Alexander Solyenitzin - El Archipiélagp Gulag

La Editorial

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Pisando los talones a las riadas principales venía un torrente peculiar: las esposas , los ChS (miembros de la familia). Las esposas de los altos cargos del partido, y, en ciertos lugares (Leningrado), las de todos los que habían sido condenados a «diez años sin derecho a correspondencia», los cuales ya no estaban entre los vivos. A los ChS, por norma general, los condenaban a ocho años. (Pese a todo, una condena más benigna que la de las esposas de los ex kulaks, y además los hijos se quedaban en el continente.) ¡Montones de víctimas! ¡Cúmulos de víctimas! Un ataque frontal del NKVD sobre la ciudad: en una misma oleada, a S.P. Matvéyeva le arrestaron al marido y a tres hermanos, aunque por «causas» distintas (de los cuatro, tres no volvieron jamás).

— a un técnico electricista se le rompió en su sector un cable de alta tensión. Artículo 58-7, veinte años;

— el obrero Nóvikov, de Perm, fue acusado de preparar la voladura del puente sobre el Kama;

— Yuzhakov (también de Perm) fue arrestado durante el día, y por la noche fueron por su esposa. Le mostraron una lista de personas exigiéndole que firmara que todas ellas acudían a su casa para mantener reuniones menchevique-eséristas (como es natural, no las había habido). A cambio le prometieron que le permitirían reunirse con los tres hijos que le quedaban. Ella firmó, causó la perdición de todos, y por supuesto continuó en la cárcel;

— Nadezhda Yudiónich fue arrestada por su apellido. A decir verdad, nueve meses después se aclaró que no era pariente del general y la soltaron (bueno, eso es lo de menos: entretanto su madre había muerto del disgusto);

— en Stáraya Russa estaban proyectando la película Lenin en Octubre, y alguien se fijó en la frase: «¡Esto debe saberlo Palchinski!». Y Palchinski era de los que defendían el Palacio de Invierno. Vaya, aquí trabaja una enfermera que se llama Palchinski. ¡Cogedla! Y la cogieron. Resultó que efectivamente era su esposa, que cuando fusilaron al marido, decidió esconderse en aquel lugar perdido;

— los hermanos Borushko (Pável, Iván y Stepán), que siendo niños habían venido en 1930 de Polonia, para vivir con sus familiares. Ahora, ya mozos, los condenaron a diez años por PSh (sospecha de espionaje);

— la conductora de un tranvía de Krasnodar volvía del depósito a pie, bien entrada la noche. Para su desgracia, en los arrabales pasó junto a un camión atascado alrededor del cual se agitaban unos hombres. Resultó que estaba lleno de cadáveres, los brazos y las piernas asomaban por debajo de la lona. Tomaron su apellido y al día siguiente la arrestaron. El juez de instrucción le preguntó qué había visto. Fue sincera y lo dijo todo (la selección de Darwin). Agitación antisoviética, 10 años;

— un fontanero desconectaba el radio-altavoz de su habitación (T31) siempre que retransmitían una de las interminables cartas de Stalin. (¿Quién las recuerda? ¡Durante horas, a diario, ensordecedoramente iguales! Lo más probable es que las recuerde muy bien el locutor Levitán: las leía con voz afectada, con mucho sentimiento.) Un vecino lo denunció (¿Dónde estará ahora ese vecino?): SVE, elemento socialmente peligroso, ocho años;

— un fumista semianalfabeto gustaba de poner firmas en sus ratos de ocio, pues eso elevaba su opinión de sí mismo. Como no había papel blanco, firmaba en los periódicos. Su periódico, con rúbricas en la cara del Padre y Preceptor, fue descubierto por los vecinos dentro de un saco en el retrete comunal. ASA, Agitación Antisoviética, diez años.

Stalin y sus adláteres reverenciaban sus propios retratos, plagaban los periódicos con ellos, los producían en tiradas millonarias. Mas las moscas no tenían muy en cuenta su carácter sagrado, y además era una lástima desaprovechar los periódicos, ¡cuántos desdichados fueron condenados por eso!

Los arrestos se propagaban por calles y casas como una epidemia. Del mismo modo que la gente se contagia entre sí sin saberlo — al estrecharse las manos, con el aliento, al entregar objetos —, cuando estrechaban las manos, con el aliento, al encontrarse por la calle se contagiaban unos a otros la peste de un arresto cierto. Porque sí tú mañana te ves obligado a confesar que has formado un grupo clandestino para envenenar el suministro de agua de la ciudad, y hoy te he dado la mano en la calle, entonces yo también estoy condenado.

Siete años antes, la ciudad había contemplado cómo descargaban sus golpes sobre el campo y lo había encontrado natural. Ahora el campo podía contemplar cómo atosigaban a la ciudad, pero era demasiado ignorante para ello, y además lo estaban rematando:

— el agrimensor (!) Saunin fue condenado a quince años porque... en el distrito moría el ganado y las cosechas eran malas (!) (y los dirigentes del distrito fueron fusilados en su totalidad por el mismo motivo);

— el secretario de un comité de distrito fue al campo para estimular la labranza, y un viejo campesino le preguntó si sabía el secretario que hacía siete años que los koljosianos no habían recibido un solo gramo de trigo por sus días de trabajo, sólo paja, y además poca. Por esta pregunta, al viejo lo empaquetaron por ASA, Agitación Antisoviética. Diez años;

— otra fue la suerte de un campesino con seis hijos. Por estas seis bocas no escatimaba esfuerzos en el trabajo para el koljós, siempre con la esperanza de ganar algo. Y vaya si lo ganó: una condecoración. Se la impusieron en una asamblea, se pronunciaron discursos. En sus palabras de respuesta, el campesino se emocionó y dijo: «¡Ay, en lugar de esta condecoración hubiera preferido un saco de harina! ¿No sería posible?». La asamblea estalló en una carcajada lobuna, y el recién condecorado dio con sus seis bocas en el destierro.

¿Merece la pena volver ahora a todo cuanto hemos dicho para explicar que encarcelaban a inocentes? ¡Pero si es que hemos olvidado decir que el concepto mismo de culpa había sido abolido ya por la revolución proletaria, y que al principio de los años treinta había sido proclamado oportunismo de derechas! (22) De modo que ya no podemos especular con conceptos tan obsoletos como culpabilidad e inocencia. (23)

El reflujo de 1939 fue un caso increíble en la historia de los Órganos, ¡una mancha en su historial! Por otra parte, esta contrarriada fue pequeña, alrededor del uno o el dos por ciento de los anteriormente arrestados, que aún no habían sido condenados, deportados o asesinados. Fue exigua pero muy bien aprovechada. Fue devolver un cópek como cambio por un rublo pagado, fue necesario para cargar todas las culpas al sucio Ezhov, para fortalecer al entrante Beria y para mayor gloria del Supremo. Con este cópek sepultaron arteramente el rublo restante. ¡Porque si «investigaron y los soltaron» (hasta los periódicos escribían sin cortapisas sobre casos aislados de hombres calumniados), entonces el canalla que seguía entre rejas era con toda seguridad porque lo merecía! Y los que volvían callaban. Habían firmado y estaban mudos de miedo. Y bien pocos fueron los que pudieron enterarse de alguno de los misterios del Archipiélago. La distribución seguía siendo la misma: de noche los «cuervos», y de día las manifestaciones.

Por lo demás, pronto iban a cobrarse con creces ese cópek, en aquellos mismos años y por los mismos puntos del inconmensurable Artículo. ¿Quién advirtió en 1940 esa riada de esposas que no quisieron renegar de sus maridos? ¿Y quién recuerda, incluso en el mismo Tambov, que en este año reposado encarcelaron a toda una orquesta de jazz que tocaba en el cine Modern, por ser todos enemigos del pueblo? ¿Y quién se percató de los treinta mil checos que en 1939 habían huido de la Checoslovaquia ocupada para refugiarse en un país eslavo hermano como era la URSS? Nadie podía garantizar que alguno de ellos no fuera un espía. Los enviaron a todos a los campos de concentración del norte (he aquí de donde surgió durante la guerra civil el «contingente checoslovaco»). Pero, permítanme, ¿no fuimos nosotros quienes tendimos la mano en 1939 a los ucranianos occidentales, a los bielorrusos occidentales, y luego en 1940, a los países bálticos y a Moldavia? (T32) Nuestros pobres hermanos estaban completamente descarriados, de ahí que les organizáramos riadas de profilaxis social hacia el destierro del norte, hacia Asia Central, y se trataba de mucha gente, de muchos cientos de miles. (Resulta curioso saber lo que les cargaban: a los ucranianos occidentales, «colaboracionismo con la Polonia blanca», a los de Bukovina y Bessarabia, lo mismo pero con la Rumania blanca. ¿Y a los judíos que se pasaron a los nuestros desde la parte alemana de Polonia? ;Pues colaboracionismo con la Gestapo, naturalmente! - M. Pinjásik.) Detuvieron a los demasiado acomodados, a los influyentes, y al mismo tiempo a los demasiado independientes, a los demasiado inteligentes, a los que destacaban demasiado en todas partes; prendieron a los oficiales, y especialmente a los polacos en las que fueron regiones polacas (fue por aquel entonces cuando confinamos a aquellas desdichadas gentes en Katyn, fue entonces cuando hicimos posible, en los campos de concentración del norte, el futuro ejército de Sikorski-Anders). En todas partes cogían a los oficiales. Así se sacudía a la población, se la hacía callar, se la privaba de los posibles líderes de una resistencia. Así se le imponía cordura, se agostaban las anteriores relaciones, las viejas amistades.

Finlandia nos había dejado un istmo sin población (T33) pero en 1940 pasaron por Carelia y por Leningrado las personas segregadas y deportadas por tener sangre finesa. Nosotros no advertimos este arroyuelo: nuestra sangre no es finesa.

Y en la guerra contra Finlandia se dio la primera experiencia: condenar como traidores a la patria a aquellos de los nuestros que habían caído prisioneros. ¡La primera experiencia en la historia de la humanidad! ¡Y ya veis qué cosas, no nos dimos cuenta!

Justo después de este primer ensayo se desencadenó la guerra y, con ella, la descomunal retirada. Era preciso apresurarse porque quedaban pocos días para seguir purgando gente en las repúblicas occidentales abandonadas al enemigo. Con las prisas, en Lituania se abandonaron unidades militares enteras, regimientos, divisiones de artillería y de antiaéreos, pero en cambio se las supieron ingeniar para llevarse algunos miles de familias lituanas sospechosas (cuatro mil de ellas fueron llevadas después al campo de Krasnoyarsk y libradas al pillaje de los presos comunes). A partir del 23 de junio les entraron las prisas con los arrestos en Letonia y Estonia. Pero aquello estaba al rojo vivo y era preciso retroceder aún más deprisa. Olvidaron evacuar fortalezas enteras, como la de Brest, pero no olvidaron fusilar a los presos políticos en sus celdas y en los patios de las cárceles de Lvov, Rovno, Tallin y muchas otras del oeste. En la cárcel de Tartu fusilaron a 192 personas y arrojaron los cadáveres a un pozo.

¿Cómo poder imaginárselo? Sin que tú sepas nada, se abre la puerta de la celda y disparan contra ti. Agonizas entre gritos, pero nadie, fuera de las piedras de la prisión, te oye ni puede contarlo. Se dice, por lo demás, que a algunos no los remataron. ¿Llegará a publicarse un día quizás un libro sobre esto?

En 1941 los alemanes cercaron y cortaron las comunicaciones de Taganrog tan rápidamente, que en la estación iban a quedarse unos vagones de mercancías con presos dispuestos para la evacuación. ¿Qué hacer? No iban a liberarlos. Tampoco iban a dejárselos a los alemanes. Acercaron un vagón cisterna, regaron los vagones con petróleo y les prendieron fuego. Los quemaron vivos a todos.

En la retaguardia, la primera riada de la guerra fue la de los difusores de rumores y sembradores de pánico, que eran condenados por un decreto especial, al margen del Código Penal, publicado en los primeros días de la guerra. Fue una sangría de prueba para mantener la disciplina general. A todos les caían cinco años, aunque no lo consideraban como Artículo 58 (y los pocos que sobrevivieron en los campos de reclusión en esos años de guerra fueron amnistiados en 1945).

Yo mismo estuve a punto de que experimentaran con este decreto en mi persona: en Rostov del Don me había puesto en la cola de una panadería cuando un policía me llamó y me llevó para completar el cupo. De no ser por una feliz intercesión habría ido derechito al Gulag en vez de a la guerra.

Luego vino la riada de los que no habían entregado sus receptores de radio o las piezas de los mismos. Por cada válvula que te encontraran (gracias a una denuncia) te echaban diez años.

De inmediato llegó la riada de los alemanes: los alemanes del Volga, los colonos de Ucrania y del Cáucaso Norte, y en general de todos los alemanes que vivieran en alguna parte de la Unión Soviética. El rasgo determinante era la sangre, e incluso los héroes de la guerra civil y los miembros más veteranos del partido, si eran alemanes iban al destierro.

El orden se establecía por el apellido, y el ingeniero proyectista Vasili Okorokov, (T34) que se sentía incómodo firmando los proyectos con este nombre, se lo cambió en los años treinta — cuando aún era posible — por el de Robert Stecker, ¡qué bonito!, e incluso adoptó una rúbrica filigranesca, pero ahora no encontraba forma de demostrar nada de esto y fue detenido por alemán. («¿Qué misiones le ha encomendado el espionaje fascista?») Y un tal Káverznev, de Tambov, que había cambiado en 1918 su malsonante apellido (T35) por el de Kolbe, ¿cuándo compartió la suerte de Okorokov?

En esencia, el destierro de los alemanes fue lo mismo que la represión contra los kulaks, sólo que más suave, pues se les permitía llevarse más cosas consigo y no eran enviados a lugares tan perdidos y de imposible supervivencia. No tuvo una forma jurídica, como tampoco la tuvo el destierro de los kulaks. El Código Penal iba por un lado, y el destierro de cientos de miles de personas, por otro. Fue una disposición personal del monarca. Además, como se trataba del primer experimento étnico de este género, para él tenía un interés teórico. (T36)

Desde finales del verano de 1941, y con mayor intensidad a partir del otoño, fluyó la riada de los cercados. Eran defensores de la patria, los mismos que unos meses atrás habían despedido nuestras ciudades con flores y orquestas, los que después tuvieron que enfrentarse a los terribles ataques de los tanques alemanes, y en medio del caos general, antes de caer prisioneros, aunque no hubiera sido por culpa suya, ¡pues no!, prefirieron formar grupos de combate aislados, resistir algún tiempo el cerco alemán y salir de él. Y a su regreso, en lugar de un abrazo fraternal (como habría hecho cualquier ejército del mundo), en lugar de dejarlos descansar y visitar a la familia para volver a filas después, los condujeron a puntos de control y clasificación en calidad de sospechosos, de dudosos, en pelotones desarmados y privados de sus derechos. Allí, oficiales de las Secciones Especiales los recibían mostrando una total desconfianza ante cada una de sus palabras, e incluso investigando si eran ellos realmente o por quién se hacían pasar. El método de comprobación consistía en interrogatorios cruzados, careos y declaraciones de unos contra otros. Después de estas comprobaciones, a una parte de los cercados les restituían los títulos, grados y confianza y los reintegraban en sus unidades. Otra parte, de momento la menor, componía la primera riada de «traidores a la patria». Les aplicaban el Artículo 58-1-b, aunque al principio, hasta la institución de la pena tipo, eso era menos de diez años.

Así se depuraba el Ejército activo. Pero había además un enorme ejército inactivo en Extremo Oriente y en Mongolia. La noble misión de las Secciones Especiales era impedir que este ejército se apolillase. A fuerza de no hacer nada, a los héroes de Jaljin-Gol y de Hassan se les estaba empezando a soltar la lengua, tanto más que ahora los habían puesto a estudiar las metralletas Degtiariov y los morteros del regimiento, hasta entonces mantenidos en secreto hasta de nuestros soldados. Con tales armas en la mano les era difícil comprender por qué retrocedíamos en Occidente. Situados más allá de Siberia y de los Urales, no podía entrarles de ninguna manera en la sesera que al retroceder ciento veinte kilómetros al día sencillamente estábamos repitiendo la maniobra de Kutúzov. Sólo se les pudo hacer entender esto organizando una riada desde el Ejército Oriental hasta el Archipiélago. Y las bocas se cerraron y la fe se hizo férrea.

Y naturalmente por las altas esferas fluía también la riada de los culpables de la retirada. (¡La culpa, claro, no podía ser del Gran Estratega!) Fue una riada pequeña, de medio centenar de generales que estuvieron presos en las cárceles moscovitas durante el verano de 1941 y que fueron trasladados por etapas en octubre. Entre los generales predominaban los de aviación: el jefe de las Fuerzas Aéreas Smushkévich, el general E.S. Ptujin (decía: «De haberlo sabido, ¡primero suelto las bombas sobre el Padre Querido y luego a prisión!») y otros.

La victoria en los accesos a Moscú generó una nueva riada: la de los moscovitas culpables. Ahora, visto con más calma, resultaba que los moscovitas que no huyeron ni evacuaron, sino que permanecieron intrépidamente en la capital amenazada y abandonada por sus dirigentes, caían bajo sospecha por este mismo motivo: o lo habían hecho para socavar el prestigio de las autoridades (58-10), o en espera de los alemanes (58-1-a a través del Artículo 19. En Moscú y Leningrado esta riada estuvo dando de comer a los jueces de instrucción hasta 1945).

Como es natural, el Artículo 58-10, los ASA, siguió aplicándose sin interrupción y pesó sobre la retaguardia y el frente durante toda la guerra. Se aplicaba a los evacuados por contar los horrores de la retirada (los periódicos, habían dejado bien claro que ésta se llevaba a cabo de forma programada). Se aplicaba en la retaguardia a los calumniadores por decir que el racionamiento era escaso. Se aplicaba en el frente a los calumniadores por decir que los alemanes tenían buenas armas. En 1942 se aplicó por todas partes a los difamadores por afirmar que en el Leningrado bloqueado la gente se moría de hambre.

Aquel mismo año, después de los descalabros de Kerch (ciento veinte mil prisioneros) y de Jarkov (aún más), en el curso de la gran retirada del sur hacia el Cáucaso y el Volga se bombeó otra muy importante riada de oficiales y soldados que no estaban dispuestos a resistir hasta la muerte y retrocedían sin permiso: aquellos mismos a los que en palabras del inmortal decreto de Stalin n° 227 (julio de 1942) «la Patria no podría perdonar su vergüenza». De todas formas, esta riada no llegó al Gulag: manipulada de manera apresurada por los tribunales de división fue enviada íntegramente a los batallones de castigo y se diluyó sin dejar rastro en la arena roja de las trincheras. Sirvieron de argamasa para los cimientos de la victoria en Stalingrado, mas no entraron en la historia general de Rusia, sino que fueron relegados a la historia particular del alcantarillado.

(Por lo demás, aquí sólo intentamos seguir las riadas que desembocaron en el Gulag desde fuera. El incesante bombeo interno que se produjo en el Gulag, de un depósito a otro, las denominadas condenas de campo, que arreciaron sobre todo en los años de la guerra, no se van a tratar en este capítulo.)

No sería honesto no mencionar también las contrarriadas de la época bélica: los ya mencionados checos, los polacos y los presos comunes puestos en libertad para enviarlos al frente.

A partir de 1943, cuando la guerra cambió a nuestro favor, empezó — y se fue intensificando año a año hasta 1946 — una riada multimillonaría procedente de los territorios ocupados y de Europa. Sus dos partes principales fueron:

— los civiles que habían estado bajo dominio alemán o en Alemania (les echaban diez años con la letra «a»: 58-1-a);

— los militares que habían caído prisioneros (les echaban diez años con la letra «b»: 58- 1-b).

Pese a todo, todo ciudadano que estuvo bajo ocupación alemana quería vivir, por tanto no se quedaba de brazos cruzados y, en teoría, por ello podía estarse ganando, junto con el sustento diario, un futuro cuerpo del delito: si no traición a la patria, cuando menos colaboracionismo con el enemigo. Sin embargo, en la práctica bastaba señalar en la serie del pasaporte que esa persona había permanecido en territorio ocupado, porque arrestarlos a todos habría sido económicamente una insensatez, ya que habrían quedado deshabitados grandes espacios. Para despertar la conciencia general era suficiente con encarcelar sólo a un determinado porcentaje: los culpables, los medio culpables, los culpables en un cuarto y aquellos que habían comido del mismo plato que los alemanes.

De todos modos, tan sólo con el uno por ciento de un solo millón tenemos ya una docena de campos rebosantes.

Tampoco debe pensarse que una participación honrada en las organizaciones clandestinas antialemanas pudiera garantizarle a uno que no iba a caer en esa riada. Hubo más de un caso como el del komsomol de Kiev al que la resistencia envió como informador a trabajar en la policía de dicha ciudad. El muchacho informó por honestidad de todo a los komsomoles, pero al llegar los nuestros lo condenaron a diez años, pues dijeron que al servir en la policía tenía que haber adquirido un ánimo hostil y cumplir las órdenes del enemigo.

Más dura y amarga era la condena para quienes habían estado en Europa, aunque fuera en calidad de Ostarbeiter, pues habían visto un trocito de vida europea y podían hablar de él, y estos relatos, siempre desagradables para nosotros (excepto, como es natural, cuando se trata de las notas de viaje de los escritores concienciados), lo eran mucho más en los años de posguerra, años de ruina y desorden. Y no todo el que volvía sabía contar que en Europa todo andaba mal y que ahí no se podía vivir.

Por este motivo, y no simplemente por haber caído en manos del enemigo, condenaron a la mayoría de nuestros prisioneros de guerra, sobre todo a los que habían visto en Occidente un poquito más que los campos alemanes de la muerte.

Pasaría algún tiempo hasta que esto fuera evidente. En 1943 había todavía alguna riada suelta, distinta de las demás, como la de los «africanos», como se les llamó durante mucho tiempo en los campos de construcción de Vorkutá. Eran prisioneros de guerra rusos capturados por los norteamericanos en África con el ejército de Rommel, (los «hiwi»), y que en 1948 repatriaron en camiones Studebacker a través de Egipto, Irak e Irán. En una desierta bahía del mar Caspio los instalaron inmediatamente tras alambres de espino, les arrancaron los distintivos militares y los aligeraron de los objetos que les habían regalado los norteamericanos (a beneficio naturalmente de los miembros de la Seguridad del Estado y no del propio Estado). Luego los enviaron a Vorkutá, a la espera de una disposición especial sobre ellos, y por falta de experiencia no les comunicaron ni el número de años ni su artículo penal. Estos «africanos» vivían en Vorkutá en condiciones intermedias: no estaban vigilados, pero no podían dar un paso por Vorkutá sin pases especiales (los cuales no se les daba); les pagaban un salario como a los contratados, pero disponían de ellos como sí fueran presidiarios. Y la disposición especial sobre ellos no llegó... Se habían olvidado de ellos...

Que ése era el motivo, y no el haber caído prisioneros, queda demostrado por el hecho de que siempre condenaran a quienes habían estado simplemente internados. Por ejemplo, en los primeros días de la guerra, un grupo de marineros nuestros fue arrastrado por el mar hasta la costa sueca. Pasaron la guerra como hombres libres en Suecia, en medio de una abundancia y un confort que nunca habían conocido ni conocerían después. La Unión Soviética retrocedía, avanzaba, atacaba, moría y pasaba hambre, mientras esos canallas llevaban una vida regalada en los muelles neutrales. Finalizada la guerra, Suecia los devolvió. Sin duda, se trataba de traición a la patria, pero la condena no acababa de cuadrar. Los mandaron a casa y luego les endilgaron propaganda antisoviética, por sus cautivadores relatos sobre la libertad y la abundancia en la Suecia capitalista (el grupo de Kadenko).

A este grupo le ocurrió después un caso. En el campo de reclusión ya habían dejado de hablar de Suecia, porque temían que les impusieran por ello una segunda condena. Pero en Suecia, no se sabe cómo, tuvieron noticia de su suerte y se publicaron artículos calumniosos en la prensa. Para entonces los muchachos ya estaban desperdigados por diversos campos, cercanos y lejanos, y de pronto una orden especial los reúne a todos en la prisión Kresty de Leningrado, donde estuvieron cebándolos durante dos meses y dejaron que les creciera el pelo. Más tarde los vistieron con sobria elegancia y ensayaron con ellos lo que debía decir cada uno, advirtiéndoles de que al canalla que se le ocurriera desafinar le darían «nueve gramos» en la nuca. De esta guisa los llevaron a una conferencia de prensa, ante periodistas extranjeros invitados y ante los que conocían bien a todo el grupo de cuando estaba en Suecia. Los antiguos internados se comportaron con desenvoltura, contaron dónde vivían, dónde estudiaban o trabajaban. Indignados por las patrañas burguesas que habían leído recientemente en la prensa occidental (como si en la URSS se vendiera en todos los kioskos), se habían puesto en contacto por carta para reunirse en Leningrado (como si los gastos del viaje no fueran un obstáculo para nadie). Su aspecto fresco y reluciente era la mejor refutación de los infundios de la prensa. Los periodistas, avergonzados, se fueron a redactar sus excusas: una mentalidad occidental era incapaz de explicarse de otra manera los hechos. Y a los causantes de la entrevista los llevaron de inmediato al baño, los raparon, los vistieron con sus harapos de antes y los distribuyeron por los mismos campos de reclusión. Por haber representado dignamente su papel todo lo que consiguieron fue que no les cayera otra condena.

Dentro de la riada general de los liberados de la ocupación alemana siguieron, una tras otra, rápida y ordenadamente, las riadas de las nacionalidades culpables:

en 1943 – los kalmucos, los chechenos, los ingushos, los balkaros, los karacheyevos.

En 1944 – los tártaros de Crimea.

No habrían desembocado con tanta fuerza y rapidez en su destierro perpetuo de no haber sido auxiliados los Órganos por las tropas regulares y los camiones militares. Los regimientos cercaban con audacia los aúl, pueblos enteros, asentados durante siglos en esos lugares; en veinticuatro horas, con la celeridad de un desembarco, eran trasladados a las estaciones, y cargados en convoyes que acto seguido partían para Siberia, Kazajstán, Asia Central y el norte. Exactamente a las veinticuatro horas, la tierra y los bienes inmuebles pasaban a otros herederos.

Como ocurriera con los alemanes étnicos al principio de la guerra, ahora se deportaba a todas estas nacionalidades sólo en razón de su sangre, sin llenar cuestionarios. Los miembros del partido, los héroes del trabajo y los héroes de una guerra que aún no había terminado, iban todos a parar al mismo sitio.

Durante los últimos años de la guerra fluyó por propio pie la riada de los criminales de guerra alemanes, segregados del sistema general de campos de prisioneros y trasladados al Gulag tras pasar por un tribunal.

En 1945, aunque la guerra contra el Japón no duró ni tres semanas, se hicieron muchísimos prisioneros que fueron destinados a inaplazables trabajos de construcción en Siberia y Asia Central. Con ellos se completó la selección de criminales de guerra para el Gulag. (Y aun sin conocer más detalles, podemos estar seguros de que la mayor parte de aquellos japoneses no pudo ser juzgada legalmente. Fue un acto de venganza y un medio para retener mano de obra durante largo tiempo.)

A finales de 1944, cuando nuestro ejército irrumpió en los Balcanes, y sobre todo en 1945, cuando alcanzó Europa Central, por los canales del Gulag también discurrió la riada de los rusos emigrados, ancianos que habían huido de la revolución y jóvenes que habían crecido allí. Solían traerse a rastras a los hombres y dejaban en la emigración a las mujeres y a los hijos. (No los cogían a todos, eso es cierto, sino sólo a los que en aquellos veinticinco años habían manifestado por discretamente que fuera sus puntos de vista políticos, o bien a los que los habían expuesto durante la revolución. No tocaron tampoco a los que habían llevado una vida puramente vegetativa.) Las riadas principales venían de Bulgaria, Yugoslavia, y Checoslovaquia y, en menor número, de Austria y Alemania; en los otros países de la Europa del Este apenas había rusos.

Del mismo modo, en Manchuria se produjo también una riada de emigrados en 1945. (Hubo a quien no lo detuvieron enseguida: invitaron a volver a la patria a familias enteras con la promesa de libertad y, una vez aquí, las separaron, las enviaron al destierro o las metieron en prisión.)

Durante 1945 y 1946 se encauzó hacia el Archipiélago un gran torrente, de esta vez sí, verdaderos adversarios del régimen (vlasovistas, cosacos de Krasnov, musulmanes de las unidades autóctonas creadas por Hitler), a veces convencidos, a veces involuntarios.

Junto a ellos fue capturado cerca de un millón de fugitivos, huidos del régimen soviético durante los años de la guerra, civiles de todas las edades y de ambos sexos que habían logrado refugiarse en territorio aliado, pero que en 1946-1947 fueron pérfidamente puestos en manos soviéticas por las autoridades aliadas. (24)

Cierto número de polacos, la Amia Krajowa partidarios de Mikolajczyk, pasaron en 1945 por nuestras cárceles camino del Gulag.

Hubo también otros tantos rumanos y húngaros.

Desde el final de la guerra, y después durante muchos años sin interrupción, discurrió una abundante riada de nacionalistas ucranianos (los «banderistas»).

En la posguerra, con estos enormes desplazamientos de millones como telón de fondo, pocos advirtieron otras pequeñas riadas como:

— «las chicas de los extranjeros» (1946-1947), es decir, las que permitieron que las cortejaran extranjeros. A estas muchachas las marcaron con el Artículo 7-35 (socialmente peligrosas)-.

— los niños españoles, que fueron evacuados durante la guerra civil española y ya eran adultos después de la segunda guerra mundial. Educados en nuestros internados, todos se aclimataron muy mal a nuestra forma de vida. Muchos se obstinaban en volver a casa. (T37) Les imponían también el 7-35, el de los socialmente peligrosos, y, a los más tenaces, el 58-6, espionaje para... Estados Unidos.

Para ser justos, no pasemos por alto una fugaz contrarriada, en 1947, de... sacerdotes. ¡Un auténtico milagro! ¡Por primera vez en treinta años estaban poniendo en libertad a los sacerdotes! No es que fueran a buscarlos por los campos de reclusión, pero si alguno de los que estaban en libertad se acordaba y podía indicar nombres y lugares exactos, todos los identificados volvían en el transporte por etapas hacia la libertad, para reforzar la Iglesia restaurada.

 

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No olvidemos que este capítulo no pretende en absoluto enumerar todas las riadas que fertilizaron el Gulag, sino aquellas que tenían un matiz político. Del mismo modo que en un curso de anatomía se puede describir con detalle el sistema circulatorio para después empezar de nuevo y proceder a la descripción del sistema linfático, aquí podríamos retomar, desde 1918 hasta 1953, las riadas tanto de personas detenidas por delitos comunes como de criminales profesionales propiamente dichos. Y esta descripción ocuparía también no poco espacio. Saldrían a la luz muchos decretos famosos, hoy en parte olvidados (aunque nunca derogados), promulgados para proporcionar al insaciable Archipiélago un copioso material humano. Como el decreto sobre el ausentismo laboral. Como el decreto sobre la fabricación de productos de mala calidad. Como el de destilación clandestina de aguardiente (su momento más desenfrenado fue en 1922, aunque se aplicó con generosidad durante los años veinte). Como el que castigaba a los koljosianos que no cumplieran la norma obligatoria de jornadas laborales. Como el decreto sobre la militarización de los ferrocarriles (en abril de 1943, no al principio de la guerra, ni mucho menos, sino cuando se estaba decidiendo a nuestro favor).

Estos decretos aparecían siempre como los más recientes perfeccionamientos legislativos y sin embargo no presentaban ninguna concordancia ni tan sólo tenían en cuenta la legislación anterior. La tarea de conciliar todas estas ramas recaía en los teóricos de la jurisprudencia, pero éstos se ocupaban de ello con tan poca aplicación como éxito.

Entre latido y latido, estos decretos produjeron una imagen distorsionada de la delincuencia, profesional o no, en el país. Daba la impresión de que ni los robos, ni los asesinatos, ni la destilación de aguardiente, ni las violaciones, se cometían en una u otra parte del país, de forma aleatoria y como consecuencia de la debilidad humana, la lujuria o las pasiones desatadas. ¡Ni mucho menos! Por todo el país los crímenes se producían, sorprendentemente, al unísono y con características uniformes. Hoy pululaban por todo el país sólo violadores, mañana asesinos, pasado destiladores, como un eco atento al último decreto gubernamental. ¡Diríase que cada especie criminal se ponía dócilmente a tiro, que estuviera esperando el decreto para desaparecer cuanto antes! Y justo emergía por todas partes aquel crimen que acababa de ser tipificado como más peligroso por nuestra sabia legislación.

El decreto sobre la militarización de los ferrocarriles hizo pasar por los tribunales a multitudes de mujeres campesinas y de adolescentes, la mayoría de los cuales habían trabajado en losferrocarriles en los años de la guerra, pero que, al no haber recibido previamente instrucción militar, eran los que más a menudo llegaban tarde y cometían infracciones. El decreto sobre incumplimiento de la norma obligatoria de jornadas de trabajo simplificaba el destierro de los koljosianos indolentes que querían como pago algo más que los palotes (T38) que les ponían frente al nombre. Si antes era preciso para ello un juicio y la aplicación de «contrarrevolución económica», ahora bastaba con una disposición del koljós refrendada por el Comité Ejecutivo del Distrito; además, para los propios koljosianos no podía dejar de ser un alivio que aún siguieran siendo deportados y no se les considerara enemigos del pueblo. (La norma obligatoria de jornadas de trabajo era distinta en cada región. La más favorable era la del Cáucaso — setenta y cinco jornadas — aunque de ahí también partirían muchos para cumplir ocho años en la región de Krasnoyarsk.)

Sin embargo, en este capítulo no pretendemos un estudio exhaustivo y provechoso de las riadas de comunes, profesionales o no. Pero llegados a 1947, no podemos silenciar uno de los más descomunales decretos de Stalin. Ya tuvimos ocasión, al referirnos a 1932, de mencionar la famosa ley 7/8, o «siete del ocho», una ley que permitió abundantes encarcelamientos, por una espiga, por un pepino, por dos patatas, por una astilla, por un carrete de hilo (aunque en el acta constaba «doscientos metros de material de costura», pues pese a todo les daba vergüenza escribir «un carrete de hilo»), siempre con la pena de diez años.

Pero las exigencias de la época, según las entendía Stalin, iban cambiando, y aquellos diez años que parecían suficientes a la espera de una guerra feroz, tras el «triunfo histórico de alcance universal» parecían una bagatela. Y de nuevo, despreciando el Código u olvidando que ya había en él innumerables artículos y decretos sobre hurtos y robos, se publicó el 4 de junio de 1947 un decreto que los abarcaba a todos y que los presos, sin perder el ánimo, enseguida bautizaron como el decreto «cuatro del seis».

La ventaja del nuevo decreto estaba, en primer lugar, en que era reciente: una vez promulgado el decreto se cometerían con más intensidad aquellos delitos concretos y quedaría asegurada una abundante riada de nuevos condenados. Pero su mayor ventaja estaba en las penas: si por miedo no era una sino tres («banda organizada») las muchachas que habían ido por espigas, o bien habían ido por pepinos o manzanas algunos crios de doce años, entonces les caían hasta veinte años de campo penitenciario. En las fabricas, sin embargo, la pena podía llegar a los veinticinco (esta pena, el cuarto [de siglo], pasaba a reemplazar la pena de muerte, abolida días antes humanitariamente). (25) Después de tanto tiempo por fin se hacía justicia: a partir de ahora ya no sólo se consideraba crimen de Estado la no denuncia política. Ahora también lo era no denunciar un delito común como el pillaje de bienes estatales o koljosianos y se castigaba con tres años de campo de reclusión o siete de destierro.

En los tiempos inmediatamente posteriores al decreto, divisiones enteras de subditos rurales y urbanos fueron enviados a desterronar las islas del Gulag, para relevar a los indígenas fallecidos. Cierto que estas riadas fluían a través de la policía y de los tribunales ordinarios, para no atascar las alcantarillas de la Seguridad del Estado, que estaban al máximo de su capacidad desde que empezó la posguerra.

Esta nueva línea de Stalin, según la cual, tras derrotar al fascismo, había que encarcelar con más saña, en mayores cantidades y por más tiempo que nunca, repercutió de inmediato, como es natural, en los presos políticos.

En 1948-1949, la sociedad asistió al incremento de la persecución y la vigilancia que se hizo notoria con la comedia, aunque trágica, de los reincidentes, inusitada incluso para los abusos de la justicia estalinista.

Se conoció así, en el lenguaje del Gulag, a los desdichados supervivientes de 1937, los que consiguieron superar diez años imposibles e invivibles, y que ahora, en 1947-1948, desmoronados tras el martirio, ponían su vacilante pie en la tierra de la libertad con la esperanza de apurar en silencio la poca vida que les quedaba. Pero la cruel inventiva (o un firme rencor, o una insaciable sed de venganza) sugirió al Generalísimo Vencedor una orden: ¡Encerrad de nuevo a todos esos inválidos, aunque no tengan nuevas culpas! Económica y políticamente le resultaba incluso perjudicial atascar la máquina devoradora con sus propios desechos. Pero Stalin lo dispuso precisamente así. Fue un caso en el que el personaje histórico se impone de forma caprichosa a la necesidad histórica. (T39)

Y vinieron por todos ellos, apenas aclimatados a sus nuevos lugares de residencia, a sus nuevas familias. Los fueron cogiendo con el mismo paso cansino con que ellos mismos se arrastraban. Pero ya conocían de antemano todo el vía crucis. Ya no preguntaban «¿Por qué?», ni decían a sus parientes «volveré», se ponían la ropa más sucia, echaban picadura barata en la petaca que aún guardaban del campo penitenciario e iban a firmar el acta. (Siempre era lo mismo: «Estuvo usted preso?» «Sí.» «Pues tenga, otros diez años».)

Cayó entonces en la cuenta el Egócrata de que era poco meter en prisión a los supervivientes de 1937. ¡Había que encerrar también a los hijos de sus enemigos jurados! O si no crecerían y se les ocurriría vengarse. (O quizá fuera que después de una cena pesada había tenido un mal sueño con esos hijos.) Examinaron la cuestión, hicieron números: habían encerrado a los hijos, pero a pocos. Habían metido entre rejas a los hijos de los mandos militares, ¡pero no a todos los hijos de los trotskistas! Y fluyó la riada de los «hijos-vengadores». (Entre los hijos que arrastró estaban Lena Kósyreva, de diecisiete años, y Elena Rakóvskaya, de treinta y cinco).

Después de la gran mezcolanza europea, Stalin consiguió en 1948 fortalecer de nuevo los muros, construir un techo más bajo y llenar este espacio cerrado con el mismo aire viciado de 1937.

Y en 1948, 1949 y 1950, cayeron:

— los espías imaginarios (hace diez años habían sido germano-nipones, ahora, anglonorteamericanos);

— los creyentes (esta vez, sobre todo las sectas);

— los genetistas y seleccionadores, vavilonistas y mendelistas que aún no habían cazado;

— intelectuales que, simplemente, pensaban por su cuenta (con especial rigor, los estudiantes) y no temían bastante a Occidente. La moda era colgarles: VAT- elogio de la técnica norteamericana, VAD- elogio de la democracia norteamericana, PZ-admiración por Occidente.

Eran riadas parecidas a las de 1937, pero con otras condenas: ahora el rasero ya no era el patriarcal chervónets, sino el cuarto (de siglo) estaliniano. Ahora los diez años eran una condena infantil comparada con las demás condenas.

No fue pequeña, tampoco, la riada que produjo el nuevo decreto relativo a los divulgadores de secretos de Estado (y se consideraban secretos: la cosecha del distrito, cualquier estadística sobre una epidemia, el tipo de producción de cualquier taller o fabricucha, mencionar un aeropuerto civil, los itinerarios de los transportes urbanos, el apellido de un preso encerrado en un campo penitenciario). Por este decreto colgaban quince años.

Tampoco se descuidaron las riadas nacionalistas. Fluyó incesante la riada de los banderistas, capturados en los bosques, en el ardor del combate. Al mismo tiempo eran condenados a diez y a cinco años de campo penitenciario o destierro aquellos habitantes de las zonas rurales del oeste ucraniano que, de alguna manera, hubieran tenido relación con los guerrilleros: por haberles permitido pernoctar en su casa, por haberles dado una vez de comer, por no haberlos denunciado. A partir de 1950, aproximadamente, se inició también la riada de las esposas de dichos nacionalistas: las condenaban a diez años por no haberlos delatado y dificultar así el rápido exterminio de sus maridos.

Por estas fechas había terminado ya la resistencia en Lituania y Estonia. Pero en 1949 surgieron de allí las poderosas riadas de la nueva profilaxis social y de la nueva campaña de colectivización agraria. Trenes enteros salían de las tres repúblicas bálticas y llevaban al destierro siberiano tanto a los habitantesde las ciudades como a los del campo. (En estas repúblicas se deformó el ritmo histórico. En breves y apretados plazos tuvieron que repetir el camino de todo el país.) (T40)

En 1948 fue al destierro otra riada de carácter étnico más: la de los griegos del Azov, del Kubán y de Sujumi. En los años de la guerra no habían contraído ninguna mancha ante el Padre, pero ahora se vengaba de ellos. ¿Por su fracaso en Grecia, quizás? (T41) Es patente, pues, que esta riada fue también fruto de su demencia personal. La mayoría de los griegos fue a parar al destierro de Asia Central. Los descontentos, a los izoliator políticos.

Allá por 1950, esa misma venganza por la guerra perdida, o quizás el afán de compensar el balance de desterrados, arrastró hacia el Archipiélago también a los guerrilleros del ejército de Markos, entregados por Bulgaria.

En los últimos años de la vida de Stalin empezó a observarse con nitidez una riada de judíos (desde 1950 venían ya goteando como cosmopolitas). Para eso mismo habían fabricado el proceso contra los médicos. Estaba preparándose a todas luces una gran matanza de judíos.

Pero por primera vez en su vida sus designios no iban a verse cumplidos. Dios dispuso — parece ser que por medio de manos humanas — que abandonara para siempre sus costillas.

Creo que con lo expuesto hasta aquí queda demostrado que en el exterminio de millones de hombres, y en su destierro al Gulag, hubo una coherencia fría y meditada y un incansable tesón.

Que en nuestro país las cárceles nunca estuvieron vacías , sino repletas o incluso atiborradas.

Que mientras vosotros andabais gratamente ocupados con los inofensivos secretos del átomo, estudiabais la influencia de Heidegger en Sartre, coleccionabais reproducciones de Picasso, viajabais en coche-cama a los balnearios o terminabais de edificar vuestra dacha en las afueras de Moscú, los «cuervos» recorrían incansables las calles y la Seguridad del Estado llamaba, con los nudillos o el timbre, a las puertas.

Y creo que con lo expuesto queda demostrado también que los Órganos jamás vivieron de la sopa boba.

 

 

3. La instrucción del sumario

 

Si a los intelectuales de Chéjov, siempre sumidos en cábalas sobre qué pasaría al cabo de veinte, treinta o cuarenta años, les hubieran dicho que al cabo de cuarenta años iba a haber en Rusia interrogatorios con tortura, que se oprimiría el cráneo con un aro de hierro, (26) que se sumergiría a un hombre en un baño de ácidos, (27) que se le martirizaría, desnudo y atado, con hormigas y chinches, que se le metería por el conducto anal una baqueta de fusil recalentada con un infiernillo («el herrado secreto»), que se le aplastarían lentamente con la bota los genitales, o que como variante más suave, se le atormentaría con una semana de insomnio y sed y se le apalizaría hasta dejarlo en carne viva, ninguna obra de teatro de Chéjov tendría final: todos los personajes habrían ido a parar antes al manicomio.

Y no sólo los personajes de Chéjov, porque, ¿qué ruso normal de principios de siglo, incluido cualquier miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, habría podido creerlo, habría podido soportar semejante calumnia lanzada al luminoso futuro? Algo que empezó a tejerse en el reinado de Alexéi Mijaílovich, que cuando Pedro I ya parecía una barbarie, y que en tiempos de Biron ya sólo podía aplicarse a diez o veinte personas, hasta llegar a ser completamente imposible con Catalina, ahora, en pleno esplendor del gran siglo XX, en una sociedad concebida sobre principios socialistas, cuando ya teníamos aviones y habían aparecido el cine sonoro y la radio, se había convertido en la empresa no de un único ser malvado, no en un lugar oculto, sino de decenas de miles de hombres-fieras especialmente adiestrados contra millones de víctimas indefensas.

¿Basta acaso con calificar de horrible esta explosión de atavismo que esquivamente se ha dado en llamar «culto a la personalidad»? ¿Ó que en aquellos mismos años festejáramos el centenario de Pushkin? ¿O que se representaran desvergonzadamente esas mismas obras de teatro de Chéjov, por mucho que ya se hubiera dado respuesta a ellas? ¿Y no es aún más terrible que treinta años después nos digan que no hablemos de esto? ¡Porque recordar el sufrimiento de millones de personas va a desfigurar la perspectiva histórica! ¡Porque si excavamos la esencia de nuestras costumbres, vamos a empañar nuestro progreso material! Recordad mejor los altos hornos encendidos, los trenes de laminación, los canales abiertos..., no, de los canales es mejor que no..., hablad entonces del oro de Kolymá, no, (T42) de eso tampoco... ¡Pues claro que se puede hablar de todo! Pero sabiendo encontrar el tono, ensalzando...

Visto así tampoco comprendo por qué condenamos la Inquisición. ¿Acaso, además de las hogueras, no organizaba solemnes ceremonias religiosas? No comprendo por qué sentimos aversión por el régimen de servidumbre. En realidad, el campesino podía trabajar todos los días.

Y podía cantar villancicos por Navidad, y las muchachas trenzaban coronas por la Trinidad... (T43)

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El carácter excepcional que hoy día la leyenda oral y escrita atribuye al año 1937 se basa en la supuesta creación por aquel entonces de los delitos imaginarios y en la tortura.

Pero esto no es cierto, no es exacto. En diferentes años y décadas, la instrucción de un sumario por el Artículo 58 casi nunca pretendía el esclarecimiento de la verdad, sino que era un procedimiento rutinario y sucio: al hombre recientemente libre, a veces orgulloso y siempre mal preparado, se le doblegaba, se le hacía pasar por un estrecho tubo en el que las lañas ¿el armazón le desgarraban los costados, donde no podía respirar, de modo que ansiara llegar al otro extremo. Pero el otro extremo lo expulsaba ya listo para habitar en el Archipiélago y lo depositaba en la tierra prometida.

(Sólo los bobos se resisten obstinadamente: creen que una vez dentro del tubo puede haber también una vuelta atrás.) Cuanto más se alejan esos años sin constancia escrita, tanto más difícil resulta reunir los dispersos testimonios de los supervivientes. Y éstos nos dicen que la creación de procesos falsos empezó ya en los primeros tiempos de los Órganos, para que fuera perceptible su imprescindible e incesante celo protector, no fuera a ser que con el descenso de enemigos llegara el aciago día en que desapareciera. (T44).

Como puede verse en el proceso contra Kósyrev, (28) la posición de la Cheká ya era endeble a principios de 1919. Leyendo periódicos de 1918, tropecé con un comunicado oficial que daba cuenta del descubrimiento del horrible complot de un grupo de diez hombres que querían (¡de momento sólo querían!) izar al tejado del Hospicio Infantil unos cañones (¡menuda altura!), y bombardear el Kremlin desde allí. Eran diez personas (entre ellas había, quizá, mujeres y adolescentes) y no se sabe cuántos cañones. ¿De dónde sacarían los cañones? ¿De qué calibre eran? ¿Cómo pensaban subirlos por la escalera hasta el desván? ¿Cómo los emplazarían sobre un tejado que hace pendiente? ¿Cómo impedirían que retrocedieran al disparar? Y sin embargo, esta fantasía, que superaba los montajes de 1937, ¡se leía!, ¡se le daba crédito! Igualmente falso fue el «caso Gumiliov» en 1921. (29) Aquel mismo año, la Cheká de Riazán montó un caso falso sobre un «complot» de la intelectualidad local (pero las protestas de unos valientes pudieron llegar a Moscú, y se cerró el caso). En ese mismo año 1921 fusilaron a todos los miembros del «Comité Sapropel» adscrito a la Comisión de Protección de la Naturaleza. Por poco que uno conozca la manera de ser y el talante de los círculos científicos rusos de aquel tiempo — y si no miramos hacia aquellos años a través de una cortina de fanatismo — seguramente podremos imaginar, sin escarbar demasiado, qué había detrás de ese proceso.

El 13 de noviembre de 1920, en una carta a la Cheká, Dzerzhinski alude a que ésta «a menudo da curso a declaraciones calumniosas».

He aquí lo que recuerda E. Doyarenko de 1921: sala de ingresos de la Lubianka, 40-50 catres, toda la noche traen mujeres y más mujeres. Nadie sabe de qué se las acusa, la impresión general es que las han detenido sin motivo. En toda la celda sólo hay una mujer que lo sabe: por eserista. Primera pregunta de Yagoda: «Así pues, ¿por qué has venido a parar aquí?». Es decir: dínoslo tú misma, ¡ayúdanos a condenarte! ¡Y cuentan exactamente lo mismo de la GPU de Riazán en 1930! Total sensación de que están encarcelados sin motivo. Hasta tal punto les faltaban motivos que a I.D.T. le acusaron-de apellido falso. (Y aunque éste era auténtico, le cayeron tres años por el Artículo 58-10 gracias a la OSO.) Cuando no sabía por dónde agarrarte, el juez de instrucción te preguntaba: «¿Cuál es su trabajo?», «Economista». «Escriba una nota explicando la planificación en su fábrica y cómo se realiza. Luego sabrá por qué le han arrestado.» (En la nota ya encontraría algún cabo suelto.)

¿No nos han acostumbrado, al cabo de tantas décadas, a que nadie vuelve de allí? Excepto el breve y premeditado movimiento de retroceso de 1939, sólo pueden oírse contadísimos testimonios aislados sobre la puesta en libertad de un hombre a resultas de la instrucción. Y además, a ése lo volvían a encarcelar al poco tiempo, o bien lo soltaban de verdad, pero para vigilarlo. Así se abrió la tradición de que los Órganos jamás cometían errores. Entonces, ¿cómo puede ser que encarcelaran a inocentes?

El Diccionario Razonado de Dal establece la siguiente distinción: «la diligencia previa difiere de la instrucción del sumario en que ésta se lleva a cabo con anterioridad para asegurarse de que existe fundamento para proceder a la instrucción».

¡Bendita inocencia! ¡Los Órganos nunca supieron de diligencias previas! Las listas recibidas de arriba, una primera sospecha, la denuncia de un confidente, o incluso anónima, (30) acarreaban la detención y luego la inevitable acusación. El tiempo destinado a la instrucción no se dedicaba a esclarecer el delito sino, en el noventa y cinco por ciento de los casos, a cansar, agotar y extenuar al acusado, hasta hacerle desear incluso que le cortaran la cabeza de un hachazo con tal de terminar cuanto antes.

En 1919 el principal método del juez de instrucción ya era poner su pistola sobre la mesa.

Ello sucedía tanto en la instrucción sumarial por delitos «políticos» como «económicos». En el proceso de la Dirección Central del Combustible (1921), la acusada Majróvskaya formuló una queja porque durante la instrucción del sumario la habían obligado a tomar cocaína. El fiscal lo rebatió: «Si hubiera declarado que la habían tratado groseramente, que la habían amenazado con fusilarla, mal que bien, aún habría sido posible creerlo con reservas». (31)La pistola amenazadora sobre la mesa, a veces apuntando al detenido, y el juez sin tomarse la molestia siquiera de inventar un delito: «Dímelo tú, ¡lo sabes de sobra!». Así lo exigía en 1923 el juez Jaikin a Skrípnikova, así se lo exigían en 1929 a Vitkovski. Un cuarto de siglo después nada había cambiado. En 1952, a esta misma Anna Skrípnikova, que iba ya por su quinta condena, el jefe del departamento de investigación del Ministerio de la Seguridad del Estado en Ordzhonikidze, Sivakov, le dijo: «El médico de la cárcel nos ha informado de que estás a 24/12 de tensión. Aún me parece poco, canalla (la mujer tenía más de cincuenta años), te haremos llegar a treinta y cuatro para que revientes, víbora, sin moretones, sin golpes, sin fracturas. ¡Nos basta con no dejarte dormir!». Y si ya de día, en su celda después de una noche de interrogatorios, Skrípnikova cerraba los ojos, irrumpía el carcelero rugiendo: «¡Abre los ojos o te saco del catre por los pies y te ato de pie a la pared!».

En 1921 predominaban también los interrogatorios nocturnos. En esta misma época se enfocaban faros de automóvil a la cara (Cheká de Riazán, Stelmaj). Y en 1926, en la Lubianka (testimonio de Berta Gandal), se utilizaba la «calefacción Amósov» para llenar la celda, bien con aire frío, bien con aire fétido, según. También tenían una cámara de corcho en la que faltaba el aire y, por si fuera poco, se aumentaba la temperatura. Parece ser que el poeta Kliúyev estuvo en una de estas cámaras, y también Berta Gandal. Vasili Alexándrovich Kasiánov, uno de los que participaron en la insurrección de Yaroslavl en 1918, cuenta que se iba aumentando la temperatura de la cámara hasta que la sangre brotara por los poros; cuando veían por la mirilla que había llegado ese momento, metían al detenido en una camilla y lo llevaban a firmar el acta. Conocidos son los procedimientos «calurosos» (y «salados») del periodo «del oro». En Georgia, en 1926, a los acusados les quemaban las manos con cigarrillos; en la prisión de Meteji, los empujaban a oscuras a una piscina llena de aguas fecales. La explicación resulta bien simple: si hay que mantener la acusación a toda costa, resultan indispensables las amenazas, la violencia y los tormentos, y cuanto más descabellada sea la acusación más cruel deberá ser el interrogatorio para arrancar la confesión. Y como siempre hubo falsos procesos, también son cosa de siempre la violencia y los tormentos; no son, pues, un atributo de 1937, sino una característica generalizada. Por esto extraña leer algunas veces en las memorias de antiguos presos que «la tortura se permitió a partir de la primavera de 1938». (32) No hubo jamás obstáculos espirituales ni morales que impidieran a los Órganos recurrir a la tortura. En el primer año tras la revolución, en el Semanario de la Cheká, en La espada roja y en El terror rojo se hablaba abiertamente de la posibilidad de emplear la tortura desde un punto de vista marxista. Y a juzgar por lo que vino después, la conclusión debió de ser afirmativa, aunque no universal.

Sería más exacto hablar del año 1938 en estos términos: si hasta ese año la aplicación de torturas había exigido algunos trámites y una autorización para cada caso (aunque fuera fácil de obtener), en 1937-1938, dado lo excepcional de la situación (unos millones de hombres debían ir al Archipiélago y eso requería aplicar a cada uno un proceso sumarial en el breve plazo que se había impuesto, cosa que no se dio en las riadas masivas de los «kulak» ni de las nacionalidades), se permitió a los jueces de instrucción la violencia y el tormento sin cortapisas, según su propio criterio, como requirieran su trabajo y el plazo fijado. Tampoco iban a reglamentarse las variedades de tortura: se iba a dar rienda suelta al ingenio.

En 1939 se abolió esta amplia permisividad general y de nuevo se exigió autorización escrita para aplicar la tortura (por lo demás, las simples amenazas, el chantaje, el engaño, el insomnio forzoso y los calabozos no se prohibieron nunca). Sin embargo, al final de la guerra y en los años de posguerra se establecieron por decreto unas categorías determinadas de detenidos a quienes estaba permitido aplicar una amplia gama de tormentos. Entraron en estas categorías los nacionalistas, sobre todo los ucranianos y los lituanos, especialmente cuando había o se presumía que existía una red clandestina que era preciso desenmascarar sonsacando todos los nombres a los que ya estaban detenidos. Por ejemplo, en el grupo de Romualdas Prano Skirius había cerca de cincuenta lituanos. En 1945 se les acusó de pegar octavillas antisoviéticas. Como quiera que en aquella época faltaban cárceles en Lituania, los enviaron a un campo penitenciario cerca de Velsk, en la región de Arjánguelsk. Unos fueron torturados, otros simplemente no pudieron resistir el doble régimen — de interrogatorios y de trabajos forzados — y el resultado fue que, de los cincuenta, todos confesaron, del primero al último. Pasó algún tiempo, y desde Lituania informaron de que se había encontrado a los auténticos autores de las octavillas, y que por tanto esos otros ¡no tenían nada que ver! En 1950 encontré en la prisión de tránsito de Kuíbyshev a un ucraniano de Dnepropetrovsk del que habían querido obtener «conexiones» y nombres torturándolo por muchos procedimientos, incluyendo el de un calabozo para estar de pie, con una barra que se introducía cuatro horas al día para que se apoyara (y durmiera). Después de la guerra torturaron también a Levin, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias.

Tampoco sería cierto atribuir al año 1937 el «descubrimiento» de que la confesión del acusado era más importante que toda clase de pruebas y de hechos. Eso ya se había empezado a plantear en los años veinte. En 1937 lo único que sucedió es que maduró la brillante doctrina de Vyshinski (T45) De todos modos, por aquel entonces sólo la pudieron conocer los jueces de instrucción y los fiscales, para consolidar su templanza moral, mientras que nosotros, todos los demás, sólo supimos de ella veinte años después. Nos enteramos cuando los periódicos empezaron a vilipendiarla en oraciones subordinadas y en párrafos secundarios, en unos artículos que trataban de esta doctrina como si fuera algo sobradamente conocido desde hacía mucho.

Resulta que en este año de horrible recuerdo, en un informe que adquiriría fama entre los especialistas, Andrei Yanuárievich (vienen ganas de llamarlo Jaguárievich) Vyshinski, en el espíritu de la más flexible dialéctica (que no permitimos ni a los subditos del Estado, ni ahora tampoco a las máquinas electrónicas, pues para ellas es y no es no), recordaba que el hombre nunca tiene la posibilidad de establecer la verdad absoluta, sino sólo la relativa. Y de aquí daba un paso que los juristas no se habían atrevido a dar en dos mil años: por consiguiente, tampoco la verdad que establecen la instrucción del sumario y el juicio puede ser absoluta sino sólo relativa. Por esto, al firmar una sentencia de muerte nunca podremos estar absolutamente seguros de que ajusticiasen a un culpable, sino sólo con cierto grado de aproximación, bajo determinados supuestos, en cierto sentido. (Quizás el propio Vyshinski necesitaba entonces de este consuelo dialéctico tanto como sus oyentes. Al gritar desde su escaño de fiscal: «¡Hay que fusilarlos a todos como a perros rabiosos!», (T46) él, malvado a la vez que inteligente, sabía a la perfección que los acusados estaban libres de culpa. Con tanto mayor apasionamiento, seguramente, él y ese puntal de la dialéctica marxista que era Bujarin, emperifollaban con adornos dialécticos la mentira judicial: para Bujarin subir al patíbulo sin culpa alguna era una muerte estúpida e impotente en exceso, ¡incluso tuvo necesidad de hallar su propia culpa! A Vyshinski le agradaba más sentirse un lógico que un canalla declarado.)

De ahí una conclusión harto pragmática: era una inútil pérdida de tiempo buscar pruebas absolutas (las pruebas son todas relativas), o testigos indudables (podrían contradecirse). Las pruebas de culpabilidad son relativas, aproximadas, y el juez de instrucción puede dar con ellas incluso sin conocimiento de los hechos y sin testigos, sin necesidad de abandonar su despacho, «basándose no sólo en su inteligencia sino también en su intuición de comunista, en su firmeza moral» (es decir, en la ventaja de un hombre que ha dormido, que está bien comido y no ha recibido palizas), y «en su carácter» (es decir, en su ansia de crueldad).

Qué duda cabe: como definición era muchísimo más elegante que las instrucciones de Latsis. Pero la esencia era la misma.

Sólo en una cosa se quedó corto Vyshinski y dejó de lado la lógica dialéctica: inexplicablemente dejó que la bala continuara siendo absoluta.

De este modo, desarrollándose en espiral, las conclusiones de la jurisprudencia progresista volvían a los puntos de vista de la época Antigua o de la Edad Media. Como los verdugos medievales, nuestros jueces instructores, nuestros fiscales y nuestros presidentes de tribunal aceptaban como principal prueba de culpabilidad las confesiones de los encausados. (33)

Sin embargo, el rudo medioevo no había empleado más que procedimientos pintorescos y espectaculares para arrancar la deseada confesión: el potro, la rueda, el brasero, el erizo, la picota. En el siglo veinte, con el desarrollo de la medicina y nuestra considerable experiencia carcelaria (no faltó quien tratara con toda seriedad este tema en una tesis doctoral), se llegó a la conclusión de que tanta prodigalidad de medios resultaba superflua e incluso engorrosa en caso de aplicación masiva. Y además...

Además, se daba claramente otra circunstancia: como siempre, Stalin se había guardado la última palabra; sus subordinados tenían que intuir por sí mismos, de manera que al chacal le siguiera quedando una guarida adonde escabullirse y escribir «Los éxitos se nos suben a la cabeza». (T47) Con todo, era la primera vez en la historia de la humanidad que se sometía a millones de personas a una tortura planificada, y a pesar de todo su poder, Stalin no podía estar absolutamente seguro del éxito. Aplicado a gran escala, el experimento podía discurrir de manera distinta a cuando se había realizado en pequeñas proporciones. En cualquier caso, Stalin debía mantener su orla de pureza angelical. (Y sin embargo las circulares del Comité Central de los años 1937 y 1939 contenían la indicación de «medidas físicas».)

Cabe suponer que por esto no existía una enumeración de torturas y vejaciones puesta en manos de los jueces recién salida de la imprenta. Se limitaron a exigir que cada sección de instrucción entregara a los tribunales en un plazo determinado un número dado de borregos convictos y confesos. Se limitaban a decirles (verbalmente, pero a menudo) que toda medida y procedimiento era bueno, por cuanto se buscaba un gran objetivo: no exigir responsabilidades a un juez de instrucción por la muerte de un acusado; y hacer que el médico de la prisión intervenga lo menos posible en el curso de la instrucción. Es probable que se organizaran intercambios de experiencias entre camaradas, para «aprender de los de vanguardia»; y — ¿por qué no? — que se anunciara un «incentivo material», un aumento del salario por las horas nocturnas, unas primas por reducir los plazos de la instrucción sumarial; o que advirtieran a los jueces de que, bueno, si no sacaban el trabajo adelante... Y puestas así las cosas, si en algún centro provincial del NKVD pinchaban un hueso, también su jefe estaría limpio ante Stalin: ¡El no había dado órdenes directas de emplear torturas! ¡Pero al mismo tiempo facilitaba que se aplicaran!

Al comprender que sus superiores se cubrían las espaldas, una parte de los jueces de instrucción supeditados a ellos (aunque no los que se embriagaban con la crueldad) también procuraba empezar con métodos más suaves, y si había que pasar a otros más fuertes, evitaba aquellos que dejan huellas demasiado claras: un ojo vaciado, una oreja cortada, una espina dorsal rota, e incluso un moretón que cubría todo el cuerpo.

Por eso no observamos en el año 1937 una unidad total de procedimientos — excepto el del insomnio — en los diferentes centros provinciales ni entre los diferentes jueces de instrucción de un mismo centro. Dice el rumor que se distinguieron por la crueldad de sus torturas Rostov del Don y Krasnodar. En Krasnodar inventaron algo muy original: obligaban a los detenidos a firmar hojas en blanco para luego rellenarlas con mentiras. A fin de cuentas, para qué molestarse con torturas si en 1937 no había desinfección en las prisiones, pero sí tifus, o cadáveres que permanecían hasta cinco días en aquella estrechez humana. A los que se volvían locos los remataban en el pasillo a bastonazos.

Había pese a todo algo en común: que se daba preferencia a los métodos, por así decirlo, suaves (enseguida veremos cómo eran), y éste era un camino infalible. Porque el equilibrio humano se mantiene dentro de unos límites muy estrechos y no se necesitaba en absoluto de un potro ni de un brasero para hacer perder el juicio a un hombre corriente.

Intentaremos enumerar algunos de los métodos más sencillos para quebrar la voluntad y la personalidad del detenido sin dejar huellas en su cuerpo.

Empecemos por los métodos psíquicos. Aplicados a los borregos que nunca se han preparado para sufrir prisión, estos procedimientos tienen una fuerza enorme y hasta destructora, aunque tampoco son cosa fácil para el que tenga firmes convicciones.

1. Empecemos por algo tan simple como la propia noche . ¿Por qué siempre se prefiere la noche para quebrar las almas? ¿Por qué desde sus primeros tiempos los Órganos escogieron la noche ? Pues porque de noche, arrancado del sueño (aunque no esté sometido a insomnios forzosos), el detenido no puede tener el mismo equilibrio y serenidad que de día, es más maleable.

2. La persuasión en tono sincero. Es el más simple. ¿Para qué jugar al ratón y al gato? Después de haber estado encerrado algún tiempo con otros acusados, el detenido ya ha podido captar el ambiente general. Y el juez de instrucción le dice con amistosa indolencia: «Ya lo ves, de todos modos te van a condenar. Pero si te resistes, te pudrirás en la cárcel y perderás la salud. En cambio, en el campo penitenciario te dará el aire, verás la luz... Así que mejor firmas ya, sin darle más vueltas». Muy lógico. Lo prudente sería acceder a firmar, siempre que... ¡Siempre que la cosa fuera sólo contigo! Pero raramente es así. Y no hay más remedio que resistirse.

Hay otra variante de la persuasión, para quienes son miembros del partido. «Si en el país hay escasez y hasta hambre, como bolchevique debes tomar una postura firme: ¿Puedes pretender que la culpa sea de todo el partido? ¿Del régimen soviético en pleno?» «¡Por supuesto que no!», se apresura a responder el director de un centro distribuidor de lino. «¡Pues ten el valor de cargar tú con la culpa!» ¡Y dijo que sí!

3. El insulto soez. Es un procedimiento sencillo, pero que puede ser de gran eficacia con personas educadas, delicadas, de natural sensible. Conozco dos casos de sacerdotes que cedieron ante una simple palabrota. La instrucción sumarial de uno de ellos (Butyrki 1944) la llevaba una mujer. Al principio, el sacerdote no se cansaba de alabar entre sus compañeros de celda la amabilidad de aquella mujer. Pero un día volvió apesadumbrado y estuvo dudando un buen rato antes de contar con qué arte había empezado la mujer a soltar tacos, con una pierna sobre la otra. (Lástima que no pueda citar aquí alguna de sus frasecitas.)

4. El ataque por contraste psicológico. Los cambios bruscos: todo el interrogatorio, o parte de él, ha sido extremadamente cortés, se ha llamado al detenido por su nombre y patronímico, se le ha prometido el oro y el moro. Pero, de repente, se levanta en el aire el pisapapeles: «¡Ah, reptil! ¡Te mereces nueve gramos en la nuca!», y con los brazos extendidos, como si quisiera agarrarlo por los pelos, como si las uñas terminaran en agujas, se le echa uno encima (este método resulta espléndido con las mujeres).

Una variante: se van turnando dos jueces, uno sacude y tortura, el otro es simpático, casi cordial. El detenido tiembla cada vez que entra en el despacho: ¿Con cuál me va a tocar? Con este contraste el encausado está dispuesto a firmarle al segundo juez lo que sea, incluso lo que no hubo.

5. La humillación previa. En los célebres sótanos de la GPU de Rostov («La casa número treinta y tres»), bajo los gruesos cristales de la acera (era un antiguo almacén) a los detenidos que esperaban interrogatorio los tumbaban boca abajo en el pasillo, prohibiéndoles levantar la cabeza y decir una sola palabra. Los tenían como mahometanos en rezo hasta que el carcelero les tocaba el hombro y los llevaba a declarar. A Alexandra Ova los de la Lubianka no consiguieron arrancarle una sola de las declaraciones que necesitaban. La trasladaron a Lefórtovo. En la sala de ingresos, la carcelera le ordenó que se desnudara, como si tal fuera la normativa, se llevó sus ropas y la encerró desnuda en un box. Llegaron entonces los celadores varones, que se pusieron a contemplarla a través de la mirilla, a reírse y hacer comentarios sobre su figura. Preguntando, seguramente podrían reunirse muchos otros ejemplos. El objetivo era el mismo: crear un estado depresivo.

6. Cualquier procedimiento para turbar al detenido. He aquí cómo fue interrogado F.I.V. de Krasnogorsk, en la región de Moscú (comunicado por LA. p-ev.). En el curso del interrogatorio, la juez se desnudó ante él por etapas (¡strip-tease!), pero siguió con sus preguntas como si nada, estuvo paseándose por la habitación, se acercó a él e insistió en que cediera y declarara. Quizá fuera una necesidad íntima de aquella mujer, pero también podría ser un cálculo frío: ¡Al detenido se le enturbiará la mente y firmará! Además, ella no se arriesgaba a nada: tenía la pistola y el timbre bien a mano.

7. La intimidación. Era el método más utilizado y diverso. A menudo iba acompañado de la seducción y la promesa, falsa, por supuesto. Año 1924: «¿No quiere confesar? Pues tendrá que pasarse por Solovki. Pero a los que confiesan los soltamos». Año 1944: «De mí depende a qué campo vas a ir. Hay campos y campos. Ahora, hasta tenemos trabajos forzados. Si eres sincero te pondremos en un sitio suave; si te obstinas, veinticinco años trabajando bajo tierra y con grilletes». O te podían intimidar con una cárcel más dura: «Si te resistes te trasladaremos a Lefórtovo (si estabas en la Lubianka), o a Sujánovka (si estabas en Lefórtovo), y allí no se habla con los presos de esta manera». Y es que has acabado por acostumbrarte: a fin de cuentas el régimen en esta cárcel no está tan mal, ¿y qué suplicios me esperarían allí? Además, el traslado... ¿Y si cediera?

La intimidación funciona maravillosamente con aquellos que aún no están detenidos y que de momento sólo han sido citados a la Casa Grande para declarar. A uno (o a una) aún le queda mucho que perder, uno (o una) tiene miedo de todo: teme que no le suelten hoy, teme que le confisquen sus pertenencias, su vivienda. El está dispuesto a muchas declaraciones y concesiones con tal de evitar estos peligros. Ella, como es natural, no conoce el Código Penal, pero lo menos que se hace al empezar el interrogatorio es alargarle una hoja con un extracto falso del Código: «He sido advertida de que por declarar en falso..., 5 (cinco) años de prisión (en realidad, según el Artículo 95, el máximo son dos años), por negarme a declarar, 5 (cinco) años... (en realidad, por el Artículo 92, lo máximo son tres meses, y no de reclusión sino de trabajo correccional)». De este modo llegamos — y lo seguiremos viendo continuamente — a otro método procesal:

8. La mentira. A nosotros, los borregos, no nos está permitido mentir, pero el juez de instrucción miente sin parar, y nada tienen que ver con él todos estos artículos. Hasta tal punto hemos perdido el sentido de la medida que no nos preguntamos: ¿Y qué le pasa a él si miente? El puede poner ante nosotros tantas actas como le venga en gana con las firmas falsificadas de nuestros parientes y amigos, y no será más que un elegante procedimiento procesal.

La intimidación acompañada de seducción y mentira es el método fundamental para influir en los parientes del detenido llamados a declarar como testigos. «Si usted no declara tal cosa (lo que ellos exigen) será peor para él..., le va a buscar usted su perdición... (¿Cómo puede escuchar esto una madre?) Sólo firmando este papel (el que le ofrecen) podrá salvarlo (perderlo).» (34)

9. Especular con el afecto por los seres queridos también funcionaba maravillosamente con los detenidos. Era incluso la más eficaz de las intimidaciones: Utilizando el amor a la familia podía quebrarse al hombre más intrépido. (¡Oh, cuánta perspicacia: «Los enemigos de un hombre son sus familiares»!) ¿Recuerdan a aquel tártaro que lo soportó todo — sus torturas y las de su esposa — pero no las de su hija? En 1930, la juez de instrucción Rimalis empleaba esta amenaza: «¡Arrestaremos a su hija y la pondremos en la celda de las sifilíticas!».

Amenazaban con encerrar a todos los que uno amaba. A veces con acompañamiento sonoro: tu esposa estaba ya encerrada, pero su destino dependía de tu sinceridad. La estaban interrogando en la estancia contigua. ¡Escucha! Y, efectivamente, se oía llorar y chillar a una mujer al otro lado de la pared (pero entre que todos los gemidos se parecen, la pared que hay por medio, el esposo que estaba con los nervios de punta, y además no era precisamente un experto, a veces te la estaban pegando con un disco, con la voz de una «esposa-tipo», soprano o contralto, obra de algún inventor para la racionalización del trabajo. Pero a veces no había trampa y te mostraban a través de una puerta acristalada a tu esposa caminando en silencio, cabizbaja y abatida). ¡Sí! ¡Tu esposa! ¡En los pasillos de la Seguridad del Estado! ¡La has perdido con tu tozudez! ¡Ya la han arrestado! (Cuando en realidad la habían citado simplemente por algún asunto de procedimiento sin importancia y en el momento convenido la habían dejado en el pasillo ordenándole: «¡No levante la cabeza si quiere salir de aquí!».) O te dan a leer una carta de tu mujer, de su puño y letra: «¡Reniego de ti! ¡Después de las mezquindades que me han contado de ti, ya no deseo saber nada de ti!». (Y como quiera que esposas de este tipo y cartas así no son ni mucho menos imposibles en nuestro país, no te queda otro recurso que consultar con tu alma: ¿También mi mujer?)

El juez de instrucción Goldman (1944), que intentaba obtener de V.A. Kornéyeva unas declaraciones contra otras personas, la amenazó: «Te confiscaremos la casa y pondremos a tus viejas de patitas en la calle». Convencida y firme en su fe, Kornéyeva no temía en absoluto por su persona, estaba dispuesta el martirio. Pero, conociendo nuestras leyes, las amenazas de Goldman eran muy reales y ello la hacía temer por sus seres queridos. Cuando por la mañana, después de una noche de actas rechazadas y desgarradas, Goldman empezó a redactar una cuarta variante en la que la única acusada era ella, Kornéyeva firmó con alegría y con la sensación de haber obtenido una victoria moral. No hemos logrado conservar un instinto humano tan primario como es justificarse y rechazar las acusaciones falsas, ¡qué va! Somos felices si conseguimos cargar con toda la culpa nosotros solos. (35)

Así como ninguna clasificación de la Naturaleza tiene rígidas separaciones, tampoco aquí podemos separar claramente los métodos psíquicos de los físicos. ¿A qué método, por ejemplo, podrían adscribirse estas travesuras?

10. Procedimiento sonoro. Se sienta al acusado a una distancia de seis u ocho metros y se le obliga a decir todo en voz bien alta y a repetirlo. Para un hombre ya agotado no es nada fácil. O bien se hacen dos trompetillas de cartón y, junto con otro juez de instrucción al que se ha pedido ayuda, se pegan al detenido y le gritan en ambos oídos: «¡Confiesa, canalla!». El detenido queda aturdido y a veces hasta pierde el oído. Pero es un procedimiento poco económico, lo que pasa es que el trabajo de los jueces es muy monótono y también quieren divertirse, por eso le echan imaginación, a ver quién la hace más gorda.

11. Las cosquillas. Otra travesura. Te atan — o te sujetan — de pies y manos y te hacen cosquillas en la nariz con una pluma de ave. Al arrestado se le crispan los nervios, tiene la sensación de que le están trepanando el cerebro.

12. Apagar un cigarrillo en la piel del acusado (ya se ha indicado antes).

13. El procedimiento lumínico. Una intensa luz eléctrica las veinticuatro horas del día en la celda o en el box donde está encerrado el detenido, una bombilla de potencia desmedida para una pequeña estancia con paredes blancas (¡La electricidad que economizaban los colegiales y las amas de casa!). Se inflamaban los párpados y resultaba muy doloroso. Después, en el despacho del juez de instrucción, le enfocaban de nuevo lámparas domésticas.

14. O también esta ocurrencia. El 1 de Mayo de 1933, en la GPU de Jabarovsk, estuvieron toda la noche, doce horas, sin interrogar a Chebotariov. ¡No lo estuvieron interrogando sino que lo estuvieron llevando a interrogatorio! ¡Fulano de tal, las manos atrás! Lo sacaban de la celda y rápidamente escaleras arriba, al despacho del juez. El vigilante se marchaba. Pero el juez sin haberle formulado una sola pregunta y a veces sin ni siquiera darle tiempo a sentarse, cogía el teléfono: ¡Llévense al de la 107! Se lo llevaban y lo conducían a la celda. Apenas se tendía en el catre chirriaba la cerradura: ¡Chebotariov! ¡A declarar! ¡Las manos atrás! Y una vez allí: ¡Llévense al de la 107! Por lo demás, los métodos coercitivos pueden empezar mucho antes de llegar al despacho del juez de instrucción.

15. La prisión empieza en el box, que quiere decir cajón o armario. Como primer paso en la cárcel, cogen a un hombre recién arrancado a la libertad, cuyo interior sigue aún en movimiento, dispuesto a esclarecer, a discutir, a luchar, y lo encierran en una cajita, a veces con una bombilla y con espacio para sentarse, a veces a oscuras y con un espacio en el que sólo puede estar de pie y aún aplastado por la puerta. Y lo tienen allí unas cuantas horas, medio día, un día entero. ¡Unas horas de completa incertidumbre! ¿Lo habrán emparedado para toda la vida? Jamás se ha visto en una situación así, no puede hacer conjeturas. Pasan estas primeras horas en el ardor de un intenso torbellino espiritual aún no sofocado. ¡Unos se desmoralizan, y éste es el momento de hacerles el primer interrogatorio! Otros se enfurecen, tanto mejor, acto seguido insultarán al juez de instrucción, cometerán una imprudencia y será más fácil endiñarles una acusación.

16. Cuando no había suficientes boxes, lo hacían también de la siguiente manera. En el NKVD de Novocherkask, a Yelena Strutínskaya la mantuvieron seis días en un pasillo sentada en una banqueta de manera que no pudiera recostarse en ninguna parte, sin dormir, sin caer ni levantarse. ¡Durante seis días! Intenten ustedes permanecer sentados así tan sólo seis horas.

También, como variante, podían sentar a un detenido en un taburete alto como los de los laboratorios, de manera que sus pies no llegaran al suelo y se le entumecieran de lo lindo. Lo dejaban así sentado de ocho a diez horas.

O bien, durante el interrogatorio, cuando el acusado está a la vista de todos, sentarlo en una silla corriente pero de la siguiente manera: en el extremo del asiento, en el borde mismo (¡Un poco más adelante! ¡Un poco mas!), de modo que no se caiga pero se le clave el borde dolorosamente durante todo el interrogatorio. ¿Sólo eso? Sí, sólo eso. Pruébelo.

17. Según las condiciones del lugar, el box puede sustituirse por el foso de la división, como era costumbre en los campos militares de Gorojovets durante la gran guerra patria. (T48) A esta fosa, de tres metros de profundidad por unos dos de diámetro, se arrojaba al preso, y lo tenían ahí metido varios días, a cielo abierto, a veces bajo la lluvia. Era a la vez celda y retrete. Y le bajaban con una cuerda trescientos gramos de pan, y agua. Imagínese en esa situación, además recién arrestado, cuando eres un manojo de nervios.

Ya sea porque todas las Secciones Especiales del Ejército Rojo recibieron las mismas instrucciones o bien porque compartieran una situación similar en campaña, el caso es que este procedimiento tuvo una gran difusión. Así, en la 36ª División de infantería motorizada, que había participado en la batalla de Jaljin-Gols y que en 1941 estaba destacada en el desierto de Mongolia, al recién arrestado, sin más explicaciones, le alargaban una pala (el jefe de la Sección Especial Samuliov) y le ordenaban excavar una zanja de las medidas exactas de una tumba (¡un procedimiento que enlaza, pues, con el psicológico!). Cuando el detenido había profundizado hasta la cintura, detenían la excavación y le ordenaban que se sentara en el fondo: la cabeza ya no quedaba visible. Un solo centinela vigilaba varias zanjas de este género y parecía que no hubiera nada a su alrededor. (36) En aquel desierto los acusados soportaban el tórrido calor mongol con la cabeza descubierta, y el frío nocturno sin abrigo, sin torturas, eso sí. ¿Para qué iban a malgastar energías en ellas? Y mirad qué ración: cien gramos de pan y un vaso de agua al día. El teniente Chulpeniov, un gigantón de veintiún años, boxeador, estuvo así un mes. A los diez días estaba plagado de piojos. A los quince días lo llamaron por primera vez a declarar.

18. Poner al acusado de rodillas, pero no en sentido figurado sino en el literal: arrodillado sin apoyarse en los talones y con la espalda recta. En el despacho del juez de instrucción o en el pasillo se le podía obligar a permanecer así doce horas, veinticuatro y hasta cuarenta y ocho. (El juez podía marcharse a casa, dormir, divertirse; era un sistema bien elaborado: junto al hombre de rodillas se ponía un puesto de guardia y se relevan los centinelas.) (37) ¿A quien convenía poner de esta manera? Al que ya estaba desmoralizado, al que ya se inclinaba a ceder. Daba buen resultado con las mujeres. Ivanov-Razúmnik comunica una variante de este método: después de haber puesto al joven Lordkipanidze de rodillas, ¡el juez de instrucción se le meó en la cara! ¿Y qué pasó? Después de haberlo aguantado todo, con esto, Lordkipanidze se desplomó. Por lo tanto, también funciona espléndidamente con los orgullosos...

19. O basta con obligarle a estar de pie. Se le puede dejar de pie sólo durante los interrogatorios, y eso cansa y quiebra lo suficiente. También se le puede dejar que preste declaración sentado, pero siempre que permanezca de pie entre interrogatorios (se coloca un centinela y el vigilante cuida de que no se apoye en la pared, y si se duerme y se derrumba le propina unos puntapiés para que se levante). A veces, veinticuatro horas seguidas de pie son suficientes para que un hombre desfallezca y declare lo que haga falta.

20. Es habitual que, cuando a un detenido se le tiene de pie durante tres, cuatro o cinco días no se le dé de beber.

Cada vez resultan más claras las posibilidades de combinación entre procedimientos psicológicos y físicos. Se comprende también que todas las medidas precedentes puedan combinarse con:

21. El insomnio, que no supieron valorar en la Edad Media: no sabían que los márgenes dentro de los cuales el hombre conserva su personalidad son muy estrechos. El insomnio (unido además al estar de pie, la sed, la luz cegadora, el terror y la incertidumbre. ¿En qué quedan tus torturas ante esto, Edad Media?) nubla la razón, socava la voluntad, el hombre pierde su «yo». (Es el Ganas de dormir, de Chéjov, aunque ahí era mucho más suave, pues la niña podía tenderse un poco, dar reposo a su conciencia durante un minuto que le refresca salvadoramente el cerebro.) (T49) Cuando un hombre actúa medio inconsciente, o completamente inconsciente, no debemos culparle por las declaraciones que haya podido hacer...

Imagínense en este estado de turbación a alguien que además es extranjero y no conozca el ruso, y que le den algo a firmar. Así fue como el bávaro Jupp Aschenbrenner firmó que había trabajado en una cámara de gas. Sólo en 1954 consiguió demostrar, ya en el campo penitenciario, que en aquella época estaba en Munich asistiendo a unos cursos de soldadura eléctrica.

Te lo decían así: «No ha sido sincero en sus declaraciones, por tanto no se le permite dormir!». A veces se mostraban más refinados, no te ponían de pie sino que te sentaban en un sofá mullido que predisponía de forma especial a dormir (el vigilante de turno se sentaba a tu lado en el sofá y te daba una patada cada vez que fruncías los ojos). He aquí cómo describe una víctima (que previamente había pasado días enteros en un box lleno de chinches) sus sensaciones después de esta tortura: «Tenía escalofríos por la gran pérdida de sangre. Tenía las membranas oculares secas, como si alguien sostuviera un hierro candente ante mis ojos. Se hincha la lengua de sed y pincha como un erizo al menor movimiento. Los espasmos de la glotis te rajan la garganta».

El insomnio es un gran medio de tormento y no deja ninguna huella visible, ni siquiera motivos de denuncia si se presentase mañana mismo una improbable inspección. (38) «¿Que no le dejan dormir? ¡Y qué se cree, que está en un balneario ! Los agentes que han estado con usted tampoco han dormido» (pero descansaban de día). Podemos afir-mar que el insomnio se convirtió en el procedimiento universal de los Órganos, que dejó de ser un tipo de tortura para convertirse en método reglamentario y que se utilizó de la forma más económica, sin recurrir a ninguna clase de centinelas. En todas las prisiones judiciales no se permitía dormir ni un minuto entre el toque de diana y el de retreta (en Sujánovka y en otras prisiones más, de día retiraban los catres contra la pared; en otras, sencillamente, no dejaban tenderse, ni siquiera bajar los párpados estando sentado). Y los principales interrogatorios eran siempre de noche. Era automático: el que estaba sometido a la instrucción del sumario no tenía tiempo para dormir por lo menos durante cinco días a la semana (la noche del sábado y del domingo los jueces de instrucción procuraban descansar).

22. Como perfeccionamiento del punto anterior: la cadena de jueces. El detenido no sólo no dormía, sino que durante tres o cuatro días lo interrogaban sin cesar varios jueces que iban turnándose.

23. El box piojoso que ya hemos mencionado. Un oscuro armario de tablas infestado de piojos, los había a centenares, puede que a miles. Se le quitaba la chaqueta o la guerrera al acusado y acto seguido se abatían sobre él los hambrientos piojos, arrastrándose por las paredes y cayendo desde el techo. Primero, luchaba encarnizadamente contra ellos, los aplastaba sobre su cuerpo, contra las paredes, ahogándose con su hedor, pero al cabo de unas horas desfallecía y se dejaba chupar la sangre sin protestar.

24. Los calabozos. Por mal que se esté en una celda, el calabozo siempre es peor, y en él la celda siempre se te antoja el paraíso. En el calabozo te desgastan de hambre, y muchas veces de frío (en Sujánovka hay también calabozos ardientes). Por ejemplo, los calabozos de Lefórtovo no tienen calefacción y sólo hay radiadores en los pasillos, aunque, de todos modos, en estos pasillos «calientes» los celadores no se están quietos y hacen la ronda con botas de fieltro y chaquetas enguatadas. En cambio, al preso lo dejaban en paños menores y a veces sólo en calzoncillos, y debía permanecer inmóvil (por la estrechez del lugar) en el calabozo de tres a cinco días (sólo al tercer día le daban un bodrio caliente). En los primeros minutos uno pensaba: no lo aguantaré ni una hora. Pero no se sabe por qué milagro el hombre permanecía allí sus cinco días, aunque contrayendo quizás una enfermedad para toda la vida.

Los calabozos tenían sus variantes: los había con humedad y con agua. En la cárcel de Chernovitsi, después de la guerra, tuvieron a Masha G. dos horas descalza con agua helada hasta el tobillo. ¡Confiesa! (Tenía dieciocho años. ¡Cómo lamentaría el mal que sufrieron sus pies, y cuánto debía vivir con ellos aún!)

 25. ¿Cabe considerar como una variedad del calabozo el encerrar a uno de pie en un nicho? Ya en 1933, en la GPU de Jabarovsk, le aplicaron esta tortura a S.A. Chebotariov: lo encerraron desnudo en un nicho de cemento de forma que no pudiera doblar las rodillas, ni extender los brazos o cambiarlos de posición, ni volver la cabeza. ¡Y eso no era todo! Empezó a gotear agua fría sobre su coronilla (¡Digno de una antología de la tortura!) hasta correr por todo su cuerpo. Como es natural, se guardaron de decirle que aquello iba a durar sólo veinticuatro horas. No vamos a discutir aquí si era o no un suplicio cruel, pero el caso es que perdió el conocimiento, que al abrirle al día siguiente estaba más muerto que vivo y que no recobró el conocimiento hasta que lo metieron en una cama del hospital. Le hicieron volver en sí con amoniaco, cafeína y masajes. Tardó mucho en recordar de dónde había salido y qué había sucedido la víspera. Estuvo todo un mes incapacitado, incluso para los interrogatorios. (Nos atrevemos a suponer que ese nicho y el dispositivo de goteo no fueron construidos expresamente para Chebotariov.) En 1949, mi amigo de Dnepropetrovsk estuvo encerrado en uno semejante, aunque es cierto que sin goteo. ¿Podemos suponer que hubo más nichos, dada la distancia entre Jabarovsk y Dnepropetrovs y la diferencia de dieciséis años?

 26. El hambre ya la hemos mencionado al describir los métodos combinados. No es que tuviera nada de raro obtener confesiones a fuerza de hambre. Para ser exactos, el elemento hambre, al igual que el uso de la noche, había pasado a formar parte del sistema general de coerción. La parca ración penitenciaria — 300 gramos en 1933, un año en que no había guerra, y 450 en 1945 en la Lubianka —, el juego de permitir y prohibir los paquetes y la cantina, se aplicaba a todos sin excepción, era universal. Pero había también un hambre más feroz: así tuvieron a Chulpeniov todo un mes a cien gramos, y luego, cuando lo sacaron del foso, el juez Sókol puso ante él una marmita de borsch y media hogaza de pan blanco cortado de través (al parecer, no tiene ninguna importancia como esté cortado el pan, ¿verdad?, pero Chulpeniov insiste aún hoy en día en que estaba cortado de una forma muy apetitosa), y sin embargo no le ofreció ni una sola vez.

¡Qué antiguo es todo esto, qué feudal y cavernario! La única novedad es que se aplicaba en una sociedad socialista. Otras personas relatan métodos parecidos, que eran frecuentes. Pero nosotros abundaremos en el caso de Chebotariov porque presenta un alto grado de combinación. Lo tuvieron 72 horas en el despacho del juez y sólo le permitieron ir al retrete. Nada más: ni comer, ni beber (a su lado había una jarra con agua), ni dormir. En el despacho había siempre tres jueces de instrucción que iban turnándose.

Uno escribía continuamente (en silencio, sin inquietar al acusado), el segundo dormía en el sofá, el tercero se paseaba por la habitación y golpeaba a Chebotariov apenas este se adormilaba. Después cambiaban de papel. (¿Estuvieron quizá tam bién ellos, por su ineficacia, en régimen de cuartel?) Y de pronto le trajeron la comida a Chebotariov: un sustancioso borsch ucraniano, una chuleta con patatas fritas y vino tinto en una jarra de cristal. Chebotariov, que toda la vida había sentido repugnancia por el alcohol, no probó el vino por más que le instó el juez (no podía forzarle demasiado, habría estropeado el juego). Después de comer le dijeron: «¡Y ahora firma lo que has declarado ante dos testigos! Es decir, lo que un juez había redactado en silencio ante otro que dormía y un tercero que estaba despierto. Desde la primera página, Chebotariov vio que había sido uña y carne con todos los generales japoneses destacados, y que cada uno de ellos le había encomendado misiones de espionaje. Y empezó a tachar hojas. Le dieron una paliza y lo echaron del despacho. Pero en cambio Blaguinin, otro empleado de los Ferrocarriles Chino-Orientales que habían detenido con él y había pasado por lo mismo, bebió el vino, y bajo los efectos de una dulce embriaguez firmó los documentos y fue fusilado. (¡Lo que hace una sola copa después de tres días de ayuno! Y allí había toda una jarra.)

27. Los golpes que no dejan huellas. Pegaban con gomas, con porras, con sacos de arena. Es muy doloroso cuando te dan en los huesos, por ejemplo, las patadas del juez en la espinilla, donde el hueso está casi a flor de piel. Al jefe de brigada Karpúnich-Braven estuvieron pegándole veintiún días seguidos. (Ahora dice: «al cabo de treinta años aún me duelen los huesos y la cabeza».) A partir de su caso y de los relatos de otros, llegó a la cifra de 52 procedimientos de tortura. Por ejemplo, éste: sujetan las manos con un aparato especial de forma que las palmas queden planas contra la mesa, y entonces golpean con el canto de una regla en los nudillos, ¡hay como para aullar! ¿Ponemos aparte de las palizas la extracción de dientes? (A Karpúnich le arrancaron ocho.)

A G. Kupriánov, secretario del Comité Regional de Carelia, encarcelado en 1949, le arrancaron algunos dientes. Unos eran naturales y no contaban, otros eran de oro. Al principio le dieron un recibo conforme se los quedaban en custodia. Luego cayeron en la cuenta y le quitaron el recibo.

Como todo el mundo sabe, un puñetazo en el plexo solar corta la respiración y no deja la menor huella. En Lefórtovo, el coronel Sídorov, después de la guerra, ejecutaba un tiro libre golpeando con sus chanclos los atributos masculinos desprotegidos (los que juegan al fútbol ya saben lo que es un balonazo en la ingle). No hay dolor comparable y se suele perder el conocimiento. (39)

28. En el NKVD de Novorossisk inventaron una maquinilla para aplastar las uñas. Más tarde se pudo ver por las prisiones de tránsito a muchos hombres de Novorossisk que habían perdido las uñas.

29. ¿Y la camisa de fuerza?

30. ¿Y romperte la columna vertebral? (En esta misma GPU de Jabarovsk, en 1933.)

31. ¿Y el embridado (la «golondrina»)? Es un método de Sujánovka, pero también se conoce en la prisión de Arjánguelsk. (El juez instructor Ivkov, 1940.) Se le pone al preso en la boca una toalla larga y recia (T49) (la brida) y los extremos se le atan a las plantas de los pies pasando por la espalda. Y de este modo, hecho una rueda, tumbado sobre el vientre, crujiéndote la espalda, pásate un par de días sin comida ni agua.

¿Seguimos enumerando? ¿Nos hemos dejado algo en el tintero? ¿Qué no serán capaces de inventar unos hombres ociosos, ahitos, e insensibles? ¡Hermano! No censures a quien fue débil en tales situaciones y firmó más de la cuenta...

 

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Pero ¡mira por dónde!: resulta que ni estas torturas, ni siquiera los procedimientos «más suaves», son necesarios para hacer que la mayoría confiese, para atenazar con dientes de acero a unos borregos mal preparados que ansian volver a su tibio hogar. Es demasiado desigual la correlación de fuerzas y posiciones.

¡Oh, bajo qué nueva perspectiva — repleta de peligros, una auténtica jungla africana — vemos desde el despacho del juez de instrucción nuestra vida anterior! ¡Y nosotros que la creíamos tan simple!

Usted, llamémosle A, y su amigo B, se conocen y se han tenido confianza durante años, y cada vez que se han visto han hablado sin tapujos de la pequeña y la gran política Sin testigos, sin nadie que pudiera escucharlos a escondidas. Y ustedes no se denunciaron uno a otro, por supuesto.

Mas he aquí que por alguna razón se fijaron en usted, lo sacaron por las orejas del rebaño y lo encerraron Y por alguna razón, puede que por alguna denuncia, porque teme por las personas queridas, por una pequeña tanda de insomnio o por haber estado en el calabozo, decide finalmente darse por rendido, ¡pero por nada del mundo denunciar a otros! Y en cuatro actas ha reconocido y firmado que es un enemigo jurado del régimen soviético, ya que contaba chistes del Guía deseaba elecciones con varios candidatos y aunque sí se metía en la cabina, no marcaba al único de la lista, excusándose con que no había tinta en el tintero, y además tenía un aparato de radio con banda de 16 metros y con él procuraba coger alguna de las retransmisiones occidentales pese a las interferencias con que las tapábamos. Diez años no se los quita nadie, pero sus costillas están enteras, todavía no tiene pulmonía, no ha vendido a nadie y al parecer ha salido del paso con inteligencia. Enla celda ya ha comentado que probablemente la instrucción de su caso toca a su fin.

¡Y un cuerno! Recreándose sin prisas en su bonita caligrafía, el juez de instrucción empieza a redactar el acta n° 5 Pregunta: ¿Era usted amigo de B? Sí. ¿Hablaba abiertamente de política con él? No, no, no le tenía confianza. ¿Pero se veían ustedes a menudo? No mucho. ¿Cómo que no mucho? Según el testimonio de los vecinos, sólo en el último mes lo tuvo de víate los días tal, tal y tal. ¿Estuvo o no? Bueno, puede ser. Además, se observó que ustedes, como siempre no bebían, no armaban escándalo, hablaban muy bajo, no podía oírse desde el pasillo. (¡Bebed amigos! ¡Romped botellas! ¡Soltad tacos cuanto más alto mejor! ¡Así seréis personas de fiar!) ¿Bien, y no cree que eso da que pensar? Además usted también estuvo en su casa, mire si no lo que le dijo por teléfono: hemos pasado una velada muy interesante. Luego los vieron en la esquina a los dos, media hora de plantón con el frío que hacía, con el rostro apesadumbrado como expresando descontento, por cierto, hasta tenemos fotos de ese encuentro. (La técnica de los agentes, amigos míos, la técnica de los agentes.) Así pues, ¿de qué hablaban en estas entrevistas?

¿De qué? ¡Vaya preguntita! Lo primero que se te ocurre es decir que no te acuerdas. ¿Acaso tienes el deber de recordarlo? Muy bien, ha olvidado usted la primera conversación. ¿La segunda también? ¿Y la tercera? ¿Incluso esa velada tan interesante? Y la de la esquina. ¿Y las conversaciones con C? ¿Y las conversaciones con D? No, pensará usted, lo de «no me acuerdo» no es salida, no me puedo agarrar a eso. Y su cerebro enturbiado por el insomnio y el hambre, pellizcado por el miedo, sobresaltado por el arresto, busca cómo ingeniárselas de una manera lo más verosímil posible y burlar al juez de instrucción.

¿De qué? Ojalá hubierais hablado de hockey (¡En todos los casos es lo que trae menos disgustos!), de faldas o incluso de ciencia, porque en ese caso se lo podríais repetir al juez (hablar de ciencia es como hablar de hockey, pero en nuestros días todo asunto científico es confidencial y te pueden pillar por el Decreto sobre divulgación de secretos de Estado). ¿Y si realmente habíais estado hablando de las nuevas detenciones habidas en la ciudad? ¿O de los koljoses? (y hablando mal, ni qué decir tiene, porque ¿quién va a hablar bien de ellos?), ¿o del descenso de las primas por productividad? Os habíais pasado media hora en una esquina con la cara bien larga, ¿de qué estaríais hablando?

Puede ser que a B también lo hayan arrestado (el juez de instrucción le asegura a usted que sí, que ya ha declarado contra usted y que ahora lo traen para un careo). También puede ser que esté tranquilamente en su casa, pero lo arrancarán de allí para interrogarle y confrontar: ¿Por qué fruncía usted el ceño en aquella esquina?

Ahora, al echar la vista atrás, comprende una cosa: tal como está la vida, hubiera sido conveniente al despedirse ponerse de acuerdo y recordar con detalle de qué habían hablado hoy. Entonces, en cualquier interrogatorio, las declaraciones habrían coincidido. Pero no se os ocurrió. No os imaginabais en qué selva vivíais.

¿Decir que hablabais de ir a pescar? Pero B habrá dicho que de pesca no hubo ni una palabra, que hablasteis de los cunos a distancia. En lugar de hacer más llevadera la instrucción os estaréis apretando el nudo: ¿De qué? ¿De qué? ¿De qué?

Y resplandece en vuestra mente una idea. ¿Afortunada? ¿Fatal? Hay que contar lo más parecido a lo que en realidad sucedió (naturalmente, limando las asperezas y omitiendo todo lo peligroso), por algo dicen que a veces hay que decir mentira para sacar verdad. Quizá B tenga la misma idea y cuente algo por el estilo, las declaraciones coincidirán bastante y os dejarán en paz.

Al cabo de muchos años comprenderá usted que fue una idea completamente insensata y que habría sido mucho mejor, aunque no resultara creíble, dárselas de tonto de remate: no recuerdo un solo día de mi vida aunque me maten. Pero llevaba tres días sin dormir. Apenas le quedaban fuerzas para seguir su propio pensamiento y para mantener imperturbable el rostro. Y además no le dejaban ni un minuto para pensar. Dos jueces de instrucción a la vez (les gusta hacerse visitas) se echaron sobre usted: ¿De qué? ¿De qué? ¿De qué?

Y usted hace una declaración: hablamos de los koljoses (de que no todo funciona aún muy bien pero pronto se arreglará). Hablaron de las primas. ¿Exactamente en qué términos? ¿Se alegraron de que las rebajaran? La gente normal no puede hablar así, de nuevo resulta inverosímil. Hay que darle credibilidad: nos quejamos un poquito de que estén apretando un poquitín con las primas.

Y el juez, que escribe el acta de propia mano, traduce a su lenguaje: en este encuentro calumniamos la política del partido y del Gobierno en materia de salarios.

Y, algún día, B le reprochará: ah, zoquete y yo que les había dicho que nos habíamos puesto de acuerdo para irnos de pesca...

¡Pero usted quiso ser más astuto y más inteligente que el juez! ¡Usted, con sus ideas sutiles y rápidas! Usted es un intelectual. Y se pasó de listo...

En Crimen y castigo, Porfiri Petróvich hace a Raskólnikov una observación sorprendentemente sutil que sólo puede ocurrírsele al que haya participado en este juego del ratón y el gato: con vosotros, los intelectuales, ni siquiera debo construir mi propia versión, vosotros mismos la construís y me la ofrecéis ya lista. ¡Es así! El hombre inteligente es incapaz de responder con la cautivadora incoherencia de El malhechor, de Chéjov. Procurará que, a la fuerza, la historia de que le acusan sea congruente, por más mentiras que le eche.

Pero lo que busca el juez-carnicero no es la coherencia sino sólo dos o tres frasecitas. ¡A él sí que no se la dan con queso! ¡Y nosotros no estamos preparados para nada!

Desde la juventud nos educan y nos preparan para una profesión; para los deberes cívicos; para el servicio militar; Para la higiene de nuestro cuerpo; para la urbanidad e incluso para apreciar la belleza (bueno, esto último no tanto). Pero ni la enseñanza, ni la educación, ni la experiencia, nos preparan para la mayor prueba de nuestra vida: el arresto injustificado y la instrucción sumarial arbitraria. Las novelas, las obras de teatro y las películas (¡sus autores debieran probar el cáliz del Gulag!) nos presentan a las personas que podemos encontrar en el despacho del juez como paladines de la verdad y del amor a la humanidad, como verdaderos padres. ¡La de conferencias que llegan a darnos! ¡Si hasta nos obligan a ir a ellas. Pero nadie nos dará una conferencia sobre el verdadero sentido — así como la amplia interpretación — de los artículos del Código Penal, además, los códigos no se encuentran en las bibliotecas, ni se venden en los kioskos, ni caen en manos de la juventud despreocupada.

Sería rayar en la ficción decir que, en un confín apartado, el acusado pueda disponer de un abogado. ¡Con lo que significaría tener al lado — en el momento más duro de la lucha — una mente lúcida que domine todas las leyes!

Otro de los principios de nuestra instrucción sumarial es privar al acusado incluso del conocimiento de las leyes.

Te presentan el acta de acusación... (ya saben cómo: «Fírmela». «No estoy de acuerdo con ella.» «Firme.» «¡Pero si no soy culpable de nada!»), «Se le acusa de transgredir los artículos 58-10 apartado 2 y 58-11 del Código Penal de la Federación Rusa». «¡Firme!» «¿Pero qué dicen esos artículos? ¡Déjeme leer el Código!» «No lo tengo.» «Entonces, pídaselo al jefe del departamento.» «Tampoco lo tiene. ¡Firme!» «¡Le ruego que me lo enseñen!» «No procede mostrárselo, el código no lo han escrito para usted sino para nosotros. Además, no lo necesita, ya se lo explico yo: dichos artículos tipifican precisamente todo de lo que usted es culpable. Además usted no firma ahora que esté de acuerdo, sino que ha leído el acta, que se le ha formulado la acusación.»

De golpe, entre tanto papelucho aparece fugazmente una nueva sigla: LEC. Esto te alarma: ¿En qué se diferencia el CP (Código Penal) del LEC? Si aciertas con un momento en que el juez esté de buenas te explicarán: La Ley de Enjuiciamiento Criminal. ¿Cómo? ¡O sea que ya no es un código, sino dos códigos completos los que desconoces, ahora que te van a ajustar las cuentas con ellos en la mano!

Pasaron desde entonces diez años, después quince. Creció hierba sobre la tumba de mi juventud. Cumplí la condena e incluso el destierro a perpetuidad. ¡Y en ninguna parte, ni en los centros «cultural-educativos» de los campos penitenciarios, ni en las bibliotecas de distrito, ni siquiera en ciudades medianas, en ninguna parte pude ver con mis propios ojos, ni tener en mis manos, no logré comprar, conseguir o tan siquiera pedir un código del Derecho soviético! ¡Y centenares de presos conocidos, que han pasado por la instrucción del sumario y el tribunal — incluso más de una vez —, que han conocido los campos y el destierro, ninguno de ellos ha visto tampoco el código ni lo ha tenido en sus manos! (Los que conocen el clima de suspicacia de nuestro país comprenden por qué no se puede pedir el Código en el tribunal popular o el Comité Ejecutivo de distrito. Vuestro interés por el Código sería un fenómeno excepcional: ¡O estás preparando un crimen o estás borrando sus huellas!)

Y sólo cuando ambos códigos tenían los días contados tras treinta y cinco años de existencia e iban a ser reemplazados de un momento a otro, sólo entonces, los vi, dos hermanos desencuadernados, el CP y la LEC, en un kiosko del metro de Moscú (los habían sacado a la venta por inservibles).

Y ahora me conmueve leer por ejemplo, en la LEC:

Artículo 136 - El juez no tiene derecho a arrancar declaraciones o confesiones a un acusado mediante violencia o amenazas. (¡A eso se le llama dar en el clavo!)

Artículo 111 - El juez está obligado a poner en conocimiento del acusado las circunstancias atenuantes o eximentes que concurran en su caso.

(«¡Pero si yo estuve en la proclamación del poder soviético en octubre! ¡Yo fusilé a Kolchak! ¡Yo desterré a los kulaks! ¡Gracias a mí el Estado ahorró diez millones de rublos! ¡Me hirieron dos veces en la última guerra! ¡Tengo tres condecoraciones!»

«¡No le estamos juzgando por eso! — la Historia de nuestro país nos muestra sus fauces por boca del juez —. Lo que haya podido hacer de bueno ahora no viene al caso.»)

Artículo 139 - El acusado tiene derecho a escribir de propia mano sus declaraciones y exigir que se introduzcan enmiendas en el acta levantada por el juez.

(¡Ay, de haberlo sabido entonces! O mejor dicho: ¡Si hubiera sido realmente así! Pero como implorando limosna, y siempre en vano, pedíamos al juez que no escribiera «mis repugnantes y calumniosos infundios» en lugar de «mis juicios erróneos», o «mi almacén de armas clandestino» donde habíamos dicho «mi navaja oxidada».)

¡Ay, si al acusado le hubieran impartido primero un curso de ciencia penitenciaria! Si primero hubieran hecho una instrucción sumarial de ensayo y después la verdadera... Con los reincidentes de 1948 no organizaban todo este juego judicial: habrían pinchado en hueso. Pero los primerizos no tenían experiencia, ¡no tenían ni idea! Y a nadie podían pedir consejo.

¡La soledad del acusado! ¡Otra de las condiciones para el buen desarrollo de una instrucción injusta! Sobre una voluntad solitaria y oprimida debía abatirse todo un aparato demoledor. Desde el momento del arresto y durante todo el primer período importante de la instrucción, lo ideal es que el detenido se encuentre solo: en la celda, en los pasillos, en las escaleras, en los despachos, en ninguna parte debe tropezarse con otros semejantes a él, ni percibir compasión, consejo o apoyo en ninguna sonrisa, en ninguna mirada. Los Órganos ponen todo su empeño en eclipsar el futuro y deformar el presente: dar por arrestados a parientes y amigos, dar por encontradas las pruebas materiales. Exageran acerca de sus posibilidades de castigarle a él y a su deudos y sobre su derecho a indultar (posibilidades y derecho que los Órganos no tienen en absoluto). Vincular la sinceridad del «arrepentimiento» con la atenuación de la condena y del régimen penitenciario en el campo de reclusión (una relación que no ha existido nunca). En el corto espacio de tiempo en el que el acusado está atribulado, extenuado y no es dueño de sus actos, le arrancan el mayor número posible de declaraciones sin posibilidad de enmienda, involucran el mayor número posible de personas inocentes (algunos se desmoralizan hasta el punto de suplicar que no les lean el acta en voz alta, carecen de fuerzas para escucharla, sólo desean que se la den a firmar, nada más firmar). Hasta entonces no los habrán sacado de su incomunicación, para pasar a una celda grande, donde desesperados descubrirán sus errores — cuando ya sea tarde — y harán recuento de ellos.

¿Cómo no cometer errores en semejante ordalía? ¿Quién no los cometería?

Hemos dicho que «lo ideal es que el detenido se encuentre solo». Sin embargo, en las cárceles atiborradas de 1937 (y también de 1945), éste era un ideal que no podía alcanzarse. Prácticamente desde las primeras horas, el detenido se encontraba en una celda común densamente poblada.

De todos modos, esto presentaba más ventajas que inconvenientes. La celda sobresaturada permitía prescindir de tantos boxes — estrechos pero individuales — y además resultaba ser una tortura de primera clase, especialmente valiosa porque duraba días y semanas enteros, sin que fuera necesario ningún esfuerzo por parte de los jueces de instrucción: ¡Los mismos presos torturaban a los presos! Embutían en una celda a tanta gente que no todos podían hacerse con un pedazo de suelo, unos pisaban a otros, o ni siquiera podían moverse, o bien se sentaban en las piernas de los demás. Así, en las CPP («celdas de prisión preventiva») de Kishiniov, en 1945, embutían en una celda individual hasta dieciocho personas, y en Lugansk, en 1937, quince. (40) En 1938, Ivanov-Razúmnik estuvo preso en una celda corriente de Butyrki para veinticinco personas en la que había ciento cuarenta. Ivanov-Razúmnik ha descrito muy bien la vida cotidiana en las celdas de 1937-1938. Los retretes estaban tan sobrecargados, ¡que sólo los llevaban a hacer sus necesidades una vez al día, a veces cuando ya era de noche, y lo mismo ocurría con el paseo! Ivanov calculó que en la «perrera» de recepción de la Lubianka, durante semanas enteras tocaba a un metro cuadrado para tres hombres (¡Echen cuentas, acomódense!). (41) La perrera no tenía ventana ni ventilación, con el calor corporal y la respiración la temperatura alcanzaba los 40-45 grados, todos estaban en calzoncillos (se sentaban sobre su ropa de invierno), sus cuerpos desnudos estaban apretujados unos contra otros, y el sudor ajeno hacía salir eccemas en la piel. Y así permanecían semanas enteras sin aire ni agua (excepto un bodrio y té por la mañana).

Este mismo año, en Butyrki, los recién detenidos (que ya habían pasado por los baños y los boxes) esperaban varios días sentados en los peldaños de la escalera hasta que los traslados por etapas dejaran libres las celdas. T-v, que ya había estado preso en Butyrki siete años antes, en 1931, nos refiere: «Todo estaba atiborrado, hasta debajo de los catres, yacíamos en el suelo de asfalto. Siete años más tarde, en 1945, cuando me volvieron a arrestar, nada había cambiado». Por otra parte, hace poco recibí de M.K.B-ich un valioso testimonio personal del hacinamiento en la prisión de Butyrki en 1918: en octubre de ese año (segundo mes del terror rojo) estaba tan llena la prisión, ¡que llegaron a habilitar una celda para setenta mujeres en la lavandería! ¿Cuándo, pues, ha sobrado sitio en la cárcel de Butyrki?

Si a todo esto añadimos que por todo retrete había una cubeta (o al revés: que había que aguantarse hasta que tocaba salir a la letrina, porque la celda no tenía ningún recipiente, como ocurría en algunas prisiones siberianas); si añadimos que comían cuatro en una misma escudilla, y unos encima de las rodillas de otros; que a cada tanto sacaban a alguien para llevárselo a interrogatorio y devolvían a otro apalizado, insomne y deshecho; que el aspecto de esos hombres destrozados era más convincente que cualquier amenaza de los jueces de instrucción; y que quien pasaba meses sin que lo llamaran a declarar pensaba en cualquier muerte y cualquier campo penitenciario como un alivio a tantas apreturas, ¿acaso no quedaba suplida con creces aquella soledad teóricamente ideal? Y en ese revoltijo humano no siempre se atrevía uno a sincerarse con alguien, y tampoco era sencillo encontrar a quién pedir consejo. Es más fácil creer en torturas y golpes cuando te los muestran los propios reos que cuando se trata de las amenazas de un juez.

Uno se enteraba por las propias víctimas de que ponían lavativas saladas en la garganta, y de que luego, en el box, se sufría de sed durante veinticuatro horas (Karpúnich). O de que frotaban la espalda con un rallador hasta que brotaba la sangre y luego te la mojaban con aguarrás. Al jefe de brigada Rudolf Pintsov le hicieron ambas cosas, y por si fuera poco le metieron agujas bajo las uñas y le rociaron con agua hasta que se le ensancharon. Le exigieron firmar que había querido lanzar su brigada de tanques contra la tribuna del gobierno durante el desfile de octubre. (42) Por Alexándrov, el ex director de la sección artística de la VOKS (Sociedad rusa de relaciones culturales con el extranjero), que anda encorvado porque tiene la columna vertebral rota y no puede contener las lágrimas, hemos tenido noticia de cómo pegaba (en 1948) el propio Abakúmov.

Sí, sí, el propio ministro de la Seguridad del Estado, Abakúmov, no le hacía ascos a este trabajo sucio (¡Un Suvórov en primera línea de fuego!), le había cogido gusto a la porra de goma. Con mayor afición aún pegaba su ayudante Riumin. Lo hacía en Sujánovka, en el despacho de instrucción «del general». La estancia tenía las paredes revestidas de nogal, cortinas de seda en ventanas y puertas, y una gran alfombra persa en el suelo. Para no estropear tanta belleza, se extendía sobre la alfombra, para el arrestado, una estera sucia que ya estaba manchada de sangre. En las palizas, Riumin tenía un ayudante, pero no un vigilante cualquiera, sino todo un coronel. «De modo», decía cortésmente Riumin, acariciando la porra de goma de un diámetro de unos cuatro centímetros, «que ha superado dignamente la prueba del insomnio (Alexandr Dolgun se las había ingeniado astutamente para soportar un mes de insomnio forzoso: dormía de pie). Ahora probaremos con la porra. Aquí nadie aguanta más de dos o tres sesiones. Bájese los pantalones y tiéndase en la estera.» El coronel se sienta en la espalda de la víctima. Dolgun se dispone a contar los golpes. Todavía no sabe qué es un porrazo en el nervio ciático cuando el glúteo ha enflaquecido después de un largo ayuno. No duele en el lugar del golpe, sino que estalla en la cabeza. Después del primer golpe, la víctima, loca de dolor, se rompe las uñas contra la estera. Riumin golpea procurando acertar. El coronel presiona con su corpachón. ¡Buen trabajo, para alguien con tres estrellas grandes sobre sus galones, el de asistir al todopoderoso Riumin! (Después de la sesión, el apaleado no podía caminar, pero no se lo llevaban a cuestas, sino que lo arrastraban por el suelo. Las nalgas no tardaron en hincharse de tal modo que era imposible abrocharse los pantalones, pero casi no quedaron cicatrices. Tuvo una diarrea tremenda, pero sentado en la cubeta de su celda individual Dolgun se desternillaba de risa. Aún le esperaba una segunda sesión, y una tercera, su piel reventaría; Riumin, enfurecido, le golpearía el vientre hasta romperle el peritoneo, le bajarían los intestinos y producirían una enorme hernia, y sería conducido al hospital de Butyrki con peritonitis. Provisionalmente cesarían los intentos de obligarle a cometer una bajeza.)

¡Así era como podían martirizarle a uno! Después de esto que el juez de instrucción Danílov de Kishiniov golpeara al sacerdote Víktor Shipoválnilkov con un hurgón en la nuca y lo arrastrara tirándole de la trenza es simplemente una caricia paternal. (Es cómodo arrastrar así a los sacerdotes; a los seglares puede tirárseles de la barba y arrastrarlos de un rincón a otro del despacho. A Richard Ajóla, un soldado rojo finés que participó en la captura de Sidney Reilly y era jefe de una compañía cuando aplastaron el motín de Kronstadt, lo levantaron con unas pinzas, primero por un extremo de sus grandes bigotes y después por el otro, y lo mantuvieron diez minutos sin tocar el suelo con los pies.)

Pero lo más terrible que pueden hacerte es desnudarte de cintura para abajo, ponerte de espaldas contra el suelo, separarte las piernas, sobre las que se sentarán los ayudantes (el glorioso cuerpo de sargentos) sujetándote los brazos, mientras el juez de instrucción — no desdeñan hacerlo tampoco las mujeres — se coloca entre tus piernas abiertas y con la punta de la bota (o de los zapatos) va apretando gradualmente contra el suelo, primero moderadamente y luego cada vez con mayor fuerza aquello que en otro tiempo te hacía varón, va mirándote a los ojos y repitiendo sus preguntas o propuestas de traición. Si no aprieta un poco más antes de tiempo, aún tienes quince segundos para gritar que lo confiesas todo, y que estás dispuesto a llevar a la cárcel a aquellas veinte personas que te exigen, o a calumniar en la prensa la cosa más sagrada...

Y que te juzgue Dios, no los hombres...

—¡No hay otra salida! ¡Hay que confesar lo que haga falta! — susurran los falsos arrestados que han introducido en la celda.

—¡La cosa está clara! ¡Hay que conservar la salud! — afirman las personas sensatas.

—Nadie puede devolverte los dientes — asiente uno que ya no los tiene.

—De todos modos te condenarán, tanto si confiesas como si no —concluyen los que saben de qué va —. ¡A los que no firman los fusilan! — profetiza otro, desde el rincón —. Para vengarse. Para que no quede rastro de cómo se llevó la instrucción.

—Morirás en el despacho y comunicarán a tus parientes: enviado al campo penitenciario sin derecho a correspondencia. (T50) ¡Y que te busquen!

Y si se trata de un comunista ortodoxo, se acercará a él otro ortodoxo y, tras lanzar a su alrededor una mirada hostil, para no ser escuchado por los profanos, empezará a embutirle ardientemente en la oreja:

 —Nuestro deber es apoyar la instrucción sumarial soviética. La situación es grave. La culpa es nuestra: fuimos demasiado indulgentes y por eso se ha propagado esta plaga por todo el país. Estamos en una guerra oculta, sin cuartel. Incluso aquí dentro estamos rodeados de enemigos. ¿No oyes qué cosas dicen? El partido no tiene la obligación de rendir cuentas ante cada uno de nosotros, por qué esto y por qué esto otro. Si lo exigen es que hay que firmar y punto.

Y en esto se acerca otro ortodoxo:

— Yo he firmado contra treinta y cinco personas, contra todos mis conocidos. Y a usted también se lo aconsejo: ¡Arrastre con usted a cuantos pueda, cuantos más nombres mejor! Entonces será evidente que se trata de un absurdo y nos soltarán a todos.

Justo lo que buscan los Órganos! La conciencia del comunista ortodoxo coincide de manera natural con los objetivos del NKVD, que necesita precisamente un amplio abanico de nombres, una minuciosa enumeración. Es un marchamo de calidad para su trabajo, más sogas para otros tantos pescuezos. «¡Cómplices! ¡Cómplices! ¡Correligionarios!», exigen insistentemente a todos los arrestados. (Dicen que R. Rálov señaló como cómplice al cardenal Richelieu, constó en el acta, y hasta su interrogatorio de rehabilitación en 1956 nadie se mostró sorprendido.)

Y ya que hablamos de comunistas ortodoxos, digamos que para una purga como aquélla era preciso un Stalin, pero que también se necesitaba un partido como aquél: la mayoría de los que estaban en el poder encarcelaban de manera implacable a otros hasta que ellos mismos eran arrestados, liquidaban obedientemente a sus semejantes siguiendo esas mismas normativas y llevaban al patíbulo a cualquier amigo o camarada de ayer. Y todos los bolcheviques destacados que ahora reverencian como a mártires, tuvieron también ocasión de ser los verdugos de otros bolcheviques (eso sin contar que antes unos y otros habían sido verdugos de los no militantes). Quizás el año 1937 haya servido para demostrar lo poco que valía toda su concepción del mundo, de la que tanto alardeaban cuando pusieron Rusia patas arriba, cuando destruyeron sus baluartes y pisotearon sus lugares sagrados, una Rusia, por otra parte, en la que ellos nunca se habían visto amenazados por semejante castigo. Las víctimas de los bolcheviques desde 1918 a 1936 nunca fueron tan pusilánimes como los líderes bolcheviques cuando la tempestad cayó sobre ellos. Si se examina en detalle toda la historia de los encarcelamientos y procesos de 1936-1938, se siente repugnancia no sólo por Stalin y sus adláteres, sino también por la repulsiva mezquindad de los acusados, asco por su bajeza espiritual después de tanta soberbia e intransigencia.

¿...Y cómo? ¿Cómo puedes resistir? ¿Cómo puedes resistir tú, que sientes el dolor, que eres débil, que mantienes afectos, que estás desprevenido?

¿Qué se necesita para ser más fuerte que el juez, que todo este cepo?

Debes ingresar en la cárcel sin dejar que te agite la vida cómoda que dejas atrás. En el umbral tienes que decirte a ti mismo: la vida ha terminado, un poco pronto, pero no hay nada que hacer. Nunca más volveré a la libertad. Estoy condenado a desaparecer, ahora o un poco más tarde, pero más tarde será más penoso, es mejor que sea antes. Ya no tengo bienes. Mis familiares han muerto para mí y yo para ellos. A partir de hoy, mi cuerpo me resulta inútil, es un cuerpo ajeno. Mi espíritu y mi conciencia son lo único que aprecio y que me importa.

¡Ante un detenido así, la instrucción sumarial se tambalea!

¡Sólo triunfará aquel que haya renunciado a todo!

¿Pero cómo hacer de tu cuerpo una piedra?

A los hombres del círculo de Berdiáyev los convirtieron en marionetas del tribunal, pero con él no lo consiguieron. Quisieron meterlo en un proceso, lo detuvieron dos veces, lo llevaron (en 1922) a un interrogatorio nocturno ante Dzerzhinski, allí estaba también Kámenev (o sea, que tampoco le resultaba extraña la labor ideológica por medio de la Cheká). Pero Berdiáyev no se rebajó, no imploró, sino que les expuso con firmeza los principios religiosos y morales que le impedían aceptar el régimen implantado en Rusia. Y no sólo tuvieron que renunciar a utilizarlo en un juicio, sino que lo pusieron en libertad. ¡Era un hombre con opiniones propias!

N. Stoliarova recuerda a su vecina de catre en Butyrki, en 1937, una anciana. La interrogaban cada noche. Dos años antes había pernoctado en su casa de Moscú un ex metropolita que estaba de paso tras haberse fugado del destierro. «¡Mejor dicho, no era ningún "ex", sino que seguía siendo metropolita de verdad! Cierto, tuve el honor de recibirlo en mi casa.» «Muy bien. ¿Y después de Moscú, en casa de quién estuvo?» «Lo sé, ¡pero no lo diré!» (A través de una cadena de creyentes, el metropolita huyó a Finlandia.) Los jueces iban turnándose e incluso se reunían en grupo, sacudían el puño ante el rostro de la anciana y ella les decía: «No vais a poder sacarme nada, aunque me cortéis a pedacitos. Porque tenéis miedo de vuestros superiores, tenéis miedo unos de otros y hasta tenéis miedo de matarme ("perderían un eslabón de la cadena"). ¡Pero yo no tengo miedo de nada! ¡Estoy preparada para presentarme ante el Señor aunque sea ahora mismo!».

Los hubo, sí, hubo personas así en 1937, gentes que no volvieron del interrogatorio a recoger el hatillo que habían dejado en la celda. Hubo quienes prefirieron la muerte que firmar contra alguien.

No cabe decir que la historia de los revolucionarios rusos haya ofrecido los mejores ejemplos de firmeza. Pero es que tampoco hay punto de comparación, porque nuestros revolucionarios jamás se las vieron con una verdadera instrucción bien hecha, con cincuenta y dos procedimientos distintos.

Sheshkovski no torturó a Radíschev. Y Radíschev sabía perfectamente, dadas las costumbres de la época, que sus hijos continuarían sirviendo como oficiales de la Guardia, y que nadie les arruinaría la vida. Ni nadie confiscaría la hacienda solariega de Radíschev. Pese a todo esto, en una breve instrucción de dos semanas, este hombre ilustre abjuró de sus convicciones, de su libro y pidió clemencia.

Nicolás I no fue tan bárbaro como para detener a las esposas de los decembristas, obligarlas a gritar en el despacho contiguo, ni someter a tortura a los propios decembristas.  

Tampoco tuvo necesidad de ello. La investigación del caso se llevó a cabo con entera libertad y hasta les permitieron estudiar previamente las preguntas en sus calabozos. Ningún decembrista mencionó más tarde que se hubiera dado una interpretación poco escrupulosa de sus respuestas. No se pidieron cuentas «a los que sabían de la preparación del motín y no lo habían denunciado». Con mayor razón, no cayó ni una sombra sobre los parientes de los acusados (se promulgó un manifiesto especial al respecto). Y como es natural, indultaron a todos los soldados que se vieron envueltos en el motín. Incluso el propio Ryléyev «respondió con detalle, con sinceridad, sin ocultar nada». Hasta Péstel se escindió del grupo y dio los nombres de los compañeros (aún en libertad) a quienes había encargado enterrar La Verdad Rusa, e indicó el lugar. Pocos fueron los que, como Lunin, brillaron por su irreverencia y su desdén por la comisión instructora. La mayoría se comportaron penosamente, se enredaron unos a otros, ¡y muchos pidieron clemencia de un modo humillante! Zavalishin culpó de todo a Ryíéyev. E.P. Obolenski y S.P. Tubetskói se apresuraron a señalar a Griboyédov, cosa que ni siquiera Nicolás I creyó.

En su Confesión, Bakunin se escupió vilmente a sí mismo ante Nicolás I y evitó con ello la pena de muerte. ¿Un espíritu mezquino? ¿Un revolucionario astuto?

Uno creería que quienes se propusieron asesinar a Alejandro II habían de ser unos titanes de la abnegación, ¿verdad? ¡Sabían a lo que se exponían! Mas he aquí que Grinevitski compartió la suerte del zar mientras que Rysakov había quedado con vida pero caía en manos de los jueces de instrucción. Y aquel mismo día cantó todos los pisos clandestinos y los participantes en el complot. ¡Temiendo por su joven vida, se apresuró a comunicar al gobierno más datos de los que podían suponer que poseyera! Se ahogaba de arrepentimiento y se ofrecía a «desenmascarar todos los secretos de los anarquistas».

A finales del siglo pasado y principios de éste, un oficial de gendarmes retiraba inmediatamente su pregunta si el procesado consideraba que era improcedente o violaba su intimidad. En 1938, en la prisión de Las Cruces, azotaron con baquetas de fusil al veterano presidiario político Zelenski despues de haberle bajado los pantalones como si fuera un crío. De vuelta en la celda, Zelenski se echó a llorar: «¡Un juez zarista ni siquiera se habría atrevido a tutearme!». O este otro, por ejemplo, una investigación actual (43) demuestra que los gendarmes se apoderaron del manuscrito del artículo de Lenin «¿En qué piensan nuestros ministros?», pero no fueron capaces de dar con el autor a partir del mismo:

«En el interrogatorio de Vanéyev (un estudiante), los gendarmes se enteraron de muy poco, como era de esperar (tanto aquí como en adelante, la cursiva es mía - A.S.). Les comunicó únicamente que los manuscritos hallados en su casa se los había dado para que los guardara unos días antes del registro, en un solo sobre, una persona que no deseaba nombrar. Al juez no le quedó más recurso (¿Cómo? ¿Y el agua helada hasta el tobillo? ¿Y la lavativa salada? ¿Y la porra de Riumin?) que someter el manuscrito a examen pericial». Y no encontraron nada. Al parecer, en cuestión de campos penitenciarios, Peresvétov también había tenido lo suyo, por lo que no le hubiera resultado difícil enumerar qué otros recursos le quedaban a un juez de instrucción si tuviera ante él al depositario del artículo «¿En qué piensan nuestros ministros?».

Como recuerda S.P. Melgunov: «Aquélla era una prisión zarista, una cárcel de bendita memoria que los presos políticos acaso recuerden ahora con alegría». (44)

Nos encontramos ante concepciones que se han visto trocadas, se trata de escalas muy diferentes. Del mismo modo que los carreteros de la época anterior a Gógol no podrían concebir la velocidad de un avión de reacción, tampoco quien no haya pasado por la picadora de carne del Gulag puede imaginarse las verdaderas posibilidades de una instrucción sumarial.

En el periódico Izvéstia del 24 de mayo de 1959 leemos: A Yulia Rumiántseva la llevaron a la cárcel interna de un campo de concentración nazi para averiguar dónde estaba su marido, evadido de ese mismo campo. Ella lo sabía, ¡pero se negó a responder! El lector no avezado verá en esto un modelo de heroísmo, pero el lector con un amargo pasado en el Gulag verá una torpeza modélica por parte del juez de instrucción. Yulia no murió torturada, no fue empujada a la locura, ¡simplemente, un mes después la soltaron vivita y coleando!

 

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Todas estas ideas sobre la necesidad de ser de piedra me eran totalmente desconocidas en aquella época. Hasta tal punto carecía de preparación para romper mis cálidos lazos con el mundo, que durante mucho tiempo estuvieron quemándome por dentro los centenares de lápices Faber, mi trofeo de guerra, que me quitaron al detenerme. Cuando desde la perspectiva que da la cárcel repasaba la instrucción de mi sumario, no encontraba motivos para sentirme orgulloso. No hay duda de que podría haberme mostrado más firme, y probablemente habérmelas compuesto con más ingenio. La ofuscación mental y la desmoralización se adueñaron de mí en las primeras semanas. Y si estos recuerdos no me remuerden la conciencia es sólo porque, gracias a Dios, no llegué a enviar a otros a la cárcel. Pero poco faltó.

Nuestra caída en la cárcel (la mía y la de Nikolái Vitkévich, encausado conmigo) nos la buscamos como crios, aunque éramos ya oficiales del frente. Durante la guerra mantuvimos correspondencia desde dos sectores del frente, y no supimos abstenernos, pese a la censura militar, de expresar en nuestras cartas, sin disimularlo apenas, nuestra indignación y blasfemias políticas contra el Sabio de los Sabios, transparentemente codificado por nosotros como el Pachá, (T51) en vez de Padre. (Cuando después, en las cárceles, hablaba de mi expediente, nuestra ingenuidad no hacía sino provocar risa y asombro. Me decían que era imposible encontrar a nadie más zopenco. Y yo también me convencí de ello.) De pronto, al leer un estudio sobre la causa de Alexandr Uliánov, me enteré de que los habían cogido por lo mismo, por una imprudente correspondencia, y que sólo esto salvó la vida de Alejandro III el 1 de marzo de 1887.

Andréyushkin, un miembro del grupo, envió a un amigo de Jarkov esta sincera carta: «Creo firmemente que habrá el terror más implacable [en nuestro país], e incluso en un futuro no muy lejano...  El terror rojo es mi pasión... Me preocupa mi destinatario (¡No era la primera de esas cartas que escribía! - A.S.)... si a él le ocurriera lo que yo me creo, también a mí podría ocurrirme, lo que no sería deseable, pues conmigo arrastraría a mucha gente de valía». En Jarkov, la búsqueda para averiguar quién había escrito esa carta sellada en Petersburgo se hizo sin prisa alguna y se prolongó cinco semanas. El nombre de Andréyushkin no fue descubierto hasta el 28 de febrero, ¡y el 1 de marzo, los terroristas, provistos ya de sus bombas, fueron detenidos en la avenida Nevski justo antes del momento previsto para el atentado!

El despacho de mi juez de instrucción, 1.1. Yézepov era alto de techo, espacioso y claro, con un grandísimo ventanal (el edificio de la compañía de seguros Rossía no se había construido para torturar). Aprovechando la generosa altura del techo (cinco metros), se había colgado un cuadro vertical de cuatro metros con el retrato de cuerpo entero del poderoso Soberano al que yo, un granito de arena, había hecho objeto de mi odio. A veces, el juez se ponía de pie ante él y juraba histriónicamente: «¡Estamos dispuestos a dar la vida por él! ¡Somos capaces de echarnos bajo los tanques por él!». Ante este retrato, de una majestad casi sacramental, mi balbuceo sobre no sé qué de purificar el leninismo debía de parecer patético, y yo, sacrilego blasfemo, no era digno sino de la muerte.

El contenido de nuestras cartas constituía por sí solo, en aquella época, materia suficiente para condenarnos a ambos; desde el momento en que dichas cartas habían empezado a llegar a la mesa de los agentes operativos encargados de la censura, el destino de Vitkévich y el mío estaba decidido, y si nos habían dejado que siguiéramos en el frente era para que aportáramos alguna utilidad. Pero esto no era lo más grave: hacía un año que cada uno de nosotros llevaba — siempre encima, en el portamapas, para que pasara lo que pasara se conservara una copia si uno de nosotros sobrevivía — un ejemplar de la «Resolución n° 1» que habíamos redactado durante uno de nuestros encuentros en el frente. Esta «Resolución» era una densa y enérgica crítica de todos los sistemas de engaño y opresión en nuestro país, y luego, como todo programa político que se precie, describía en líneas generales un plan para la reforma de la vida pública, que concluía con la frase: «La consecución de todos estos objetivos es imposible sin la existencia de una organización». Incluso sin que el juez de instrucción lo tergiversara, era el documento fundacional de un nuevo partido. A eso se añadían ciertas frases de nuestra correspondencia sobre cómo después de la victoria íbamos a hacer «una guerra después de la guerra». Por eso, mi juez no necesitaba inventar nada sobre mí, y sólo tuvo que preocuparse de echar el lazo a todos aquellos a los que yo había escrito algún día, o que me habían escrito a mí, así como de averiguar si en nuestro grupo de jóvenes había algún instigador de más edad. En mis cartas a los chicos y chicas de mi quinta yo había manifestado ideas sediciosas con una audacia que rayaba en la fanfarronería, ¡y mis amigos, no se sabe por qué, continuaban manteniendo correspondencia conmigo! Y también en sus cartas de contestación aparecían expresiones sospechosas. (45) Ahora Yézepov, como un Porfiri Petróvich, exigía de mí una explicación coherente. Si hablábamos así en unas cartas que pasaban por la censura militar, ¿que no diríamos cuando estábamos a solas? No podía pretender que se creyera que sólo manteníamos este tono agresivo en las cartas. Y he aquí que ahora, con la mente embotada, tenía que hilvanar algo muy verosímil sobre mis encuentros con los amigos (en la correspondencia se hablaba de reuniones) para que coincidieran con el tono de las cartas, y a la vez no rebasaran el límite de lo que se consideraba política para caer de pies en el Código Penal. Además, era preciso que estas explicaciones brotaran de mis labios como una exhalación y convencieran a un juez que ya había oído de todo, de que yo era un simplón muy poquita cosa y sincero de la cabeza, a los pies. Y que — lo más importante — mi perezoso juez no se sintiera tentado a examinar la dichosa carga que había traído en mi dichosa maleta: cuatro cuadernos de notas, junto con mi diario de guerra, escritos con lápiz pálido y firme, haciendo una letra minúscula como las cabezas de alfiler, y que empezaba a borrarse en algunas partes. Ese diario representaba mi ambición de llegar a ser escritor. No creía en la fuerza de nuestra asombrosa memoria, y mientras duró la guerra procuré anotar todo cuanto veía (aunque esto no era lo más grave) y todo cuanto oía decir a la gente. De manera temeraria, había reproducido relatos enteros de mis compañeros de regimiento sobre la colectivización, el hambre en Ucrania, el año 1937, y con la escrupulosidad de quien nunca se había pillado los dedos con el NKVD, indicaba diáfanamente los nombres de quienes me habían contado todo aquello. Desde el momento del arresto, desde que estos diarios habían sido arrojados en mi maleta por los agentes operativos y precintados con lacre, desde que se me devolvió la maleta para llevarla yo mismo a Moscú, unas pinzas candentes me atenazaban el corazón. Y todos estos relatos, tan naturales en primera línea, ante la faz de la muerte, se encontraban ahora a los pies de un Stalin de cuatro metros, olían a húmeda cárcel para mis compañeros de armas, puros, valerosos y rebeldes.

Estos diarios eran mi principal lastre durante la instrucción del sumario. Y con tal de evitar que mi juez de instrucción se obcecara y hasta sudara con ellos para dar con un filón como era la libre cofradía del frente, me arrepentí de todo cuanto fuera preciso y reconocí tantos errores políticos como fueran necesarios. Me mantuve, aunque agotado, en el filo de la navaja hasta que vi que no traían a nadie para un careo; hasta que aparecieron claros indicios de que la instrucción tocaba a su fin; hasta que, al cuarto mes, todos los cuadernos de mi «diario de guerra» fueron arrojados a las fauces infernales de la estufa de la Lubianka, hasta que no se retorcieron las rojas virutas de otra novela más asesinada en Rusia, y hasta que convertidos en negras mariposas de hollín salieron volando por la chimenea más alta.

Bajo esa misma chimenea paseábamos nosotros, en un cajón de cemento, en la azotea de la Gran Lubianka, al nivel del quinto piso. Y del sexto piso aún subían unos muros, hasta una altura de tres personas. Nuestros oídos palpaban un Moscú en el que los automóviles mantenían conversaciones a bocinazos. Pero lo que es ver, sólo veíamos la chimenea, un centinela en la garita del piso sexto, y el infeliz pedazo de cielo de Dios al que le había tocado en suerte colgar sobre la Lubianka.

¡Ay, el hollín! Durante aquel primer mes de mayo la posguerra no cesaba de caer.

Veíamos tanto en cada paseo, que entre nosotros llegamos a imaginar que la Lubianka estaba acaso quemando veintisiete años de archivos. Mi «diario de guerra» asesinado era solamente una efímera nube en medio de aquel hollín. Y me acordaba de una fría pero soleada mañana de marzo en la que estaba ante el juez de instrucción. Como de costumbre, formulaba preguntas groseras y al anotar las respuestas tergiversaba mis palabras. El sol jugaba sobre las filigranas, ya medio derretidas, que el hielo había formado en el espacioso ventanal, un ventanal por el que a veces sentía grandes impulsos de arrojarme, para así por lo menos aparecer como un destello sobre Moscú y despanzurrarme desde el quinto piso contra el pavimento, del mismo modo que — siendo yo niño — hiciera un desconocido precursor en Rostov del Don (que había saltado de la casa número «Treinta y tres»). Por los trozos deshelados del cristal podían verse los tejados de Moscú y, sobre ellos, alegres columnas de humo. Pero yo no miraba hacia allí sino hacia el montón de hojas manuscritas que ocupaba todo el centro de aquel despacho medio vacío, de treinta metros cuadrados, un montón que acababan de descargar y que aún no habían clasificado. Cuadernos, carpetas, encuademaciones caseras, fajos cosidos o sin coser y simples hojas sueltas se apilaban como un túmulo sobre la tumba del espíritu humano. Su punta cónica superaba en altura el escritorio del juez y casi me ocultaba su figura. Sentí compasión fraternal por las cuitas de aquel desconocido al que habían detenido la noche anterior. El botín del registro lo habían apilado de madrugada sobre el parquet del despacho de las torturas, a los pies del Stalin de cuatro metros. Desde mi asiento intentaba adivinar: ¿Qué vida singular habrían traído aquella noche al martirio, al descuartizamiento y a la hoguera?

¡Cuántas ideas y trabajos habían perecido en aquel edificio!

¡Toda una civilización! ¡Ay, el hollín, el hollín de las chimeneas de la Lubianka! ¡Lo que más siento es que nuestros descendientes tendrán a nuestra generación por más estúpida, más falta de talento y más muda de lo que fue!

 

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Para trazar una recta basta con señalar dos puntos.

En 1920 como recuerda Ehrenburg, la Cheká le planteó así la cuestión: «Demuestre usted que no es un agente de Wrangel».

En 1950, uno de los más destacados coroneles del MGB, Fomá Fomich Zhelézov declaraba a los presos: «No vamos a perder el tiempo en demostrar su culpabilidad (de un acusado). Que sea él quien nos demuestre a nosotros que no tenía intenciones hostiles».

En esta recta, trazada por la tosca mano de un caníbal, se alinean las incontables memorias de millones de personas.

¡Qué simplificación y aceleración de la instrucción sumarial, desconocidas por la Humanidad hasta entonces! ¡Los Órganos se habían sacado de encima el engorro de hallar pruebas! ¡El borrego atrapado, tembloroso y pálido, sin derecho a escribir a nadie, a telefonear a nadie, a traer nada consigo, privado de sueño, de comida, de papel, de lápiz e incluso de botones, sentado en un simple taburete en un rincón del despacho, debía buscar y exponer al haragán del juez instructor pruebas de que no tenía intenciones hostiles! ¡Y si no las encontraba (¿de dónde podría sacarlas?) aportaba con ello al sumario pruebas aproximadas de su culpabilidad!

Conocí el caso de un anciano que había sido prisionero de los alemanes y que consiguió, pese a todo — sentado en la desnuda banqueta y extendiendo sus manos vacías —, demostrar al monstruo del juez que no había traicionado a la patria y que ni siquiera había albergado semejante intención. ¡Fue un caso de escándalo! ¿Y lo pusieron en libertad? ¡Faltaría más! Lo supe por él en la cárcel de Butyrki, no en un concurrido bulevar de Moscú. Al juez principal se le unió entonces un segundo juez de instrucción, pasaron con el viejo una apacible noche de recuerdos, y luego firmaron entre los dos una declaración como testigos afirmando que aquella noche ese anciano — muerto de hambre y de sueño — les había hecho propaganda antisoviética. ¡Nada de lo que había dicho, sin malicia, cayó en saco roto! Pusieron al viejo en manos de un tercer juez. Éste le retiró los falsos cargos por traición a la patria, pero, con toda diligencia, le impuso los mismos diez años, esta vez por propaganda antisoviética durante la instrucción.

Desde el momento en que, para los jueces, dejó de ser búsqueda de la verdad, la instrucción del sumario se convirtió, en los casos difíciles, en una labor de verdugo y, en los fáciles, en un simple pasatiempo que justificaba el sueldo que cobraban.

Casos fáciles los hubo siempre, incluso en el tristemente famoso año 1937. Por ejemplo, a Borodko se le acusó de que, dieciséis años antes, había estado de visita familiar en Polonia sin sacarse un pasaporte para el extranjero (sus padres vivían a diez verstas, pero los diplomáticos habían acordado ceder aquella parte de Bielorrusia a Polonia y, en 1921, la gente, que todavía no se había acostumbrado, continuaba yendo y viniendo como antes). La instrucción la despacharon en media hora: «¿Fuiste?». «Sí.» «¿Cómo?» «A caballo.» «Pues hala, diez años por KRD (Actividades Contrarrevolucionarias).»

Pero tanta rapidez tenía resabios de estajanovismo y no encontró seguidores entre los de la gorra azul. La ley de enjuiciamiento criminal disponía que la instrucción durara dos meses, y en caso de dificultades permitía pedir al fiscal uno o varios aplazamientos de un mes (y los jueces, naturalmente, no los denegaban). Por tanto, sólo un idiota gastaría la salud sin aprovechar esas prórrogas o, como dicen en las fabricas, hinchándose él mismo las normas de productividad. Después de trabajar, con la garganta y los puños, en la primera «semana de choque» de cada instrucción, después de minar la voluntad y el carácter (según palabras de Vyshinski), los jueces procuraban darle largas al sumario a partir de ese momento, de modo que hubiera el mayor número posible de causas antiguas y tranquilas, y el menor número de nuevas. Se consideraba simplemente de mal tono tener listo un sumario político en dos meses.

El sistema estatal se castigaba a sí mismo por su desconfianza y su inflexibilidad. Ni siquiera confiaba en sus más altos cuadros: seguramente los obligaba a fichar tanto a la entrada como a la salida, y desde luego fichar también a los presos llamados a instrucción, a efectos de control. ¿Qué otra cosa podían hacer los jueces para justificar las horas trabajadas? Pues llamar a alguno de sus acusados, sentarlo en el rincón, hacerle alguna pregunta aterradora, olvidarse de ella, pasarse un buen rato leyendo el periódico, hacerse un esquema para la clase de instrucción política, escribir cartas particulares, irse a visitar unos a otros (dejando de guardia en su lugar a un celador). Charlando pacíficamente en el sofá con el amigo visitante, el juez volvía de cuando en cuando a la realidad, miraba de forma amenazadora al acusado y decía:

— ¡Canalla! ¡Ahí lo tienes, un canalla como pocos! ¡No nos sabrá mal gastar nueve gramos con él!

Mi juez de instrucción, además, utilizaba profusamente el teléfono. Por ejemplo, llamaba a su casa y, echándome furibundas miradas, le decía a su mujer que aquella noche se la pasaría interrogando, de modo que no le esperara antes del amanecer (se me caía el alma a los pies: ¡había para toda la noche!). Pero acto seguido marcaba el número de su amante y con voz zalamera quedaba con ella para pasar la noche en su casa. («¡Menos mal, dormiremos!», se aliviaba mi corazón.)

Así pues, sólo los pecados de sus servidores hacían más llevadero aquel sistema impecable.

Había jueces de instrucción, con más inquietudes, que aprovechaban aquellos interrogatorios «vacíos» para ampliar su experiencia de la vida: hacían muchas preguntas acerca del frente (y de esos mismos tanques alemanes bajo los cuales no se echaban por falta de tiempo); sobre las costumbres de los países europeos y de ultramar en que el acusado hubiera estado; sobre las tiendas y mercancías que había allí; y en especial, sobre el funcionamiento de los burdeles extranjeros e historias de faldas.

Según la ley de enjuiciamiento criminal el fiscal velaba sin desmayo por la marcha correcta de la instrucción de cada sumario. Sin embargo, en mis tiempos nadie veía a este personaje hasta que llegaba el denominado «interrogatorio ante el riscal», es decir, cuando la instrucción tocaba a su fin. También a mí me sometieron a dicho interrogatorio.

El teniente coronel Kótov, un rubio impersonal y tranquilo, entrado en carnes, sin pizca de maldad ni de bondad, ni de ninguna otra cosa, examinaba entre bostezos, sentado a su mesa, por primera vez la carpeta con mi caso. Durante quince minutos continuó leyendo en silencio delante de mí (puesto que este interrogatorio era absolutamente inexcusable y su duración quedaba registrada, no tenía sentido hojear la carpeta en otro momento, fuera del horario controlado, ni tampoco retener en la memoria los detalles unas cuantas horas). Creo que no encontró nada coherente. Luego posó en la pared su indiferente mirada y preguntó con desgana qué tenía que añadir a mis declaraciones.

Habría debido preguntarme si tenía algo que decir sobre el curso de la instrucción, si se había coaccionado mi voluntad y quebrantado la ley, pero hacía ya mucho tiempo que los fiscales no formulaban estas preguntas. ¿Y si las hubieran formulado? En realidad, todo aquel edificio del Ministerio, con sus miles de habitaciones, así como las cinco mil dependencias judiciales, vagones, cuevas y sótanos de instrucción desparramados por toda la Unión Soviética, sólo vivían de la infracción de la ley, y ni él ni yo podíamos ponerle remedio. Además, todos los fiscales de cierta categoría debían su cargo al beneplácito de una Seguridad del Estado a la que... debían controlar.

Su indolencia y placidez, así como el cansancio que le producían estas interminables y estúpidas causas, se me habían pegado también a mí no sé bien cómo. Y no planteé preguntas sobre la verdad de todo aquello, sino tan sólo que se corrigiera un absurdo: los acusados éramos dos, pero la instrucción se hacía por separado (a mí en Moscú; a mi amigo, en el frente), de modo que yo figuraba solo en la causa, pero se me acusaba por el punto 11, es decir, como grupo. No me faltaba razón para pedirle que eliminara esa referencia al punto 11.

Se estuvo cinco minutos más hojeando el expediente y, como es natural, no encontró en él ninguna organización, pero pese a todo suspiró, hizo un gesto de impotencia con los brazos y dijo:

— ¿Qué quiere que le diga? Un hombre es un hombre, pero dos ya son gente.

Y pulsó el timbre para que se me llevaran.

Poco después, a una hora avanzada de la tarde de finales de mayo, mi juez de instrucción me llamó a ese mismo despacho del fiscal — donde sobre el mármol de la chimenea había un reloj de bronce con figuras labradas —, para el «doscientos seis». Así se llamaba, según el correspondiente artículo de la LEC, el procedimiento del expediente por parte del acusado y su firma final. Sin dudar ni un momento que obtendría mi firma, el juez se había sentado ya a redactar las conclusiones de la acusación.

Tan sólo abrir la abultada carpeta pude ver en la parte interior de la tapa un texto impreso que me dejó de piedra: durante la instrucción yo tenía derecho a presentar quejas por escrito si se habían producido irregularidades, ¡y el juez tenía la obligación de ir grapando cronológicamente todas estas quejas mías en el sumario! ¡Durante la instrucción! Pero no cuando ésta ya había terminado...

Ay, este derecho no lo conocía ni uno solo de los miles de presos con los que más tarde habría de compartir celda.

Seguí pasando hojas. Vi copias fotográficas de mis cartas junto con la interpretación totalmente aberrante que de su sentido habían dado unos comentaristas desconocidos (como un tal capitán Libin). Vi también la hiperbólica mentira con la que el capitán Yézepov había arropado mis prudentes declaraciones.

— No estoy de acuerdo. Han llevado ustedes la instrucción de manera irregular — dije sin mucha convicción.

— ¡Muy bien, pues, volvamos a empezar desde el principio! — respondió apretando los labios con una mueca siniestra—, Te vamos a largar al sitio donde tenemos a los Polizei .

E incluso hizo ademán de adelantar la mano para quitarme el «sumario» (lo retuve inmediatamente con el dedo).

Tras las ventanas de la cuarta planta de la Lubianka, brillaba el sol dorado del crepúsculo. En alguna parte era ya el mes de mayo. Pero las ventanas del despacho, como todas las ventanas exteriores del Ministerio, estaban cerradas a cal y canto. Aunque ya había pasado el invierno no habían despegado los burletes de papel, para que no irrumpiera en aquellas estancias escondidas el aire fresco y primaveral. El reloj de bronce de la chimenea, del que se había retirado el último rayo de sol, resonó quedamente.

¿Desde el principio? Me parecía más llevadera la muerte que empezar todo aquello de nuevo. Pese a todo, aún tenía algún tipo de vida por delante. (¡Si hubiera sabido qué vida!) Y además, estaba aquello del lugar donde encerraban a los Polizei. No convenía irritarlo, de ello dependía el tono con que redactaría el auto de procesamiento.

Y firmé. Firmé admitiendo también lo del punto 11 (pues el texto de nuestra «Resolución» me acusaba en esa dirección). No conocía entonces su verdadero peso, sólo me indicaron que no alargaba la pena. Por culpa del punto 11 fui a parar a un campo de trabajos forzados. Por culpa del punto 11 fui desterrado a perpetuidad después de que me hubieran puesto en libertad, sin que hiciera falta un nuevo juicio.

Quizás haya sido mejor así. Sin lo uno ni lo otro no hubiera podido escribir este libro...

Mi juez de instrucción no me aplicó más procedimiento que el del insomnio, la mentira y la intimidación, métodos completamente legales. Por eso no necesitó — como hacen otros jueces más bribones que quieren guardarse las espaldas — hacerme firmar también, según el 206, el compromiso de no divulgación: yo, Fulano de Tal y Tal, quedo obligado bajo pena de castigo penal (no se sabe por qué artículo) a no revelar los métodos que se utilizaron en la instrucción del sumario.

En algunos centros regionales del NKVD, esta medida se aplicaba en serie: el impreso de no divulgación se presentaba a la firma del acusado junto con la sentencia de la Comisión Especial. (Y más tarde, al ser puesto en libertad, firmabas que no ibas a hablar con nadie sobre el funcionamiento de los campos.) ¿Cómo podría ser? Pues porque nuestro hábito de sumisión, nuestro espinazo encorvado (o roto), no nos permitían sino acatar esta forma bandidesca de borrar las huellas. Ni tampoco indignarnos.

Hemos perdido la medida de la libertad. No tenemos forma de saber dónde empieza ni dónde termina. Nos exigen firmas, firmas y más firmas, tantas como quieran, en un interminable compromiso de no divulgación.

Ya no estamos seguros de si tenemos o no derecho a contar nuestra propia vida.

 

 

4. Los ribetes azules  (T52)

Quien atraviesa este tren de laminado, quien pasa entre las muelas del Gran Establecimiento Nocturno — donde se trituran las almas y la carne pende como jirones a un pordiosero — sufre demasiado, está demasiado sumido en el propio dolor para mirar, con ojos penetrantes y proféticos, a los pálidos verdugos que le están dando tormento. De no haber sido por ese sufrimiento que nos rebosaba hasta nublar la vista, ¡menudos cronistas habrían tenido nuestros torturadores! Porque, lo que es a ellos, nunca se les va a ocurrir hablar de sí mismos contando la verdad. Mas, por desgracia, aunque todo ex preso recuerda detalladamente la instrucción de su sumario, cómo lo coaccionaban y qué inmundicias le sacaron, es frecuente que del juez no recuerde ni siquiera el apellido, y si no se acuerda ni de eso, ¿cómo pretender que se hubiera detenido a estudiarlo como persona? Yo mismo, por ejemplo, puedo recordar más cosas y cosas más interesantes de cualquier compañero de celda que del capitán de la Seguridad del Estado Yézepov, ante el cual tantas veces estuve sentado a solas en su despacho.

Sin embargo, todos compartimos un recuerdo, único y fiel a la realidad: era un pudridero, un espacio completamente infectado de podredumbre. Pasadas unas décadas, sin ningún rescoldo ya de rencor o de rabia, con el corazón reposado, conservamos esta firme impresión: eran hombres malvados, indignos, indecorosos, y, tal vez, descarriados.

Conocida es la ocasión en que Alejandro II — un zar fustigado por los revolucionarios, a quien por siete veces intentaron dar muerte — visitó la prisión preventiva de la calle Shpalérnaya (tía de la Casa Grande) y mandó que lo encerraran en el calabozo 227, donde permaneció más de una hora. Quería comprender qué pasaba por la cabeza de aquellos a quienes tenía allí encerrados.

No se puede negar que, partiendo del monarca, se trataba de un gesto moral, de una necesidad e intento de ver la cuestión desde un punto de vista espiritual.

Pero sería imposible imaginar a ninguno de nuestros jueces de instrucción, desde Abakúmov hasta el mismo Beria, deseando, aunque sólo fuera por una hora, meterse en la piel de un preso, encerrarse y reflexionar en solitario.

Su cargo no les exige ser personas instruidas, de amplia cultura y espíritu abierto, y no lo son. No se les exige pensar de forma lógica, y no lo hacen. Su cargo sólo exige que cumplan minuciosamente el reglamento y que sean insensibles al sufrimiento ajeno. Eso sí saben hacerlo. Quienes hemos pasado por sus manos nos sofocamos sólo de pensar en ese colectivo, carente hasta tal punto de nociones comunes a todo el género humano, que está en los mismos cueros.

Si podía haber alguien capaz de ver claro que las causas se exageraban, ése era precisamente el juez de instrucción. Salvo en las reuniones de trabajo, no puede ser que los jueces dijeran en serio, entre sí y para sí mismos, que estaban desenmascarando criminales. Y pese a ello, folio a folio, iban llenando sumarios para que nos pudriéramos en los campos. Es, ni más ni menos, la ley de los bajos fondos: «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!».

Eran conscientes de que las causas se exageraban y sin embargo seguían con ello, año tras año. ¿Cómo se explica? O bien renunciaban a pensar (con lo cual dejaban de ser personas), o bien simplemente aceptaban que así debía ser, que quien les redactaba las instrucciones no podía equivocarse.

Pero, si no me falla la memoria, los nazis también usaban esta argumentación.

Es imposible evitar la comparación entre la Gestapo y el MGB: hay demasiadas coincidencias, tanto en los años como en los métodos. Más natural aún es que las comparen quienes han pasado por la Gestapo y por el MGB, como Yevgueni Ivánovich Dívnich, un emigrado. La Gestapo lo acusó de actividades comunistas entre los obreros rusos de Alemania; el MGB de contactos con la burguesía mundial. Tras comparar, Dívnich saca una conclusión desfavorable para el MGB: aunque en ambas partes torturaban, la Gestapo buscaba la verdad y, cuando la acusación quedó refutada, soltaron a Dívnich. El MGB no buscaba la verdad y cuando agarraba a uno no estaba dispuesto a soltarlo de sus garras.

O puede que actuaran movidos por la Doctrina Progresista, por una ideología sólida como el granito. En el siniestro Orotukán (Comando Disciplinario de Kolymá, en 1938), el juez de instrucción, conmovido por la facilidad con que M. Lurié — director del complejo industrial de Krivói Rog — había accedido a firmar el sumario para una segunda condena en los campos, aprovechó el rato que le sobraba para sincerarse: «¿Acaso crees que disfrutamos empleando medidas? (Una forma eufemística de llamar a la tortura.) Pero debemos hacer lo que nos exige el partido. Dime tú, que eres de los viejos militantes, ¿qué harías en nuestro lugar?».

Al parecer, Lurie estuvo a punto de darle la razón (si antes había firmado sin rechistar, quizá era porque ya pensaba así). Realmente eficaz.

De todos modos, lo más habitual era el cinismo. Los ribetes azules sabían cómo funcionaba la picadora de carne y les gustaba. En los campos de Dzhidá (1944), el juez Mironenko, enorgulleciéndose de la lógica de su razonamiento, le dijo a Babich, cuya suerte ya estaba decidida: «La instrucción y el juicio no son más que formas jurídicas que ya no pueden cambiar su destino, trazado de antemano. Si hay que fusilarle, aunque sea usted absolutamente inocente le fusilaremos de todos modos. Y si es necesario absolverle (aquí, por supuesto, se refería a los suyos - A.S.), por más culpa que tenga usted, quedará limpio y le absolveremos». El jefe de la primera Sección de Instrucción de la Seguridad del Estado en la región del Kazajstán occidental, Kushnariov, se lo dejó así de claro a Adolf Tsivilko: «¡Cómo te voy a soltar si eres de Leningrado!». (Es decir: un veterano del partido.)

«¡Quien tiene un hombre tiene una causa!», así bromeaban muchos de ellos, éste era el refrán del gremio. Lo que para nosotros era tortura, ellos lo llamaban trabajo bien hecho. La esposa del juez Nikolái Grabischenko (Canal del Volga) decía enternecida en el vecindario: «Mi Kolia es muy buen funcionario. Había uno que llevaba mucho tiempo negándose a confesar y se lo dejaron a Kolia. Kolia habló con él toda la noche y el hombre confesó».

¿Por qué se lanzaron todos con tanto celo a la caza, no de la verdad, sino de cifras de individuos filtrados por la máquina y condenados? Pues porque así era más cómodo , porque así no ibas a contracorriente de todos los demás. Porque estas cifras significaban una vida apacible, pagas extras, condecoraciones y ascensos, así como el crecimiento y prosperidad de los propios Órganos. Las cifras altas permitían también haraganear y hacer chapuzas, e irse de juerga por la noche (y vaya si lo hacían). En cambio, las cifras bajas conducían al despido y a la degradación, a la pérdida de su pesebre, pues Stalin jamás habría podido creer que en un determinado distrito, ciudad o unidad militar no hubiera enemigos.

Así se explica que no se despertara en ellos un sentimiento de compasión, sino de amor propio herido e irritación cuando los detenidos, tozudos y malintencionados, no querían convertirse en cifras, no cedían ni a la privación de sueño, ni al calabozo, ni al hambre. ¡Al negarse a confesar estaban minando la posición personal del juez de instrucción! ¡Era como si quisieran tumbarlo a él! Puestas así las cosas, cualquier medio era válido. ¡En la guerra como en la guerra! ¡Chupa esa manguera, toma agua salada!

Apartados, por el oficio y la vida que habían elegido, de la esfera superior de la existencia humana, los funcionarios de la Institución Azul poblaban, con tanta mayor plenitud y avidez, la esfera inferior. Y en ella vivían dominados y regidos por los más fuertes instintos (después del hambre y el sexo) de dicha esfera inferior: el poder y la codicia. (Sobre todo el poder. En nuestras décadas es más importante que el dinero.)

El poder es un veneno conocido desde hace milenios. ¡Ojalá nadie pudiera jamás tener poder material sobre los demás! Sin embargo, para el hombre que cree en algo superior a todos nosotros y que tiene por tanto conciencia de sus propias limitaciones, el poder no resulta mortífero. Por el contrario, para las personas sin esfera superior es un veneno letal. No pueden escapar a su contagio.

¿Recuerdan lo que dijo Tolstói sobre el poder? En razón de su cargo al servicio del Estado, Iván Ilich (T53) tenía la posibilidad ¡de causar la perdición de todo hombre que quisiera! Todos sin excepción estaban en sus manos. A cualquiera, aunque fuera la persona más importante, podían traerlo a su presencia en calidad de acusado. (¡Pero si es igual que nuestros azules! ¡Ya está todo dicho!) La conciencia de este poder («y la posibilidad de mostrarse clemente», precisa Tolstói, aunque esto ya no tiene nada que ver con nuestros bravos mozos) constituía para él el principal interés y el atractivo de su trabajo.

Atractivo es poco: ¡Embriaguez! Porque es para que se te suba a la cabeza: aún eres joven, digamos entre paréntesis que un mocoso, hasta hace muy poco tus padres estaban desesperados contigo, no sabían qué hacer de un tonto que no quiere estudiar, pero tres añitos en cierta academia, ¡y mira cómo has adelantado! ¡Cómo ha mejorado tu posición en la vida! ¡Cómo se han transformado tus movimientos y tu mirada, el porte con que vuelves la cabeza! Hay una reunión del consejo científico de un instituto, entras tú y todos se dan cuenta, hasta tiemblan; y no te acomodas en el sillón presidencial, no, que sude la camiseta el rector. Tú te sientas a un lado, pero todos saben que el personaje principal eres tú, el de la Sección Especial.

Puedes estarte cinco minutitos y marcharte (ésta es tu ventaja sobre los profesores, a ti pueden reclamarte asuntos más importantes), pero luego, al leer su resolución fruncirás el ceño (o, mejor aún, los labios) y le dirás al rector: «Imposible. Hay razones que...». ¡Y no se hable más! ¡Asunto resuelto! O bien eres del SMERSH, de las Secciones Especiales, aunque sólo teniente, a pesar de lo cual el viejo y corpulento coronel, el jefe de la unidad, se pone en pie cuando tú entras, procura adularte, complacerte, y no se le ocurrirá tomarse una copa con el jefe del Estado Mayor sin antes invitarte. No importa que sólo tengas dos estrellas pequeñas, incluso resulta divertido: tus estrellitas tienen un peso del todo distinto, se miden con una escala del todo distinta de la de los oficiales corrientes (a veces, en misiones especiales, se te permitirá engancharte otras estrellas, por ejemplo las de comandante, como si fuera un seudónimo o una señal convenida). Tu poder sobre todo el personal de esta unidad militar, de esta fábrica o de este distrito llega a tener una hondura incomparablemente mayor que el poder del comandante, del director o del secretario del comité de distrito. Ellos disponen del trabajo, el salario y el buen nombre de sus subordinados; tú dispones de su libertad. Nadie se atreverá a hablar de ti en una reunión, nadie se atreverá a escribir sobre ti en un periódico. ¡Y no solamente mal! ¡Tampoco se atreverán a hablar bien!¡Eres como una divinidad arcana, no se te puede ni nombrar! ¡Tú estás ahí, y todos advierten tu presencia, pero es como si no estuvieras! Ésta es la razón por la cual, desde el momento en que te cubres con esa gorra celeste, te hallas por encima del poder visible. Nadie osará controlar lo que tú haces, pero toda persona puede ser sometida a tu control. Por esto, ante los llamados ciudadanos sencillos (que para ti son simples tarugos) lo más digno es adoptar una expresión profunda y enigmática.

Porque tú eres el único que conoce las razones especiales, nadie más. Y por eso siempre tienes razón.

Pero no olvides nunca que tú también habrías sido un tarugo como los demás de no haber tenido la suerte de convertirte en un pequeño engranaje de los Órganos, de ese ser vivo, integral y flexible que habita en el Estado como la lombriz solitaria en el cuerpo del hombre. ¡El mundo es tuyo! ¡Para ti todo! ¡Con tal que seas fiel a los Órganos! ¡Siempre saldrán en tu defensa! ¡Y te ayudarán a tragarte a quien te ofenda! ¡Y apartarán cualquier obstáculo de tu camino! ¡Pero sé fiel a los Órganos! ¡Haz todo lo que ellos te manden! Ellos serán quienes decidan por ti qué lugar debes ocupar: hoy eres de la Sección Especial, mañana ocuparás el sillón del juez de instrucción y más tarde puede que vayas de etnógrafo a la región del lago Seliguer (como Ilin en 1931), en parte quizá para que te cuides los nervios. Puede también que te saquen de la ciudad, donde has adquirido ya demasiada fama, y te envíen al otro extremo del país como delegado para asuntos de la Iglesia (Volkopiálov, el feroz juez de Yaroslavsk, fue enviado como tal a Moldavia). O que te conviertas en vocal de la Unión de Escritores (otro Ilin, Viktor Nikolayevich, ex teniente general de la Seguridad del Estado). No te asombres de nada: el peso y valía verdaderos de cada hombre sólo lo conocen los Órganos. Y a todos los demás simplemente les están dejando que jueguen. No importa que seas un artista emérito o un héroe del agro socialista, basta un soplo para que desaparezcas. («¿Quién eres tú?», preguntó el general Serov a Timoféyev-Ressovski, un biólogo de fama mundial interrogado en Berlín. «Y tú ¿quién eres?», respondió sin desconcertarse Timoféyev-Ressovski, con esa intrepidez cosaca que le venía de familia. «¿Es usted un científico?», rectificó Serov.)

Ni que decir tiene que la labor del juez de instrucción requiere esfuerzo: hay que estar en el trabajo de día y también de noche, hay que pasarse ahí horas y horas, aunque no hasta el punto de devanarte los sesos buscando «pruebas» (para eso, que se rompa los cascos el acusado), o debatirse sobre la culpabilidad o inocencia del detenido. Basta con que hagas lo que conviene a los Órganos y todo irá a pedir de boca. De ti depende que la instrucción de la causa resulte lo más agradable posible, sin cansarse demasiado y, siempre que se pueda, sacar de ella algún provecho, o si no, pasar al menos un buen rato. ¡Cansado de estar sentado se te ocurre de pronto una nueva medida! ¡Eureka! Llama por teléfono a los amigos, ve a contarlo por todos los despachos, ¡vaya panzada de reír! Oye, vamos a probarlo, ¿con quién lo estrenamos, muchachos? Y es que uno se aburre de estar siempre con lo mismo, te aburres de esas manos temblorosas, esos ojos suplicantes, esa cobarde sumisión, ¡si por lo menos hubiera alguien que ofreciera resistencia! «¡Me gustan los adversarios fuertes! ¡Es un placer partirles el espinazo!» (le dijo a G.G-v. el juez de Leningrado Shítov).

¿Y si es tan fuerte que no hay forma de doblegarlo? ¿Y si ninguno de tus métodos da resultado? ¿Te saca de quicio? ¡Pues adelante, no contengas tu rabia! ¡Es un placer inmenso, es el éxtasis! ¡Dar rienda suelta a tu rabia, sin trabas! ¡En este estado es cuando le escupes en la boca al maldito acusado! ¡Le hundes la cara en una escupidera llena! (Eso es lo que le hizo Vasíliev a Ivanov-Razúmnik.) ¡En este estado es cuando arrastran a los sacerdotes por la trenza! ¡Y se mean en la cara del arrodillado! ¡Cuando has descargado tu rabia, te sientes como si fueras más hombre!

O bien interrogas a una muchacha arrestada «casada con un extranjero» (Esfir R., 1947). Tras haberle dicho todo tipo de palabrotas, le preguntas: «¿Es que tu norteamericano tenía la... de diamantes, o qué? ¿Qué te pasa, no te basta con los rusos?». Y de pronto se te ocurre una idea: alguna cosita habrá aprendido de esos extranjeros. No hay que perder la ocasión: es como ir a otro país en comisión de servicio. Y empiezas a preguntarle con ardor: ¿Cómo? ¿En qué postura? ¿En cuál más? ¡Con detalles! ¡Hasta lo más insignificante! (¡Me servirá a mí y se lo contaré a los muchachos!) La joven, se ha puesto roja y responde entre sollozos que eso no tiene nada que ver con el caso. «¡Sí tiene que ver! ¡Cuenta!» ¡Fíjate cuánto poder tienes! Te lo contará con pelos y señales, si quieres hasta te lo dibujará, o si quieres también te lo demostrará con el cuerpo. No tiene otra alternativa: en tus manos está su calabozo y la duración de su condena.

Si llamas a una taquígrafa para que tome el interrogatorio (el juez Pojilko, de la Seguridad del Estado de Kemerovo) y resulta que no está mal, métele mano ahí mismo, en el pecho, aunque sea ante el crío que estás interrogando (el colegial Misha B.). Los acusados no son personas, no hay que tener vergüenza delante de ellos.

Y además, ¿vergüenza de qué? Si te van las faldas (¿a quién no?), tonto serías si no aprovecharas tu posición. A unas les atraerá tu poder, otras cederán por miedo. Si en alguna parte te encuentras con una muchacha y te entra el capricho, será tuya, no tendrá otro remedio. Si pones la vista en la esposa de cualquier otro, ¡es tuya!, pues no cuesta nada quitar de en medio al marido.

Hace tiempo que tengo el argumento para un relato: «La esposa echada a perder». Pero está visto que no lo voy a escribir. Aquí está: Antes de la guerra de Corea, en una unidad aérea del Extremo Oriente, un teniente coronel se entera, al volver de un viaje en comisión de servicio, de que su esposa está en el hospital. Los médicos no le ocultan lo sucedido: su esposa tiene los genitales lesionados a causa de un trato patológico. El teniente coronel la emprende con su mujer y consigue que confiese: ha sido el teniente de la Sección Especial de su unidad (aunque, al parecer, no sin cierto consentimiento por parte de ella). Fuera de sí, el teniente coronel va al despacho de aquel hombre, saca la pistola y amenaza con matarle. Pero en poco tiempo el teniente consigue bajarle los humos y hacerlo salir del despacho mísero y apaleado: lo ha amenazado con enviarlo a un campo tan horrible que suplicará que le permitan morir sin más sufrimientos. Le ordena que acepte a su esposa tal como la ha dejado (con sus lesiones irreversibles), que viva con ella y que no se atreva a divorciarse ni a quejarse. ¡Ese era el precio para poder seguir en libertad! Y el teniente coronel así lo cumplió. (Me lo contó el chófer de ese teniente de la Sección Especial.)

No debieron faltar casos como éste, porque se trata del terreno donde más tentador resulta utilizar el poder. En 1944 un agente de la Seguridad del Estado obligó a casarse con él a la hija de un general del Ejército, amenazándola con encarcelar al padre. La muchacha tenía novio, pero se casó con el agente para salvar a su padre. Durante el breve tiempo que duró el matrimonio, llevó un diario íntimo, que entregó a su amado para luego suicidarse.

No, para saber lo que significa llevar una gorra azul hay que haberlo vivido. ¡Cualquier cosa que veas es tuya! ¡Cualquier vivienda a la que hayas echado el ojo, es tuya! ¡Cualquier mujer, es tuya! ¡Cualquier enemigo es barrido de tu camino! ¡La tierra bajo tus pies es tuya! ¡El cielo sobre tu cabeza es tuyo, por algo también es azul!

El afán de lucro es común a todos ellos. ¿Cómo no aprovechar semejante poder y semejante falta de control para enriquecerse? ¡Habría que ser un santo!

Si nos fuera dado conocer el móvil oculto de cada detención veríamos con asombro que, si bien encarcelar era una consigna general, la elección de la persona concreta a quien encarcelar y su destino particular dependían, en tres casos de cada cuatro, de la codicia y el espíritu de venganza, y que de estos arrestos la mitad se debía al cálculo egoísta del NKVD local (y del fiscal, naturalmente, no vamos a dejarlo aparte).

Por ejemplo, ¿cómo empezaron los diecinueve años de periplo de Vasili Grigórievich Vlásov por el Archipiélago? Pues ocurrió que, siendo Vlásov director de la cooperativa de consumo del distrito, organizó una venta de telas para los miembros del partido (nadie se indignó porque fuera una venta cerrada al público). La esposa del fiscal Rúsov se quedó sin su tela, porque no pudo estar presente y al fiscal le dio vergüenza acercarse en persona al mostrador, al tiempo que a Vlásov no se le ocurrió decirle que «ya le guardaría algo» (además, no iba con su carácter decir cosas así). Pero eso no es todo: en otra ocasión, el fiscal Rúsov había llevado a un comedor para militantes del partido a un amigo suyo que no estaba registrado en el establecimiento (porque tenía un rango inferior al exigido). Como el gerente del comedor no permitió que le sirvieran comida a su amigo, el fiscal exigió a Vlásov que le impusiera una sanción administrativa, cosa que Vlásov no hizo. A esto hay que añadir aún otro episodio más, por el que el NKVD del distrito se sintió gravemente ultrajado. ¡Lo acusaron por oposición de derecha!

Los actos y motivaciones de los ribetes azules son tan mezquinos que uno se lleva las manos a la cabeza. El delegado operativo Senchenko le confiscó a un oficial arrestado el portamapas y la cartera de campaña y comenzó a hacer uso de ellas en su presencia. A otro arrestado le requisó unos guantes de fabricación extranjera valiéndose de una triquiñuela en el sumario. (Siempre que el ejército avanzaba, les reconcomía pensar que no eran los primeros en llegar al botín.) El agente del contraespionaje del 48º

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