemana, con referencias especiales a la posición del emperador y el papa" y "Sobre el período imperial romano desde Constantino a la migración de las naciones". Parecía claro, en ese momento, que Weber se dedicaría a las ciencias sociales. A la edad de catorce años escribió cartas llenas de referencias de Homero, Virgilio, Cicerón y Livio, y ya poseía un extenso conocimiento sobre Goethe, Spinoza, Kant y Schopenhauer antes de ingresar a la universidad.

En 1882 Weber se inscribe en la Universidad de Heidelberg como estudiante de leyes. Se incorporó a la fraternidad de discusión de su padre y escogió el campo de las leyes al igual que él. Aparte de estos estudios, tomó clases de economía y estudió historia medieval. También leyó bastante sobre teología. De manera intermitente sirvió en el ejercito alemán en Strasburgo. Al terminar el año de 1884, regresó a casa de sus padres para estudiar en la Universidad de Berlín. Durante los siguientes ocho años vivió en casa de sus padres, primero como estudiante, luego como ayudante en las cortes de Berlín y finalmente como docente en la universidad. Este período fue ocasionalmente interrumpido por una temporada en la Universidad de Goettingen y otro poco de entrenamiento militar. En 1886 aprobó los exámenes de "Referendar". A finales de la década de 1880, profundizó sus estudios de historia. Obtuvo un doctorado en leyes en 1889 escribiendo una tesis doctoral sobre historia legal titulado "La historia de las organizaciones medievales de negocios". Dos años después, completó su “Habilitationsschrift”, "La historia agraria romana y su significado para la ley pública y privada". Al convertirse en un “Privatdozent”, Weber estaba calificado para obtener un cargo como profesor.

Durante el tiempo que trascurrió entre el fin de su disertación y su habilitación como profesor, Weber comenzó a estudiar, además, la política social contemporánea. En 1888 se unió a la "Verein für Sozialpolitik", una nueva sociedad profesional de economistas alemanes afiliada a la escuela histórica, para la cual el aporte principal de la economía era la solución de los problemas más importantes de la época, y que fue pionera en el uso de los estudios estadísticos a gran escala de los problemas económicos. En 1890 el "Verein" creó un programa de investigación para examinar "la cuestión polaca", interpretando la influencia de trabajadores agrarios extranjeros, localizados en la Alemania oriental, mientras los trabajadores alemanes migraban a las ciudades que sufrían un proceso de industrialización acelerado. El reporte final fue elogiado como un excelente trabajo de investigación empírica y cimentó la reputación de Weber como experto en economía agraria.

Weber obtuvo un éxito considerable en la década de los noventa. En 1893, se casó con una prima lejana llamada Marianne Schnitger, intelectual y feminista que era muy conocida como autora. Al año siguiente, se hizo cargo brevemente de un puesto como profesor junior de economía en la Universidad de Freiburg, antes de cambiar a un puesto en la Universidad de Heidelberg en 1896. El siguiente año se vio obligado a disminuir y eventualmente detener su trabajo académico debido a una enfermedad, y no logró recuperarse hasta 1901. Se piensa que la enfermedad fue un colapso mental causado por la muerte de su padre, con quien había peleado justo antes de su muerte sin haber tenido la oportunidad de reconciliarse.

En 1903, Weber se convirtió en un editor asociado de Archivos de Ciencia Social y Bienestar Social. Sin embargo, sentía que no era capaz de retomar la docencia de forma regular, y continuó trabajando como profesor privado, ayudado por una herencia obtenida en 1907. En 1904, visitó los Estados Unidos y participó en el Congreso de las Artes y las Ciencias que se realizó junto a la Exposición Universal de San Luis. En 1905 publicó su ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo que se convirtió en su trabajo más popular, y sentó las bases para su trabajo futuro sobre el impacto de las culturas y las religiones en el desarrollo de los sistemas económicos.

Durante la Primera Guerra Mundial, Weber sirvió por un tiempo como director de los hospitales del ejército en Heidelberg. En 1918, se convirtió en consultor de la Comisión del Armisticio Alemán para el Tratado de Versalles y la comisión le asignó el borrador de la Constitución de Weimar. Weber temía intensamente una revolución comunista en Alemania. Se inclinaba a favor del artículo 48 de dicha constitución que habilitaba al Presidente a gobernar por decreto y sin el consentimiento del Parlamento. Fue precisamente este artículo el que le permitió más tarde a Hitler asumir la suma del poder público.

A partir de 1918, Weber retomó la docencia, primero en la Universidad de Viena y luego, en 1919, en la Universidad de Munich. En Munich, dirigió el primer instituto de sociología de la universidad alemana. Sin embargo, jamás ejerció una cátedra de sociología.

Murió de neumonía en Munich el 14 de junio de 1920. Debe destacarse que muchos de los trabajos que ahora son famosos, fueron reunidos, revisados y publicados póstumamente. Luminarias de la sociología, como Talcott Parsons y C. Wright Mills hicieron interpretaciones significativas de los trabajos de Weber.

Weber y la política alemana

En 1917 Weber escribió una serie de artículos de prensa titulados "Parlamento y Gobierno en una Alemania reconstruida". Estos artículos exigían reformas en la Constitución del Imperio Alemán de 1871.

Weber argumentó que las dificultades políticas de Alemania se debían esencialmente a un problema de liderazgo. Otto von Bismarck había creado una constitución que preservaba su propio poder, pero inhabilitaba a otro líder poderoso para sucederlo. En enero de 1919, Weber era un miembro fundador del Partido Democrático Alemán.

Su firme anticomunismo y el reclamo insistente por una política alemana agresiva le ganó la crítica de la mayoría de los marxistas alemanes. Weber desilusionó aún mas a la izquierda cuando uno de sus estudiantes, Carl Schmitt (1888-1985), incorporó sus teorías a una nueva concepción intelectual de la política frente a la cual la visión clasista del marxismo ortodoxo aparecía como marcadamente estrecha y limitada.

En los Estados Unidos, las políticas de Weber son menos conocidas. Algunos de sus discípulos sostienen que la distinción que hacía Weber entre política "evaluativa" y ciencia con "valor-neutral" protege sus teorías sociológicas de la pragmática Realpolitik de sus convicciones personales. No obstante, es cuestionable que sea lícito hacer una división de esta naturaleza en la obra de un autor.

De cualquier modo que sea, el debate sobre la política de Weber continua hasta nuestros días.

Las obras

Más allá de las controversias, Max Weber es uno de los fundadores de la sociología moderna. Mientras Pareto y Durkheim trabajaron en la tradición positivista siguiendo los postulados de Auguste Comte, Weber creó y trabajó en una tradición antipositivista, idealista y hermenéutica, al igual que su amigo Werner Sombart quien, para entonces, era el más famoso representante de la sociología alemana.

Estos trabajos iniciaron la revolución antipositivista en las ciencias sociales, que marcó la diferencia entre éstas y las ciencias naturales, especialmente debido a las acciones sociales de los hombres. Los primeros trabajos de Weber estaban relacionados con la sociología industrial, pero son más conocidos sus últimos trabajos sobre sociología de la religión y la sociología del gobierno.

Sociología de la religión

La obra de Weber sobre sociología de la religión se abre con el ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo y continúa con La religión en China: confucianismo y taoismo, La religión de India: la sociología del hinduismo y budismo y Judaísmo antiguo. Su trabajo sobre otras religiones fue interrumpido por su muerte en 1920, quedando pendiente la continuación de los estudios sobre el judaísmo antiguo con el estudio de los Salmos, el libro de Jacob, el Talmud, el cristianismo temprano y el Islam.

Sus ideas principales son: el efecto de las ideas religiosas sobre las actividades económicas, la relación entre estratificación social e ideas religiosas, y las características singulares de la civilización occidental.

Su objetivo era encontrar razones que justificaran la diferencia entre el proceso de desarrollo de las culturas Occidental y Oriental. En el análisis de sus descubrimientos, Weber mantuvo que las ideas religiosas puritanas (y más ampliamente, cristianas) habían tenido un impacto importante en el desarrollo del sistema económico de Europa y los Estados Unidos, aunque aclarando que ésas no fueron las únicas causas del desarrollo. Entre otras causas que mencionó Weber encontramos el racionalismo en la búsqueda científica; el mezclar la observación con la matemática; el estudio sistemático y la jurisprudencia; la sistematización racional de la administración gubernamental, y la empresa económica. Al final, el estudio de la sociología de la religión, de acuerdo con Weber, apenas si exploraba una fase de la emancipación de la magia; ese "desencantamiento del mundo" que él interpretaba como un aspecto distintivo e importante de la cultura occidental.

La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo

El ensayo de Weber, La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo, es su obra más conocida. Se dice que este trabajo no debería ser considerado como un estudio detallado del protestantismo, sino como una introducción a las obras posteriores de Weber, en especial a sus estudios de la interacción entre varias ideologías religiosas y los comportamientos económicos.

En La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo, Weber presenta la tesis de que la ética y las ideas puritanas influenciaron el desarrollo del capitalismo. La devoción religiosa es usualmente acompañada del rechazo de los asuntos mundanos, incluyendo la búsqueda de una mejor posición económica. ¿Por qué no es éste el caso del protestantismo? Ésta es la paradoja que Weber trata en su ensayo.

Define al "espíritu del capitalismo" como las ideas y hábitos que favorecen la búsqueda racional de ganancias económicas. Weber señala que tal espíritu no existe solamente en la cultura occidental, cuando lo consideramos como una actitud presente en los individuos ya que también hay que tomar en cuenta que estos individuos no podrían, por sí solos, establecer un nuevo orden económico como el capitalismo. Entre las tendencias identificadas por Weber están la ambición de ganancias con un mínimo esfuerzo; la idea de que el trabajo es una maldición y una carga que debe evitarse, especialmente cuando las ganancias de éste exceden lo que es necesario para una vida modesta. Pero "Para que una forma de vida bien adaptada a las peculiaridades del capitalismo" — escribió Weber — "pueda superar a otras, debe originarse en algún lugar, y no solo en individuos aislados, sino como una forma de vida común a grupos enteros de personas".

Después de definir al espíritu del capitalismo, Weber argumenta que hay muchas razones para buscar sus orígenes en las ideas religiosas de la Reforma. Muchos observadores, tales como William Petty, Montesquieu, Henry Thomas Buckle, John Keats, y otros han comentado la afinidad entre el protestantismo y el desarrollo del espíritu comercial.

Weber mostró que algunos tipos de protestantismo favorecian la búsqueda racional del beneficio económico. Si bien ése no fue el objetivo de esas ideas religiosas, resultó ser un producto ya que la lógica inherente a dichas doctrinas y los consejos derivados directa o indirectamente de ellas, promovían la búsqueda de un beneficio económico.

Weber indicó que la razón por la que finalmente abandonó su investigación sobre el protestantismo fue que su colega Ernst Troeltsch, un teólogo profesional, había comenzado a trabajar en el libro Las enseñanzas sociales de las iglesias y sectas cristianas. Otra causa de la decisión de Weber fue que ese ensayo proporcionaba la perspectiva para una amplia comparación entre religión y sociedad, la cual continuó en sus obras posteriores.

Bibliografía

* La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905)
* Historia de la agricultura romana
* Sociologia de la comunidad
* La ciencia como vocación y La política como vocación - Dos lecciones que se publican en conjunto.
* La revolución rusa
* La religión de China: Confucianismo y Taoísmo
* Economía y sociedad (obra póstuma)

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Max_Weber


 La ética protestante y el espíritu del capitalismo

 

INTRODUCCION

Si un miembro de la civilización moderna europea se propone investigar alguna cuestión relacionada con la historia universal, es lógico e inevitable que trate de considerar el asunto preguntando: ¿qué serie de circunstancias ha determinado que sólo en Occidente hayan surgido ciertos hechos culturales sorprendentes, que — al menos así nos place imaginarlo — estuvieron orientados hacia un desarrollo de validez y alcances universales?

Únicamente en Occidente existe “ciencia” en esa etapa de su desarrollo que hoy se acepta como “válida”. También en otros lugares — sobre todo en la India, China, Babilonia, Egipto — ha existido el conocimiento empírico, la reflexión sobre los problemas del mundo y de la vida, el conocimiento y la observación con sublimaciones extraordinarias, la sabiduría existencial filosófica y hasta teológica (aunque la creación de una teología sistemática haya sido obra del cristianismo, bajo el influjo del espíritu helénico; – en el Islam y en alguna que otra secta india sólo se hallan atisbos.) Pero a la astronomía babilónica, al igual que a todas las demás, le faltó el fundamento matemático que recién los helenos supieron darle; algo que, precisamente, hace tanto más sorprendente el desarrollo de la astrología babilónica. A la geometría india le faltó la “demostración” racional, otra herencia del espíritu helénico que también fue el primer creador de la mecánica y de la física. Las ciencias naturales de la India carecieron de la experimentación racional y del laboratorio moderno. Basada en antecedentes de la antigüedad, la ciencia natural es un producto del Renacimiento. Por esta razón, la medicina (tan evolucionada en la India, en las cuestiones empírico-técnicas), no contó con ninguna base biológica ni bioquímica en particular. No hay área civilizada fuera de Occidente que haya tenido una química racional. La altamente desarrollada historiografía china careció del pragma tucididiano. Maquiavelo tuvo precursores en la India. Sin embargo, a todas las teorías asiáticas del Estado les falta tanto una sistematización similar a la aristotélica como hasta los conceptos racionales en absoluto. Para una ciencia jurídica racional faltan en otras partes tanto los esquemas como las formas de pensamiento estrictamente jurídicos del Derecho Romano y del Derecho Occidental que se formó a partir de él, y esto a pesar de todos los indicios que pueden encontrarse en la India (Escuela de Mimamsa), a pesar de todas las amplias codificaciones y de todos los códigos jurídicos, ya sean indios o de otros lados. Más allá de ello, una construcción como la del Derecho Canónico es algo que se conoce sólo en Occidente.

Con el arte sucede algo similar. Aparentemente, el oído musical estuvo quizás más finamente desarrollado en otros pueblos que en el nuestro de la actualidad. En todo caso, no fue menos sensible. La polifonía estuvo muy extendida por toda la tierra. Es posible encontrar la cooperación de varios instrumentos y la división en compases en otras partes. Todos nuestros intervalos tónicos racionales se conocieron y se calcularon también en otros lados. Pero una música racionalmente armónica — tanto el contrapunto como la armonía de acordes — la construcción del material sonoro sobre la base de los tres tritonos y la tercera armónica; nuestra cromática y nuestra armonización, entendidas desde el Renacimiento no en cuanto a distancias sino armónicamente y en forma racional; la orquesta actual con su correspondiente cuarteto de cuerdas como núcleo y su organización del conjunto de instrumentos de viento; el bajo básico; el pentagrama (que hace posible en absoluto tanto la composición y la ejercitación de las obras musicales modernas como su conservación a través del tiempo); las sonatas, sinfonías y óperas — a pesar de que siempre hubo música programática y matizados, alteración de tonos y cromáticas como medios de expresión en las más diversas músicas — y por último, como medios para todo lo anterior, nuestros instrumentos fundamentales: el órgano, el piano, el violín — todo esto sólo ha existido en Occidente.

El arco en ojiva existió como medio decorativo en otras partes — en el mundo antiguo y en Asia — y también la bóveda esquifada parece ser que no fue desconocida en Oriente. Pero, la utilización racional de la bóveda gótica como medio para distribuir las cargas y abovedar espacios de cualquier disposición; pero, por sobre todo, como principio constructivo de grandes obras monumentales y como fundamento de un estilo integrador de esculturas y pinturas, tal como lo creó la Edad Media, eso es algo que no se encuentra fuera de Occidente.

De la misma forma y a pesar de que los fundamentos técnicos fueron tomados del Oriente, tampoco se encuentra una solución a la problemática de las cúpulas ni tampoco esa especie de racionalización “clásica” del arte en general — lograda en la pintura a través de la perspectiva lineal y aérea — que el Renacimiento creó entre nosotros.

En China hubo productos producidos por el arte de imprimir. Pero una literatura diseñada exclusivamente a ser impresa, y cuya existencia se hizo posible sólo gracias a la imprenta; la "prensa" y, sobre todo, las "revistas" — todo eso sólo ha surgido en Occidente. En otras partes (China, Islam) existieron escuelas de altos estudios de todas las clases posibles, incluso algunas superficialmente similares a nuestras universidades, o al menos a nuestras Academias. Pero el cultivo sistematizado y racional de las especialidades científicas, el profesional experto, en el actual sentido culturalmente dominante, sólo se ha dado en Occidente. Sobre todo, el funcionario especializado, esa piedra angular del Estado y de la economía moderna occidental. Para él sólo es dado hallar precursores, pero en ninguna parte y en ningún sentido este funcionario especializado se ha vuelto tan constitutivamente importante para el orden social como en Occidente. Por supuesto, el "funcionario", incluso el funcionario especializado por la división del trabajo, es un fenómeno muy antiguo en las más diversas culturas. Pero, ningún país y ninguna época han conocido, como sucede en el Occidente moderno, ese absolutamente inexorable enclaustramiento de toda nuestra existencia dentro de la estructura de una organización constituida por funcionarios estatales — con formación técnica, comercial y sobre todo jurídica — que tienen a su cargo las funciones cotidianas más importantes de la vida social.

La organización estamentaria de las corporaciones políticas y sociales es algo ampliamente extendido. Pero ya el Estado estamentario, con su rex et regnum, en su sentido occidental, es exclusivo de Occidente. Y solamente Occidente ha producido parlamentos completos, con sus “representantes del pueblo”, periódicamente elegidos, con sus demagogos y con su hegemonía de líderes partidarios en calidad de "ministros" dotados de responsabilidad parlamentaria, si bien, naturalmente, en todo el mundo han habido “partidos” en el sentido de organizaciones para la conquista y el influenciamiento del poder político.

El “Estado” mismo, como institución política con una “constitución” racionalmente establecida, con un Derecho racionalmente estatuido y con reglas racionalmente determinadas — las "leyes" — orientadoras de una administración a cargo de funcionarios profesionales; es algo que, más allá de todos los antecedentes incipientes de otras partes, sólo ha conocido el Occidente en esta combinación de características decisivas que son esenciales para lo occidental.

Así llegamos también al Poder más trascendental de nuestra vida moderna: el capitalismo.

El "impulso emprendedor", el "afán de lucro", la ambición de ganar dinero, la mayor cantidad posible de dinero, todo ello, en si mismo, no tiene nada que ver con el capitalismo. Este afán existió y existe en camareros, médicos, cocheros, artistas, prostitutas, funcionarios corruptos, soldados, asaltantes, caballeros cruzados, tahúres, mendigos — podría decirse que en all sorts and conditions of men, (en toda clase y condiciones de hombres) en todas las épocas de todos los países de la tierra en dónde haya existido la posibilidad objetiva de lucrar. En materia de historia cultural resulta elemental abandonar de una vez por todas esta concepción infantil. El afán de lucro ilimitado no es en lo más mínimo igual a capitalismo; mucho menos igual a su "espíritu". El capitalismo puede incluso identificarse con una morigeración, o al menos con un atemperamiento racional de este impulso irracional. En todo caso, el capitalismo se identifica con el anhelo de obtener una ganancia dentro del marco de la continuidad y la racionalidad de la empresa capitalista; aspira a una ganancia siempre renovada; a una "rentabilidad". Y aspira a ello porque debe hacerlo. Dentro del orden capitalista del conjunto de la economía, una empresa aislada que no se orientase por la posibilidad de obtener rentabilidad estaría condenada a sucumbir.

Establezcamos, para comenzar, una definición algo más precisa de la que por lo común se emplea. Una acción económica "capitalista" será para nosotros por de pronto aquella que se apoya sobre la expectativa de ganancia por medio del aprovechamiento de posibilidades de intercambio; es decir: sobre posibilidades lucrativas (formalmente) pacíficas. El enriquecimiento (formal y realmente) violento tiene lugar según leyes propias y no corresponde (en la medida en que esto se puede prohibir) colocarlo en la misma categoría que el comportamiento orientado (en última instancia) a las posibilidades de una ganancia obtenida por medio del intercambio. {[1]}

Allí en dónde se persigue racionalmente un ingreso capitalista, la acción se halla orientada por un cálculo de capital. Esto es: el ingreso se halla integrado a una utilización planificada de prestaciones útiles por parte de personas y de cosas consideradas como medios para ese ingreso. Y la integración tiene lugar de tal modo que, en el monto final del balance total calculado, el valor monetario de los bienes poseídos (incluyendo las amortizaciones en el caso de una empresa estable) supere (y en una empresa estable supere constantemente) el "capital"; es decir: el valor estimado en el balance de los medios que hacen posible ese ingreso.

Es irrelevante si se trata de mercancías in natura entregadas en consignación a un comerciante en ruta, cuyo producto puede derivar, por su parte, en otras tantas mercancías in natura, o de una fábrica cuyos inmuebles, máquinas, reservas monetarias, materias primas, productos elaborados y semi-elaborados, constituyen créditos a los cuales se oponen obligaciones. Lo decisivo siempre es que se calcule una cuenta de capital en moneda; sea esto por medio de una moderna técnica contable o hasta del modo más primitivo y superficial.

Hay cálculos involucrados en todos los pasos. Hay cálculos previos, tanto al iniciar las actividades - balance o presupuesto inicial - como antes de cada operación unitaria. Hay cálculos en el control y en las auditorías. Hay cálculos posteriores al final de las operaciones a los efectos de determinar cuanto ha surgido como "ganancia". Finalmente hay cálculos en el balance final. En una consignación, por ejemplo, el balance inicial es la determinación realizada por las partes del valor monetario estimado de los bienes entregados en consignación — en la medida en que no consistan ya de dinero — y el balance final es el cálculo de las pérdidas o ganancias al término de las operaciones. En el caso de un procedimiento racional, cada acto del consignatario estará basado sobre un cálculo.

Que se omita por completo una cuenta o estimación realmente precisa; que se proceda de un modo puramente estimativo o simplemente tradicional y convencional; eso es algo que hasta el día de hoy sucede en cualquier forma de emprendimiento capitalista siempre que las circunstancias no exijan una cuenta exacta. Pero éstos son aspectos relacionados tan sólo con el grado de racionalidad del ingreso capitalista.

Para el concepto, lo determinante es que la orientación efectiva hacia una comparación entre la evaluación monetaria final y la evaluación monetaria invertida, por más primitiva que sea esta comparación, sea lo que determine decisivamente el procedimiento económico. En este sentido, pues, ha habido “capitalismo” y empresas “capitalistas” – incluso con alguna racionalización de la cuenta de capital – en todos los países cultos de la tierra, al menos hasta dónde sabemos por los documentos económicos existentes: en China, India, Babilonia, Egipto, en la antigüedad helénica, en la Edad Media y en la Moderna. No hubo tan sólo emprendimientos únicos y aislados sino economías enteras orientadas por completo hacia cantidades cada vez mayores de emprendimientos individuales e incluso “empresas” estables y continuas. Aunque precisamente el comercio no tuvo el carácter de nuestras empresas permanentes, siendo que esencialmente se compuso de una serie de emprendimientos individuales y sólo progresivamente – en virtud de sus relaciones internas (orientadas por “ramos”) – ingresó en el comportamiento de los comerciantes a gran escala. En todo caso, la empresa capitalista y también el empresario capitalista, como emprendedor permanente y no tan sólo ocasional, son antiquísimos y estuvieron universalmente difundidos en alto grado.

Sin embargo, en Occidente, el capitalismo ha adquirido su grado de importancia basándose sobre especies, formas y orientaciones del capitalismo que jamás existieron en otras partes. En todo el mundo, siempre han habido comerciantes mayoristas y minoristas, locales e internacionales, negocios de empréstitos de todo tipo; han existido bancos con funciones muy dispares pero, pese a todo, fueron, al menos esencialmente similares a las de nuestra banca occidental del Siglo XVI. También estuvieron operativamente bastante difundidos los empréstitos navales, las consignaciones, los negocios y las asociaciones con características similares a las comanditas. Allí en dónde surgieron instituciones monetarias públicas, también apareció el prestamista. En Babilonia, Grecia, India, China, Roma; sobre todo para la financiación de la guerra y la piratería; para suministros y construcciones de toda clase; en la política de ultramar como empresario colonial; como propietario y explotador de plantaciones con esclavos o con trabajadores directa o indirectamente oprimidos; como arrendador de grandes dominios, cargos públicos y, por sobre todo, de recaudaciones de impuestos; para el financiamiento de las campañas electorales de jefes partidarios y de mercenarios para las guerras civiles; y finalmente como “especulador” en chances de valor monetario de toda clase. Esta clase de personajes emprendedores – la de los aventureros capitalistas – ha existido en todo el mundo. Con la excepción de los negocios relacionados con el comercio, el crédito y la banca, estos personajes juzgaron sus oportunidades principales, o bien de un modo puramente irracional, o bien considerando la adquisición por medio de la violencia, especialmente del botín, ya fuese éste ocasional-guerrero o crónico-fiscal.

El capitalismo de los fundadores de empresas, el de los grandes especuladores, el capitalismo colonial y el moderno capitalismo financiero – tanto el pacífico pero sobre todo el capitalismo específicamente orientado hacia la guerra – presentan incluso en la actualidad occidental estas características, y algunas – sólo algunas – partes del comercio mayorista internacional se le aproximan hoy igual que ayer. Pero, desde la Edad Moderna y aparte de este capitalismo, Occidente ha conocido uno de otra clase, completamente diferente y no desarrollado en ningún otro lugar de la tierra: la organización racional-capitalista del trabajo (formalmente) libre. En otras partes sólo se encuentran etapas previas de este capitalismo. Incluso la organización del trabajo cautivo alcanzó cierto grado de racionalidad sólo en las plantaciones y, en una medida muy limitada, en las ergasterías de la antigüedad. A un grado menor aún se llegó en el régimen de prestaciones personales, o en las factorías instaladas en patrimonios particulares, o en las industrias domésticas de los terratenientes, que utilizaban el trabajo de sus siervos o clientes, a principios de la Edad Moderna. Fuera de Occidente, la existencia del trabajo libre está comprobada con seguridad solamente en casos aislados; incluso en lo referente a actividades que no son sino “industrias domésticas”. Incluso la utilización de jornaleros, algo que naturalmente se encuentra en todas partes, no ha evolucionado hasta llegar a las manufacturas y ni siquiera a una organización racional del aprendizaje del oficio con las características del artesanado del medioevo occidental. Hay muy pocas excepciones y son de estructura muy particular (especialmente: empresas monopólicas estatales) y, en todo caso, muy apartadas de las organizaciones empresariales modernas.

Sin embargo, la organización empresaria racional orientada a las posibilidades que presenta el mercado de bienes – y no a las chances de la violencia política o a las de una especulación irracional – no es el único fenómeno distintivo del capitalismo occidental.  La organización racional moderna de la empresa capitalista no hubiera sido posible sin dos importantes elementos de desarrollo adicionales: la separación de lo doméstico y lo empresarial – que directamente domina la vida económica actual – y, estrechamente relacionado con ello, la contabilidad racional por medio de libros contables. La separación geográfica de las ubicaciones destinadas a la industria o al comercio de aquellas destinadas a la vivienda es algo que se encuentra también en otros lados (en el bazar oriental y en las ergasterías de otros ámbitos culturales). También la creación de asociaciones capitalistas con sistemas de cálculo propios se halla en Asia Oriental, en el Oriente y en la antigüedad grecorromana. Pero, frente a la independencia de las empresas industriales modernas, estos casos siguen siendo tan sólo intentos iniciales.  Sobre todo porque, o bien faltan por completo, o bien se hallan sólo incipientemente desarrollados los medios intrínsecos de esta independencia que son: nuestra contabilidad empresaria racional y nuestra separación jurídica del patrimonio comercial por un lado y el patrimonio personal por el otro. {[2]} En otras partes el desarrollo presenta la tendencia a hacer surgir la empresa comercial como parte de una gran administración doméstica de príncipes y terratenientes (del “oikos”); una tendencia que, como ya lo comprendió Rodbertus, es prácticamente contraria a la occidental aún a pesar de cierto parentesco aparente.

En última instancia, todas estas peculiaridades del capitalismo occidental han obtenido su actual significado recién a través de su relación con la organización capitalista del trabajo. Con esto se relaciona incluso lo que suele llamarse “comercialización” – el desarrollo de los títulos de crédito y la racionalización de la especulación; es decir: la Bolsa. Porque sin la organización racional-capitalista del trabajo todo lo mencionado, el desarrollo de la “comercialización” incluido, no tendría por lejos la envergadura que tiene – suponiendo que fuese posible en absoluto; en especial en lo que hace a la estructura social y a todos los problemas específicamente modernos y occidentales que con esta estructura se relacionan.  Sucede que un cálculo exacto – que es el fundamento de todo lo demás – resulta posible sólo sobre la base del trabajo libre. Y como – y porque – no tuvo una organización racional del trabajo, así – y por ello – el mundo fuera del Occidente moderno tampoco conoció un socialismo racional. Por cierto que, del mismo modo en que el mundo conoció la economía urbana, la política alimentaria urbana, el mercantilismo y la política providencialista de los príncipes, los racionamientos, la economía regulada, el proteccionismo y las teorías de laissez-faire (en China), también ha conocido economías comunistas y socialistas de distinta índole: un comunismo de raíz familiar, religiosa o militar; organizaciones estatal-socialistas (en Egipto), monopólico-cartelistas y hasta organizaciones de consumo de la más diversas variedades.  Pero así como – a pesar de la existencia de privilegios de mercado, gremios, corporaciones y diferenciaciones jurídicas de todo tipo entre la ciudad y el campo – faltó en todas partes, excepto en el Occidente moderno, el concepto de “ciudadano” y el concepto de “burguesía”; del mismo modo faltó también el “proletariado” como clase. Y tenía que faltar pues justamente faltó la organización del trabajo libre como emprendimiento. Existieron desde siempre, por todas partes y en diferentes constelaciones, “luchas de clases” entre estratos de acreedores y deudores; entre terratenientes y desposeídos, siervos, o arrendatarios; entre representantes de intereses comerciales y consumidores o latifundistas. Pero ya las luchas del medioevo occidental entre proveedores artesanos y clientes explotadores aparecen sólo en forma incipiente en otros lados. Y falta por completo la contraposición moderna entre el empresario de la gran industria y el trabajador asalariado libre. Consecuentemente, tampoco pudo existir una problemática de la especie conocida por el moderno socialismo.

Por lo tanto, en una Historia Universal de la cultura y desde un punto de vista puramente económico, nuestro problema central no es en última instancia el despliegue de la actividad capitalista como tal y que sólo varía en sus formas; ya sea que se trate del capitalismo de tipo aventurero o bien del orientado a la guerra, a la política o a la administración y a sus chances de ganancia. Por el contrario, se trata del surgimiento del capitalismo empresarial burgués con su organización racional del trabajo libre. O bien, poniéndolo en términos cultural-históricos: se trata de la aparición de la burguesía occidental y su idiosincrasia la cual, por supuesto no es simplemente idéntica con la organización capitalista del trabajo, aún cuando esté en estrecha relación con ella. Porque ya existieron “burgueses”, entendidos como miembros de un estamento social, antes del desarrollo del capitalismo específicamente occidental. Aunque, obviamente, sólo en Occidente.

Este específico capitalismo moderno occidental está , por de pronto y manifiestamente, co-determinado por las posibilidades tecnológicas. Hoy día, su racionalidad está esencialmente condicionada por la previsibilidad de los factores técnicos decisivos, que son los que constituyen la base del cálculo exacto. Pero esto, en verdad, significa que el condicionamiento proviene de las particularidades de la ciencia de Occidente, en especial de la matemática y de las ciencias naturales fundamentadas de modo experimental y racional. Por su parte y recíprocamente, el desarrollo de estas ciencias y de la tecnología basada sobre ellas recibió y recibe impulsos decisivos de las chances capitalistas relacionadas con las ganancias posibilitadas por su utilización económica.

No obstante, el surgimiento de la ciencia occidental no ha estado determinado por dichas chances. Calcular con números posicionales y realizar ejercicios de álgebra es algo que también se hicieron los hindúes, los inventores del sistema digital posicional que en Occidente se puso al servicio del capitalismo incipiente pero que, en la India, no creó ningún cálculo moderno ni procedimientos de balance. Tampoco la aparición de la matemática y de la mecánica estuvo condicionada por intereses capitalistas. Pero la utilización tecnológica de los conocimientos científicos, decisiva para el estilo de vida de nuestras masas, sí que estuvo condicionada por las ganancias económicas siendo que en Occidente éstas estuvieron justamente basadas sobre dicha utilización. Pero la posibilidad de estas ganancias, a su vez, provino de las peculiaridades del orden social de Occidente.

En consecuencia habría que preguntarse de cuales factores peculiares provinieron ya que es incuestionable que no todos tuvieron la misma importancia. Entre los indudablemente importantes están: la estructura racional del Derecho y la administración. Porque el moderno capitalismo empresarial necesita tanto de previsibles medios técnicos del trabajo como del Derecho previsible y de una administración sujeta a reglas formales sin todo lo cual podrán existir capitalismos aventureros, especulativos, comerciantes y todo tipo de capitalismo políticamente condicionado, pero no una empresa racional de economía privada con capital permanente y cálculos seguros. Únicamente el Occidente le ofreció a la conducción económica un Derecho y una administración, con este grado de perfección técnico-jurídica y formal.

Habrá que preguntarse, pues: ¿de dónde provino ese Derecho? Junto con otras causas, también existieron, sin duda, intereses capitalistas que allanaron el camino a la hegemonía del estamento jurídico educado en el Derecho racional, tal como lo demuestra cualquier investigación. Pero de ninguna manera estos intereses fueron la única o tan siquiera la principal causa. Menos todavía han creado por sí mismos aquél Derecho ya que, en cuanto a su desarrollo y además de dichos intereses, hubo todavía otros poderes completamente distintos en acción. ¿Y por qué en China o en la India los intereses capitalistas no hicieron lo mismo? ¿Por qué en estos lugares ni el desarrollo científico, ni el artístico, ni el político, ni el económico, tomaron por esos carriles de racionalización que le son propios a Occidente?

Es evidente que en todos los casos citados se trata de un “racionalismo” específicamente constituido en la cultura occidental. Sucede, sin embargo, que bajo esta palabra pueden entenderse cosas muy dispares, como lo demostrarán reiteradamente las consideraciones expuestas más adelante. Existen, por ejemplo, “racionalizaciones” de la contemplación mística; es decir: de un comportamiento que, visto desde otros ámbitos de la vida, resulta ser específicamente “irracional”. Como que también existen racionalizaciones de la economía, de la tecnología, del trabajo científico, la educación, la guerra, la jurisprudencia y la administración. Más allá de ello, es posible “racionalizar” cada uno de estos ámbitos desde ópticas altamente diferentes y lo que se considera “racional” desde una de estas ópticas puede resultar “irracional” desde la otra. Por ello es que, en todos los ámbitos de la vida y de la manera más dispar, han existido racionalizaciones en todos los espacios culturales. Para una diferenciación cultural-histórica lo determinante es establecer cuales esferas fueron racionalizadas y en qué dirección se produjo esa racionalización. Por consiguiente, nuevamente es cuestión de establecer la especial particularidad del racionalismo occidental – y, dentro de él, del racionalismo occidental moderno – explicando cómo ha surgido. En ese sentido, todo intento de explicación deberá condecirse con la fundamental importancia de la economía y considerar, por sobre todo, las condiciones económicas. No obstante, la inversa relación causal recíproca tampoco debe quedar fuera de consideración; porque, así como el racionalismo económico depende de la tecnología racional y del Derecho racional, su manifestación también depende de la capacidad y de la disposición del ser humano para determinadas clases práctico-racionales de conducta y desempeño en la vida. En aquellos lugares en dónde este comportamiento fue obstruido por impedimentos de índole espiritual, también el desarrollo de un estilo de vida económicamente racional encontró fuertes resistencias internas. En el pasado y en todas partes, entre los más importantes elementos formadores del estilo de vida estuvieron los poderes mágicos y religiosos, así como las imágenes éticas del deber ancladas en la creencia en estos poderes. De esto tratan los ensayos que figuran a continuación.

Al principio se encuentran dos ensayos más antiguos en los que se intenta la aproximación a un punto que por lo general es el más difícil de aprehender: el condicionamiento de una “mentalidad económica” – un “ethos”, una forma de economía – por parte de ciertos contenidos de la fe religiosa; y esto utilizando como ejemplo las relaciones entre el “ethos” de la economía moderna y la ética racional del protestantismo ascético. Aquí, por lo tanto, se investiga sólo un aspecto de la relación causal. Los ensayos posteriores sobre “La Ética de las Religiones Universales” intentan investigar las relaciones recíprocas – en una visión panorámica de las relaciones que existen entre las religiones culturales más importantes con la economía y la estratificación social de su entorno – en la medida en que ello es necesario para encontrar los puntos de comparación con el desarrollo occidental a analizar más adelante. Sólo así es posible encarar el estudio de la, hasta cierto punto evidente, imputabilidad causal de aquellos elementos la ética religiosa económica que resultan característicos por comparación con los demás. Por consiguiente, estos ensayos no pretenden ser un análisis cultural exhaustivo, ni siquiera resumido. Por el contrario, en cada ámbito cultural resaltan de modo completamente deliberado sólo aquello que estuvo y está en contraposición con el desarrollo cultural de Occidente. Están, pues, por entero orientados hacia aquello que desde este punto de vista aparece como importante en la exposición del desarrollo occidental.

Dado el objetivo propuesto, un procedimiento diferente no pareció viable y, para evitar malentendidos, es preciso indicar expresamente esta limitación de propósitos. Además, hay otro aspecto sobre el cual – al menos el no orientado – debe ser advertido a fin de no sobreestimar el significado de estas exposiciones. El sinólogo, el indólogo, el semitólogo y el egiptólogo naturalmente no encontrarán en estos ensayos nada que les parezca objetivamente nuevo. Lo deseable sería tan sólo que no encuentren algo esencial que deban juzgar como objetivamente incorrecto. En qué medida ha sido posible aproximarse a este ideal, al menos en la que puede lograrlo en absoluto alguien que no es un especialista, eso es algo que el autor no puede saber. De todos modos, queda claro que tiene sobrados motivos para considerar el valor de su obra con mucha modestia alguien obligado a utilizar traducciones y, por lo demás, a orientarse sobre la forma de utilizar y evaluar la cantidad monumental de fuentes documentales y literariasque ofrece una literatura especializada frecuentemente muy controvertida, siendo que, por su parte, no puede juzgar en forma independiente el valor de dichas fuentes. Tanto más cuanto que la cantidad de las traducciones disponibles de verdaderas “fuentes” (esto es: de inscripciones y documentos) es, en parte, todavía muy reducida (especialmente para China) en comparación con lo existente e importante.

De todo ello se desprende el carácter completamente provisorio de estos ensayos, en especial de aquellas partes que se refieren al Asia. {[3]} Sólo a los expertos les corresponde un juicio definitivo sobre estos ensayos. Fueron escritos en absoluto sólo porque, hasta ahora y como es comprensible, no han existido obras expuestas por especialistas con este objetivo especial y bajo estos especiales puntos de vista. Están destinados a quedar pronto “superados” en la misma medida y sentido en que, al fin y al cabo, lo están todos los trabajos científicos. Sucede en esta clase de trabajos que una incursión comparativa en otras especialidades, por más problemática que ésta sea, se torna inevitable, con lo cual no queda más remedio que sacar las conclusiones pertinentes a la medida del logro del objetivo con una muy fuerte dosis de resignación. La pasión por la moda y la literatura son algo de lo cual el especialista actual cree que puede prescindir; o bien piensa que puede dicha pasión al nivel del escritor subalterno dirigido al “espectador”. No obstante, todas las ciencias le deben algo al diletante; muchas veces puntos de vista muy valiosos.

Pero el diletantismo como principio científico sería terminal. Quien desea “espectáculo” que vaya al cinematógrafo. Hoy en día existe una oferta masiva, incluso en forma literaria, justamente sobre este campo de interés. {[4]} No hay nada más alejado de estos estudios que dicha orientación. Aquí la intención es la presentación sobria de estudios estrictamente empíricos. Y desearía agregar aún más: el que desee una “prédica” que vaya al monasterio. En modo alguno se dilucida aquí la relación de valor existente entre las culturas que se tratan. Es cierto que el curso de los destinos humanos sacude y estremece el sentimiento de aquél que ve en forma panorámica tan sólo un segmento de dicho devenir. Pero esta persona hará bien en guardar para si sus pequeños comentarios personales, del mismo modo en que uno también lo hace a la vista del mar o de las cordilleras – a menos que se sienta llamado por la creación artística o la vocación profética y cuente con el talento necesario. En la mayoría de los casos el discurso acerca de la “intuición” no esconde más que una falta de distanciamiento del objeto a la cual hay que juzgar del mismo modo que a la misma disposición frente al ser humano.

Es necesario justificar que no hayamos utilizado, por lejos, a la investigación etnográfica en la medida en que con su actual nivel hubiera sido naturalmente inevitable para una exposición a fondo, en especial de la religiosidad asiática.  Esto no ha sucedido tan sólo porque la capacidad de trabajo del ser humano tiene sus límites sino, principalmente, porque pareció lícito toda vez que aquí tenía que tratarse justamente de las concomitancias de la ética determinada por la religión, profesada por aquellos estratos que fueron los “portadores de cultura” de las distintas regiones. Justamente: se trata de la influencia que ejerció el estilo de vida de esos estratos. Por supuesto, es absolutamente cierto que las particularidades de dicho estilo de vida son correctamente abarcables tan sólo confrontándolos con los hechos etnográficos y etnológicos. En consecuencia, sea admitido y enfatizado que aquí hay un hueco que el etnógrafo, con buena razón, tiene que censurar.  Espero poder llenarlo en parte mediante un tratamiento sistemático de la sociología de la religión, pero una empresa como ésa hubiera excedido el marco de los fines limitados de esta exposición. La misma tenía que conformarse con el intento de exponer tan sólo los puntos de comparación con nuestras religiones culturales de Occidente. 

Por último, mencionemos también el aspecto antropológico de los problemas. Si en Occidente, y sólo allí, hallamos en forma constante determinadas clases de racionalizaciones, incluso en áreas de actividad (aparentemente) independientes, naturalmente es tentador presumir que esto ha sucedido sobre la base de cualidades hereditarias que han brindado el sustrato decisivo. El autor reconoce que, en forma personal y subjetiva, está inclinado a darle un alto valor a la importancia de las cualidades biológicas heredadas. Sin embargo, a pesar de los importantes logros del trabajo antropológico, todavía no veo en la actualidad ningún camino, ni para aprehender con exactitud y de algún modo la medida y – sobre todo – la clase y los puntos de incidencia del aporte antropológico a los desarrollos aquí investigados, ni tampoco para indicarlos a modo de hipótesis.  Por de pronto tendrá que ser precisamente objetivo del trabajo sociológico e histórico el descubrir todas las influencias y cadenas causales que pueden ser explicadas satisfactoriamente mediante reacciones ante el destino y el medioambiente. Recién entonces – y cuando la genología, la neurología y la psicología comparativas hayan superado sus actuales e individualmente promisorios comienzos – se podrá quizás esperar a tener resultados satisfactorios para dicho problema. {[5]} Por el momento me parece que no disponemos de las condiciones previas para ello y la referencia a “valores hereditarios” implicaría una renuncia al grado de conocimiento actualmente posible y un desplazamiento del problema hacia factores (todavía) desconocidos.

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Notas:


[1] )- En esta cuestión y en algunas más, me desprendo de quien fue nuestro respetado maestro Lujo Brentano (en cuanto a la obra que más adelante habré de mencionar). Por de pronto, mi discrepancia estriba en la terminología; pero sostengo otras de carácter objetivo. A mi entender no sería conveniente involucrar en una sola categoría algo tan heterogéneo como el lucro adquirido a costa de la explotación y la ganancia que reditúa la dirección de un complejo industrial y aún más señalar como espíritu del capitalismo, en contraposición a otros métodos de lucro, todo afán de lograr dinero, pues los conceptos se extravían y con respecto a lo primero se imposibilita poner de relieve aquello que caracteriza el capitalismo de Occidente diferenciándolo de las demás formas capitalistas. G. Simmel en su Philosophie des Geldes (Filosofía del dinero) se excede también al confrontar la “economía del dinero” y el “capitalismo”, con lo cual su propia demostración objetiva queda vulnerada. Por su parte W. Sombart – particularmente en la última edición de su bellísima obra magna acerca del capitalismo, relativa a Occidente y a la organización racional del trabajo (de sumo interés a mi juicio para dilucidar el problema) – se presenta muy postergado en beneficio de los demás elementos del movimiento progresivo que de continuo han surgido en la humanidad.

[2] )- Por supuesto que el contraste no debe ser entendido en términos absolutos. Del capitalismo políticamente orientado (en especial del que dio en concesión la recaudación de impuestos)  surgieron ya en la antigüedad mediterránea y oriental, y también en la India y en China, empresas racionales permanentes cuya contabilidad – que nos es conocida sólo por unos escasos fragmentos – pudo haber llegado a tener un carácter “racional”.  Más allá de ello, el capitalismo “aventurero” políticamente orientado está emparentado estrechamente con el capitalismo empresario racional en la Historia del surgimiento de los bancos modernos que emergieron mayormente de negocios políticos impulsados por motivos bélicos; incluso en el caso del Banco de Inglaterra. Esto puede verse, por ejemplo, en el contraste entre la personalidad de un típico “promoter” (promotor) como Paterson y aquellos miembros del directorio que le dieron a dicho banco su estilo tradicional y que muy pronto fueron caracterizados como “The puritan usurers of Grocers’ Hall” (Los usureros puritanos de Grocers Hall). Lo mismo cabe decir del descarrilamiento de la política bancaria de este “extremadamente sólido” banco todavía en ocasión de fundarse la South Sea. De modo que el contraste es, naturalmente, por completo fluido. Pero existe. Las organizaciones laborales racionales no han creado grandes promoters y financistas como – por otra parte y en general, con excepciones individuales – tampoco lo han hecho los típicos portadores del capitalismo financiero y político: los judíos. Esos personajes fueron creados (¡como categoría típica!) por personas completamente diferentes.

[3] )- También los restos de mis conocimientos hebraicos son por completo insuficientes.

[4] )- No es necesario aclarar que en esta categoría no se incluyen aproximaciones como, por ejemplo, la de K. Jaspers en su libro sobre “Psicología de las Cosmovisiones” (Psychologie der Weltanschauungen- 1919) o, por el otro lado, la “Caracterología” (Charakterologie) de Klages, que se diferencian del presente trabajo por la clase de su punto de partida. Éste no sería el espacio adecuado para una discusión al respecto.

[5] ) – La misma opinión me manifestó hace algunos años un eminente psiquiatra.

 

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