KARL VON CLAUSEWITZ
DE LA GUERRA
Edición electrónica: 2006
El general prusiano Karl von Clausewitz,
historiador especializado en temas bélicos y destacado profundizador del
fenómeno de la guerra, nació en 1780 en Burg, cerca de Magdeburgo (Alemania).
Hijo de un miembro del ejército de Federico el Grande, ingresó muy joven en la
carrera de soldado. En 1801 siguió los cursos de la Academia Militar de Berlín,
bajo la dirección del general Gerhard von Scharnhorst, gran reorganizador del
ejército prusiano. Después fue nombrado ayudante de campo del príncipe Augusto
de Prusia, junto al cual sirvió en el infortunado encuentro con las tropas de
Napoleón en Jena (1806).
Caído en poder de los franceses, permaneció prisionero hasta 1809. Tras recuperar la libertad, actuó como profesor en la misma academia militar berlinesa donde había consolidado su experiencia, y con posterioridad asumió el cargo de jefe de sección del Ministerio de la Guerra alemán. En 1812 decidió formar parte del ejército ruso. Tan dramática iniciativa permite captar a las claras el concepto de la ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés.
Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia. Clausewitz alimentaba la esperanza de que el zar Alejandro I redimiría a su nación de la atadura napoleónica, y esa expectativa fue la que le impulsó a ocupar el bando contrario a sus mismos compatriotas, con el fin de conseguir la anhelada liberación. En efecto, la batalla de Leipzig significó la extinción de la influencia francesa sobre Alemania, y él, tras escribir, por encargo de otra gran personalidad militar prusiana, el mariscal de campo August von Gneisenau, el libro La campaña de 1813 hasta el armisticio, se incorporó de nuevo, en 1814, al ejército prusiano, con el que pudo asistir a la batalla triunfal de Waterloo.
De 1816 a 1830 ejerció la dirección de la Academia Militar de Berlín, la cual sólo dejó para ocupar un cargo en el Estado Mayor alemán. Falleció en 1831 en Breslau, fulminado por el cólera, cuando contaba 51 años.
Su obra De la Guerra, que le procuraría la fama, tuvo una publicación póstuma, a instancias de su viuda. De la Guerra comprende ocho libros, de los que la edición que se ofrece recoge íntegramente los tres primeros.
De los libros IV y V se incluye un resumen del contenido, mientras que del libro VI, dedicado a La defensa, se reproducen los capitales capítulos I, II, III y XXVI, y se hace lo propio con el libro VII, relativo al Ataque, del que se incluye el capítulo XXII, no sin dar siempre noticia de lo omitido. Finalmente, del libro VIII, siguiendo la misma pauta, se ofrece el concluyente capítulo VI, en sus dos partes.
Presentamos aquí la parte más esencial de la obra de Clausewitz ya que la obra completa, en parte superaría nuestras actuales posibilidades de tiempo y dedicación y, en parte también, incluye cuestiones que difícilmente serían de interés para quien no es un militar profesional .
En este sentido, Clausewitz fue leído con provecho no sólo por militares. Lo demuestra su influencia sobre la concepción de la guerra que no sólo constituyó la base del pensamiento militar alemán, sino que fue tenida en cuenta por un pensador marxista como Engels, y luego por gerifaltes de la misma tendencia, como Lenin o Mao Zedong, en la delineación de su estrategia revolucionaria. No así por Stalin, quien, como vencedor de la Wehrmacht, no dudó en desecharla tajantemente.
Sea para militares o para políticos civiles, la vigencia de las doctrinas de Clausewitz no ha cesado de ponerse de manifiesto en los numerosos estudios especializados que se les han dedicado y en el hecho de que hayan contribuido a asentar los principios que conforman la teoría actual de la guerra.
INDICE
Hoy en día, el hecho de que el concepto de ciencia no se resume de manera única y esencial en un sistema o método de enseñanza no requiere sin duda ser puesto en claro.
En una primera impresión, en la presente exposición no se hallará ningún sistema y, en vez de un método definitivo de enseñanza, no se pondrá en evidencia sino un cúmulo de materiales reunidos.
La parte científica que le corresponde radica en la intención de poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan la guerra, de demostrar de qué modo se vinculan con la naturaleza de las cosas. El autor no ha rehuido en todo caso establecer conclusiones filosóficas. Sin embargo, en el momento en que ha percibido que el hilo de su pensamiento se apartaba de su objetivo, ha preferido romperlo y relacionarlo más bien con los fenómenos que atañen a la experiencia. Porque de la misma manera que ciertas plantas no producen fruto más que cuando no experimentan una sobrecarga excesiva, se requiere que las hojas y las flores teóricas de las artes prácticas no crezcan demasiado, sino más bien relacionarlas con la experiencia, que es su ámbito natural.
Constituiría un error absoluto intentar servirse de los componentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de una espiga: más fácil resulta acudir a los campos para ver allí las espigas ya formadas. Jamás la investigación y la observación, la filosofía y la experiencia deben menospreciarse o excluirse mutuamente: todas ellas encierran una garantía una para con la otra. Las proposiciones que se ofrecen en la presente obra y la estricta estructura de su necesidad interna tienen su fundamento en la experiencia o en el concepto mismo de la guerra, considerado desde el punto de vista externo, de tal modo que no se ven privadas de base.1 Quizá no resulte imposible establecer una teoría sistemática de la guerra, pródiga en ideas y de gran altura, pero el hecho cierto es que hasta el presente todas cuantas disponemos se apartan muy lejos de ese objetivo. Sin tomar en consideración el espíritu acientífico que las caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares comunes y sandeces que pretenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de incendio, debido a Lichtenberg: «Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay que tratar de proteger el muro derecho del edificio de la izquierda; porque si se intentara, por ejemplo, proteger el muro de la izquierda del edificio de la izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se encontraría a la derecha del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de ese muro y del muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la izquierda del incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fuego que el de la izquierda y el muro de la derecha de la casa podría ser destruido por el fuego si no fuese protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que está protegido; en consecuencia, algo que no esté protegido podría ser destruido, y destruido más rápidamente que otra cosa, incluso aunque no estuviera protegido; por lo tanto es preciso abandonar aquél y proteger éste. Para representarse la cosa, debemos notar además: si la casa está a la derecha del incendio, es el muro de la izquierda y si la casa está a la izquierda, es el muro de la derecha.» Para no provocar el cansancio del lector, sin duda hombre de espíritu, con la relación de otras paparruchadas como ésta, y no restar sabor a lo que tengan de bueno, diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a presentar, como si de pequeños granos de metal puro se trataran, las ideas que largos años de reflexión sobre la guerra, el trato con hombres inteligentes que la conocían y un considerable número de experiencias personales han hecho nacer y han quedado fijadas en su ánimo.
Este es el origen de los diferentes capítulos que forman este libro, cuya unidad podrá parecer débil, si bien confío en que no carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá que esperar mucho tiempo para ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar, en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundido y exento de toda aleación.
1)- No es este, por lo general, el caso de los cronistas militares, sobre todo de aquellos cuyo propósito es tratar de manera científica la guerra. Sería suficiente hacer referencia a los numerosos ejemplos en los que el pro y el contra de los razonamientos se fagocitan unos a otros, hasta el punto de no restar ni la cola, como en el caso de la fábula de los leones.
SOBRE LA NATURALEZA DE LA GUERRA
Capítulo I
¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?
1. Introducción
Nos proponemos considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman nuestro tema; luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el todo en su íntima conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo complejo. Pero en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en la parte debe pensarse simultáneamente en el todo.
2. Definición
No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.
La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.
La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia.
Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.
3. Caso extremo del uso de la fuerza
Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.
Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.
Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.
En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civilización, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.
Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.
La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un camino mejor (La guerra que enfrentó a Alemania con Napoleón. N. del Ed.) . Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.
Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aquéllos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.
La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.
4. El objetivo es desarmar al enemigo
Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es necesariamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se so meta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transitorias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que conducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que puede ser conducido un beligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la posibilidad de que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere la expresión que escojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción militar.
Pero no cabe considerar la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a un segundo caso extremo.
5. Caso extremo de la aplicación de las fuerzas
Si queremos abatir a nuestro oponente, tenemos que regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia. Tal poder se pone de manifiesto como producto de dos factores indisolubles: la magnitud de los medios con que el oponente cuenta y la fuerza de su voluntad. Será posible calcular la magnitud de los medios de que dispone, ya que ésta se basa en números (aunque no del todo); pero la fuerza de la voluntad no se deja medir tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por la fortaleza del motivo que la impulsa. Si mediante esta apreciación lográramos calcular de manera razonablemente aproximada el poder de resistencia de nuestro oponente, podríamos regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho cálculo y estar en disposición de intensificarlos para obtener una ventaja o bien extraer de ellos el máximo resultado posible, en caso de que nuestros medios no fueran suficientes como para asegurarnos esa ventaja. Pero nuestro oponente procederá del mismo modo, y a tenor de ello se produce entre nosotros una nueva puja que, desde el punto de vista de la teoría pura, nos conduce una vez más a un punto extremo. Es la tercera acción recíproca que se presenta, y el tercer caso extremo con el que nos encontramos.
6. Modificaciones en la práctica
En el ámbito abstracto de las concepciones puras, el pensamiento reflexivo no descansa hasta alcanzar el punto extremo, porque es con casos extremos con los que tiene que enfrentarse, con un conflicto de fuerzas libradas a sí mismas y que no obedecen a otra ley que la propia. Por lo tanto, si pretendemos deducir de la concepción puramente teórica de la guerra un propósito absoluto, que podamos tener presente, así como los medios a poner en uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma continua nos conducirán a extremos que no serán más que un juego de la imaginación elaborado por el encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la lógica. Si, al ceñirnos estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de una tacada de la totalidad de las dificultades, y con rigor lógico insistimos en estar preparados para ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y aportar el máximo de esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma carente de valor y sin aplicación en la práctica.
Asimismo, en el supuesto también de que ese máximo de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente determinable, habremos de admitir no obstante que no resulta fácil que la mente humana se someta al dominio de esas elucubraciones. En muchos casos, el resultado redundaría en un derroche inútil de fuerza que se vería limitado por otros principios del arte de gobernar. Esto requeriría un esfuerzo desproporcionado en relación con el objetivo a fijar, devenido de imposible realización. Efectivamente, la voluntad del hombre no extrae nunca su fuerza de las sutilezas lógicas.
Todo cambia de aspecto, empero, al pasar del mundo abstracto a la realidad. En la abstracción, todo permanecía supeditado al optimismo; era preciso concebir que ambos campos no sólo se inclinarían por la perfección, sino también por lograr conseguirla.
¿Sucede esto siempre en la práctica? Las condiciones para ello tendrían que ser las siguientes:
1. Que la guerra fuera un hecho totalmente aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la previa vida política.
2. Que el conflicto bélico dependiera de una decisión única o de varias decisiones simultáneas.
3. Que su decisión fuera definitiva y que la consecuente situación política no fuera tenida en cuenta ni influyera sobre ella.
7. La guerra nunca constituye un hecho aislado
Al referirnos al primero de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos oponentes es para el otro un ente abstracto, ni aun considerándolo como factor de la capacidad de resistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en un principio reductor.
8. La guerra no consiste en un golpe insostenido
El segundo de los tres puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.
Si el resultado de la guerra dependiera de una decisión única, o de varias decisiones tomadas simultáneamente, los preparativos para esa decisión o para esas decisiones diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse una oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para los preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los preparativos que lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias que lo acompañan, podría suministrar una norma para los siguientes y, así, el mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con ello, la tendencia hacia el extremo.
Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse indefectiblemente a una decisión única o a una serie de decisiones simultáneas, si los medios disponibles para la beligerancia fueran puestos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados o agotados en la primera decisión, no habría porqué pensar en que se produjera una segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su persistencia.
Pero tal como hemos visto, en los preparativos para la guerra el mundo real ocupa el lugar de la idea abstracta, y una medida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la totalidad de sus recursos.
Sin embargo, la naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas militares propiamente dichas, el país, con su superficie y su población, y los aliados.
El país, con su superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas militares propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de operaciones o tiene marcada influencia sobre él.
Ahora bien, los recursos militares móviles pueden ser puestos en funcionamiento simultáneamente, pero esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes, etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la cooperación de los aliados no es algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la misma naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.
Más adelante intentaremos explicar con todo detalle que esta parte de los medios de resistencia que no puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar sentado que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser motivo para disminuir la intensidad de los esfuerzos en la toma de decisión de las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa una desventaja a la cual nadie querría exponerse por propia voluntad, dado que, si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva resulte aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pero el hombre suele eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera podido hacerlo de no mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus propios esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia hacia el caso extremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado.
9. La guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto
Finalmente, tengamos en cuenta que la decisión final de una guerra no siempre es considerada como absoluta, sino que el estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores. Es evidente que también esto minora, en gran medida, la violencia de la tensión y la intensidad del esfuerzo.
10. Las probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la teoría
Así, todo el acto de la guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que la razón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabilidades, por deducción de los datos que suministran los fenómenos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya abstracciones puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno determinado de acuerdo con sus propias leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos como para determinar lo que se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.
De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por el carácter, las instituciones, la situación y las circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus conclusiones respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará la suya propia.
11. El objetivo político asume de nuevo el primer plano
Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema que habíamos obviado, o sea, el que se refiere al objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo.
El objetivo político de la guerra debe aflorar nuevamente a un primer plano a medida que la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda la consideración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas y unas circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original, tiene que asumir el papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exijamos de nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga para realizar ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor podría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro objetivo político, tanto menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo a su arbitrio. Por ello, también por ello nuestros propios esfuerzos serán más débiles.
Así, el objetivo político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el propósito a alcanzar mediante la acción militar como para los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos Estados oponentes. Un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en diferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto, cabe dejar que el objetivo político actúe como medida, siempre que no olvidemos su influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, también la naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden variar en gran medida según que la acción resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las masas. En dos naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de sentimientos hostiles que un motivo para la guerra, insignificante en sí mismo, puede originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su naturaleza, como es el de una verdadera explosión.
Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos que el objetivo político pueda exigir en uno y otro estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar.
Algunas veces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una elección de ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lugar para firmar la paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que éste ha de ser alcanzado por su mediación. Cuanto mayor sea la indiferencia presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el objetivo político, como norma y por su propio carácter decisorio. Hay casos en los que, casi por sí mismo, constituye el factor determinante.
Si el fin de la acción militar se erige en equivalente del objetivo político, aquélla disminuirá, en general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada. Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y explicitar.
12. La suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta ahora
¿Es posible que una acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los dos bandos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposición, o sea cual fuere la futileza del fin perseguido por esa misma acción? Es esta una pregunta que atañe a la esencia misma del tema.
Cada acción requiere para su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos rápidos en sus movimientos.
No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la persona lenta no actúa lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo con mayor rapidez no lo haría tan bien. En consecuencia, ese tiempo depende de las causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la acción.
Si a cada acción de la guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto, que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo, cualquier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En relación con ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.
13. Existe únicamente una causa que puede suspender la acción, y esto parece ocurrir siempre tan sólo en un solo bando
Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un momento más favorable para la acción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.
Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.
Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un momento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado como moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.
Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstancias.
14. La acción militar tendría de este modo una continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una situación extrema
Si la acción militar estuviera realmente dotada de esa continuidad, todo sería empujado de nuevo hacia el caso extremo. Porque, además de que tal actividad sostenida enconaría aún más los sentimientos e impregnaría al todo de un mayor apasionamiento y un mayor grado de fuerza elemental, también haría surgir, en la continuidad de la acción, un encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión causal más consecuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser más importante y, por lo tanto, más peligrosa.
Pero la experiencia nos dice que la acción militar rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que en muchas guerras la acción asume la menor parte del tiempo, mientras que la inactividad ocupa el resto. Esto quizá no siempre constituya una anomalía.
La suspensión de la acción militar debe ser posible, es decir, no implica una contradicción. Que esto es así y por qué ocurre así, lo mostraremos a continuación.
15. Surge aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad
Al suponer que los intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre diametralmente opuestos a los del otro, dejamos sentada la existencia de una verdadera polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.
El principio de polaridad sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polaridad, porque la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes entre las que exista una relación común objetiva, no serán las cosas, sino sus relaciones, las que posean polaridad.
16. El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigual. Debido a ello no pueden ser objeto de polaridad
Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la que corresponde al ataque del enemigo, no habría defensa; ello es tanto como decir que si hubiera de distinguirse al ataque de la defensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra carece, si los métodos de lucha fueran siempre invariablemente los mismos, en tal empeño, cualquier ventaja de un bando tendría que representar una desventaja equivalente para el otro, existiendo entonces una verdadera polaridad.
Pero la acción militar adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La polaridad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión, pero no en el ataque o en la defensa mismos. Si uno de los comandantes en jefe deseara posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto, solamente en la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediatamente y no cuatro semanas más tarde. Se trata de una oposición directa; pero no se desprende necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es algo muy distinto.
17. El efecto de la polaridad es anulado a menudo por la superioridad que muestra la defensa sobre el ataque.
Ello explica la suspensión de la acción militar Si la forma de defensa se muestra más fuerte que la de ataque, como vamos a demostrar, se plantea la cuestión de saber si la ventaja de una decisión diferida es tan grande para el bando que se apresta a atacar como la de la defensa lo es para el otro.
Cuando no lo es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste e influir de ese modo en el curso de la acción militar. Comprobamos, por lo tanto, que la fuerza impulsiva inherente a la polaridad de intereses puede ser anulada por la diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la defensa, y dejar así de tener eficacia.
Por lo tanto, si el bando para el cual el momento presente es favorable se muestra demasiado débil hasta el punto de renunciar a la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar se a afrontar un futuro menos favorable. Porque puede ser mejor librar un combate defensivo en un futuro desfavorable que uno defensivo en el momento presente, o que entablar la paz. Al estar convencidos de que la superioridad de la defensa (correctamente entendida) es muy grande, mucho más de lo que al pronto podría parecer, se explica la notable proporción que ocupan en la guerra los períodos carentes de acción, sin que esto implique necesariamente una contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, tanto más serán neutralizados por esa diferencia entre el ataque y la defensa. Por lo tanto, la acción militar será impulsada con harta frecuencia a una pausa, que es en realidad lo que nos muestra la experiencia.
18. Una segunda causa reside en el conocimiento imperfecto de la situación
Todavía existe otra causa que puede suspender la acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de su propia posición y no conoce la de su adversario más que por informes inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello, puede llegar a creer que la iniciativa corresponde a su oponente, cuando en realidad le corresponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en verdad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y contribuir por sí misma a causar tanto retrasos como aceleramientos en la acción militar.
Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que implique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción militar a un estancamiento.
Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el conocimiento imperfecto de la situación en general deberá contribuir sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se basa su dirección.
La posibilidad de una pausa introduce una nueva reducción en la acción militar, diluyéndola, por así decir, en el factor tiempo, lo que corta el avance del peligro y aumenta la capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuanto mayor sea, en consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los períodos de inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto, los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se sabe, constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.
19. Los períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la teoría absoluta y la convierten todavía más en un cálculo de probabilidades.
Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle la acción militar y cuanto más largos y frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la teoría, y basará todas sus deducciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el curso más o menos pausado de la acción militar dejará más o menos tiempo para aquello que la naturaleza de la situación concreta reclame por sí misma, es decir, un cálculo de probabilidades acorde con las circunstancias que concurran en el caso.
20. El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es de este elemento del que menos carece
Lo que se ha expuesto hasta aquí nos ha mostrado cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella un cálculo de probabilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para considerarla como un juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto: es el azar. Ninguna actividad humana guarda una relación más universal y constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra.
21. Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva, la guerra se convierte en un juego
Si reparamos ahora en la naturaleza subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas necesarias para llevarla a cabo, se nos mostrará todavía más como un juego. El elemento dentro del cual se mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es, en el peligro, la cualidad moral que predomina? El valor. Este es por cierto compatible con el cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son distintos por naturaleza y pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro lado, la osadía, la confianza en la buena fortuna, la intrepidez y la temeridad son todas manifestaciones del valor, y tales esfuerzos del espíritu tienden hacia lo accidental, porque es su propio elemento.
Vemos, pues, que, desde el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se parece a un juego de cartas.
22. Cómo esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano
Aunque nuestro entendimiento se siente por lo general inclinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de abrirse camino de la mano de la inteligencia por el estrecho sendero de la investigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con lentitud, con la imaginación puesta en el dominio del azar y de la suerte, a fin de llegar, casi de modo inconsciente, a un terreno donde se siente extraño y donde todos los objetos que le son familiares parecen abandonarlo. En lugar de sentirse aprisionado, como en el primer caso, por la necesidad elemental, goza ahora de toda una gama de posibilidades. Extasiado, el valor alza el vuelo, y la osadía y el peligro se convierten en el elemento al que aquél se precipita, del mismo modo que un nadador audaz se arroja a la corriente.
¿Tiene la teoría que abandonar aquí ese punto y seguir satisfecha hasta establecer reglas y conclusiones absolutas? Si es así no tiene una aplicación práctica. La teoría debe tener en cuenta el elemento humano y destinar el lugar que les corresponde al valor, al arrojo e incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales, de donde se deriva que lo absoluto y lo seguro le resultan inaccesibles; siempre queda un margen para lo accidental, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. Así como por un lado aparece ese elemento accidental, por el otro el valor y la confianza en uno mismo deben hacer acto de presencia y llenar el hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y la confianza en uno mismo, más grande será el margen que cabe dejar para lo accidental. Por lo tanto, el valor y la confianza en uno mismo son elementos absolutamente esenciales para la guerra. Y en consecuencia, la teoría sólo debe formular aquellas reglas que ofrezcan un libre campo de acción para esas virtudes militares más necesarias y esclarecidas, en todos sus grados y variaciones. Hasta en la osadía hay sabiduría y prudencia, pero su apreciación responde a una escala diferente de valores.
23. La guerra sigue siendo todavía un medio serio para alcanzar un objetivo serio
Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un pasatiempo, ni una simple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del azar que exhibe, todos los estremecimientos de pasión, valor, imaginación y entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.
La guerra entablada por una comunidad ––la guerra entre naciones enteras ––, y particularmente entre naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su manifestación más que por un motivo político. Es, pues, un acto político.
Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalterable, una manifestación absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en cuanto se pusiera de manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como algo completamente independiente de ella, la descartaría y sólo se regiría por sus propias leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora, también en la práctica esto ha sido considerado de esta forma, siempre que la carencia de armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es una acción de fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la misma proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como para vencer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un embate regular de violencia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a consecuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más o menos rápida o, en otras palabras, conduce al objetivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero siempre tiene una duración suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una influencia sobre ese objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido.
En definitiva, puede durar lo suficiente como para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un objetivo político, resulta que ese primer motivo, que es el que la promueve, constituye, de modo natural, la primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convierte, por ello, en una regla despótica. Debe adaptarse a la naturaleza de los medios a su disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer término. La política, por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y ejercerá una influencia continua sobre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las fuerzas explosivas que contiene.
24. La guerra es una mera continuación de la política por otros medios
Vemos, pues, que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios. Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el carácter igualmente peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general, y el jefe que la conduce en cada caso particular, pueden determinar que las tendencias y los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad con estos medios. Esta exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga poderosamente en casos particulares sobre los designios políticos, debe considerársela siempre sólo como una modificación de esos designios, ya que el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio cabe ser pensado como desposeído de objetivo.
25. Naturaleza diversa de las guerras
Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la guerra, más estrecha relación guardará ésta con su concepción abstracta. Cuanto más encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el propósito militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como puramente militar y menos como política. Pero cuanto más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la tendencia natural del elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coincidirá menos con las directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia natural, mayor será la diferencia que separa el objetivo político del propósito de una guerra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.
Pero con el fin de impedir que el lector llegue a conclusiones erróneas, es preciso hacer notar que por esa tendencia natural de la guerra entendemos solamente la tendencia filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que realmente intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá mantenerlas reducidas al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque la existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran plan que las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo vano, la agitación emotiva de las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.
26. Todas las guerras tienen que ser consideradas como actos políticos
En relación con nuestro tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras que en otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan políticas como las otras. Efectivamente, si consideramos la política como la inteligencia del Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la naturaleza de las circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término política no es entendido como un conocimiento amplio de la situación, sino como la idea convencional de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este caso cuando el último tipo de guerra correspondería, más que el primero, a la política.
27. Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la historia de la guerra y para los fundamentos de la teoría
En primer lugar vemos, pues, que en toda circunstancia tiene que considerarse a la guerra no como algo independiente, sino como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la guerra y hacer una apreciación inteligente de su totalidad. En segundo lugar, este mismo punto de vista nos muestra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.
El primer acto de discernimiento, el mayor y el más decisivo que llevan a cabo un estadista y un jefe militar, es el de establecer correctamente la clase de guerra en la que están empeña dos y no tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la naturaleza de las circunstancias. Este es, por lo tanto, el primero y el más amplio de todos los problemas estratégicos. Más adelante, en el capítulo referente a la planificación de la guerra, procederemos a examinarlo con mayor detención.
Contentémonos por ahora con haber expuesto el tema y establecido, al hacerlo, el punto de vista principal desde el cual deben ser examinadas tanto la guerra como su teoría.
28. Conclusión para la teoría
La guerra no es, pues, no sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada tanto por el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una actividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.
El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.
Estas tres tendencias, que se ponen de manifiesto al igual que lo hacen muchas diferentes legislaciones, se asientan profundamente en la naturaleza de la cuestión y, al mismo tiempo, varían en magnitud. Una teoría que rehuyera tomar en cuenta cualquiera de ellas o fijara una relación arbitraria entre ellas incurriría en tal contradicción con la realidad que por este solo hecho debería ser considerada como nula.
El problema consiste, pues, en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si fueran éstas tres polos de atracción.
En el libro que trata sobre la teoría de la guerra nos proponemos investigar la manera de resolver tal problema del modo más concluyente. Esa definición del concepto de la guerra se convierte para nosotros en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos de la teoría, que evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos permitirá distinguirlos.
Capítulo II
EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA
Al haber determinado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.
De inquirir, en primer término, cuál es el propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el medio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.
De comenzar ateniéndonos, una vez más estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el objetivo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente de derrotar al enemigo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos similares, será examinado ante todo a la luz de esa realidad.
Más adelante, cuando consideremos la planificación de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desarmar a un estado; pero ahora tenemos que diferenciar en principio tres cosas que, como tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.
Las fuerzas militares tienen que ser destruidas, es decir, deben ser situadas en un estado tal que no puedan continuar la lucha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión «destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siempre interpretada únicamente en este sentido.
El territorio debe ser conquistado, porque de un país pueden extraerse siempre nuevas fuerzas militares.
Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida.
En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el conflicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los aliados. Sin duda esto puede suceder también después de firmada la paz, pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pueden haber permanecido ocultas, y las tensiones se aflojan porque el ánimo de aquellos que se sienten abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con ella la guerra finaliza.
De los tres puntos que hemos enumerado, las fuerzas militares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo general, la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medida pertinente.
Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya que la pérdida de territorio contribuye a debilitar a las fuerzas militares. Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las fuerzas enemigas, incluso antes de haber sido debilitadas de modo notable, pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en territorio extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el país, puede ser conquistado.
El desarme del enemigo, como objetivo de la guerra considerado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo político, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce siempre en la práctica, ni es condición necesaria para la paz. De ninguna forma, por lo tanto, se le puede teóricamente dar la categoría de ley.
Existen un sinnúmero de tratados de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una serie de ellos, especialmente en los que las fuerzas del enemigo son evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.
La razón por la cual el objetivo de la guerra, según la teoría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la diferencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en nuestra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que ciertas guerras se producen entre estados de poderío desigual, esto se debe a que, en la realidad, la guerra tiende a alejarse en gran medida de nuestra concepción teórica original.
Existen dos motivos que inducen a firmar la paz, susceptibles, en la práctica, de substituir la imposibilidad de ofrecer mayor resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.
Como se ha explicado en el capítulo anterior, la guerra tiene que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley estricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha surgido, o sea, mientras menos entidad tengan los motivos para ello y para las tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son débiles, una ligera probabilidad, apenas perceptible, es suficiente como para hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.
En caso de que el otro bando estuviera convencido de antemano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota completa del adversario.
La consideración del gasto de fuerzas que se haya hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de firmar la paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, la entidad y la importancia de ese objetivo determinan la medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se refiere no solamente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.
En consecuencia, tan pronto como el gasto de fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo tenderá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.
Vemos, pues, que en las guerras en las que un bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores éxitos y del gasto de fuerzas que se requiera.
Si los motivos son igualmente fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.
A estas alturas, pasamos adrede por alto la diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una consideración más general, porque las intenciones políticas originales varían mucho en el transcurso de la guerra y al final pueden ser totalmente diferentes, precisamente porque están condicionadas en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados aleatorios.
Surge ahora el problema de cómo se puede influir sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, como es lógico, utilizando los mismos medios aplicados para derrotar al enemigo, es decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio, si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran con este objetivo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si tratamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros hasta alcanzar la total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo a quebrantar el sentimiento de seguridad del enemigo, haciéndole percibir nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es nuestra intención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemigas solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el objetivo no consistirá en derrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo, la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido desmembradas tiene que ser siempre considerado sólo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las fuerzas enemigas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá en sí mismo una ventaja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta como una vía más corta hacia la paz.
Veamos ahora otros medios especiales de influir sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas enemigas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la política. Si es posible realizar acciones tendentes a desbaratar las alianzas del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a estimular las actividades políticas en nuestro favor, y otras parecidas, resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la probabilidad de éxito y convertirse en una vía mucho más corta para el logro de nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.
La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el precio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.
Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla general nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menudo que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.
Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la invasión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el propósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución sobre él o para devastarlo.
El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí donde cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería considerada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adapta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expresión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino porque la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un agotamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.
Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fijar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantearnos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ninguna intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será mayor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negativo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad absoluta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter negativo de nuestra intención.
Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tiene la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mismo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la continuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que constituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natural de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.
En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y defensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin embargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––dinámica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir estas consideraciones.
Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el enemigo, entonces la simple continuidad del combate será suficiente para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo político no tenga una adecuada compensación, y en este punto tenderá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.
Federico el Grande nunca habría podido derrotar a la monarquía austríaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber intentado llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas, durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra existe más de una vía para alcanzar nuestros objetivos; que en ello no siempre está necesariamente implicada la derrota del enemigo; que la destrucción de las fuerzas del adversario, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o invasión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario, de acuerdo con las circunstancias especiales que concurren, al tiempo que nos permiten esperar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que podríamos denominar argumentos ad hominem. ¿En qué momento del curso de la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer en la guerra, donde la personalidad de los combatientes desempeña un papel tan significativo, ya sea en los despachos como en el campo de batalla. Sólo nos limitamos a señalarlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo. Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.
Con el fin de no subestimar el valor que entrañan esas diversas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo debemos tener en cuenta la diversidad de objetivos políticos que pueden ser causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la convierte en un deber desdeñable. En la práctica, entre ambas pueden existir un gran número de gradaciones. Si rechazamos una de éstas, con el mismo derecho podemos rechazarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo real.
En general, tal es la sustancia del fin a perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explosión de odio y de animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo, en la concepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.
Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y complicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo hace mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuerza, es decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.
Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación, mantenimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.
La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.
En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman una ordenación superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas.
Además, el propósito del combate ––y por lo tanto, su objetivo–– convierte a éste en una unidad.
Cada una de estas unidades que se diferencian en el combate se distinguen con el nombre de un encuentro.
Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordenación de cierto número de encuentros.
De modo que toda actividad militar se refiere necesariamente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno.
En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando dispongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provienen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han motivado. Ahora bien, en el encuentro, toda actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de su capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La destrucción de las fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el medio de alcanzar el objetivo que busca el encuentro.
Tal objetivo puede ser asimismo la simple destrucción de las fuerzas del enemigo; pero esto no es, de ningún modo, necesario, y puede adoptar también una forma bastante diferente. Ya que, por ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no constituye el único medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que pueden conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos también de esos encuentros.
Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos subordinados, están destinados, en el estricto sentido de la palabra, a la derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como objetivo inmediato la destrucción de éstas.
Si tomamos en consideración la compleja organización que entraña una gran fuerza armada, y la cantidad de detalles que entran en acción en cuanto se la emplea, percibiremos que el combate de una fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente. Es posible que surja, y tiene que surgir, cierto número de objetivos aislados que en sí mismos no persiguen la destrucción de las fuerzas del enemigo y, que, aun cuando contribuyan sin duda a esa destrucción, no lo harán más que indirectamente.
Si, por ejemplo, se ordena a un batallón desalojar al enemigo de una cota o de un puente, la ocupación de esa posición es, por norma, el objetivo real, y la destrucción del enemigo apostado en ella será una cuestión de nivel secundario. El objetivo se alcanza de igual manera si el enemigo puede ser desalojado mediante una simple escaramuza, pero esa cota o ese puente serán ocupados únicamente con el propósito de causar más tarde una destrucción mayor a las fuerzas del enemigo. Si así es como se presenta en el campo de batalla, debe ocurrir en mayor medida en todo el ámbito de la guerra, en donde no se trata solamente de la oposición de un ejército contra otro, sino de la pugna entre un estado, una nación o un país contra otro. Entonces habrá que multiplicar notablemente el número de relaciones posibles, y, en consecuencia, el de combinaciones. La diversidad de los preparativos se verá aumentada y, por la misma graduación de los objetivos, cada uno subordinado al otro, el medio original se alejará todavía más del objetivo final.
Es muy posible, por tanto, que, por muchas razones, el objetivo de un encuentro no se ciña a la destrucción de las fuerzas enemigas o de aquéllas que se nos oponen directamente, sino que esto se ofrezca sólo como un medio. En tales casos, no se tratará de lograr una destrucción completa, puesto que el encuentro no será entonces más que una prueba de fuerza. La destrucción no tiene valor en sí misma, sino por sus resultados, es decir, por la decisión que entraña.
Pero en los casos en que las fuerzas sean muy desiguales, unas y otras pueden ser medidas por simple cálculo. Entonces cabe que no haya encuentro, y la fuerza más débil se dará inmediatamente por vencida.
Si el objetivo de un encuentro no busca siempre la destrucción de las fuerzas enemigas en combate y si es posible alcanzar aquél sin que el encuentro se produzca, por el simple cálculo de sus resultados y de las circunstancias que podrían llegar a concurrir, será dado comprender cómo pueden emprenderse campañas enteras sin que en ellas desempeñe el encuentro real un papel significativo.
Cientos de ejemplos en la historia, de la guerra demuestran que así puede ocurrir. No nos detendremos a considerar cuántos han sido los casos en que se produjo una decisión incruenta justificada, es decir, que no encerraron una contradicción manifiesta, y dedicaremos nuestra atención a determinar si algunas de las imputaciones fundamentadas resisten la crítica, ya que todo cuanto nos interesa ahora es establecer la posibilidad de que ocurra un semejante tipo de desarrollo bélico.
En la guerra se dispone de un solo medio: el encuentro. Pero este medio, debido a las múltiples vías por las que puede ser empleado, nos conduce a esa diversidad de senderos que da lugar a la multiplicidad de objetivos, hasta tal punto que parecería que no hubiéramos ganado nada. Pero no es este el caso, ya que de esta unidad de medios proviene un hilo que podemos observar en su recorrido por toda la trama de la actividad bélica y que es la que la mantiene realmente unida.
Anteriormente hemos considerado la destrucción de las fuerzas enemigas como uno de los objetivos que cabe buscar en la guerra; pero no hemos hablado de la importancia que debe asignárseles en relación con los otros objetivos. En casos determinados, esto dependerá de las circunstancias y es por un principio general por lo que hemos dejado sin determinar su valor. Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor que forzosamente hay que atribuirle.
En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para alcanzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el supuesto de que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción de las fuerzas del enemigo constituye la piedra fundamental de todas las combinaciones que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco descansa sobre sus pilares.
En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas hubiera de tener una traducción en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final tienen que realizarse.
Si la decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las combinaciones posibles, resulta que nuestro oponente podrá hacer impracticable cualquiera de ellas, no sólo mediante una decisión semejante a la que atañe directamente a nuestra combinación, sino también a través de cualquier otra, siempre que ésta tenga suficiente entidad. Pues toda decisión armada significativa, vale decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que, como si de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.
Así se presenta la destrucción de las fuerzas enemigas siempre como el medio superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso todos los demás.
Sin embargo, sólo cabe asignar una superior eficacia a la destrucción de las fuerzas oponentes cuando exista una supuesta igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo tanto, un grave error concluir que un ataque a ciegas tendría que imponerse invariablemente a la destreza prudente. Atacar sin ton ni son conduciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.
Al referirnos a la destrucción de las fuerzas enemigas tenemos que dejar expresamente indicado que no se está obligado a ceñir esta idea a la simple fuerza física.
Por el contrario, la fuerza moral resulta del mismo modo necesariamente implícita, debido a que, en efecto, ambas están entrelazadas hasta en los menores detalles y, por tanto, no pueden ser realmente separadas. En relación con el efecto inevitable sobre las otras decisiones por las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de destrucción (una gran victoria), es precisamente el elemento moral el que presenta mayor fluidez, si es que cabe usar esta expresión, y el que se distribuye con mayor facilidad por todas las demás partes. En oposición al valor superior que tiene la destrucción de las fuerzas enemigas respecto de todos los demás medios se encuentran el gasto y el riesgo que éste implica, provocando el empleo de otros métodos sólo con el propósito de evitarlo.
Es razonable que los medios en cuestión tengan que ser los más costosos, ya que, si bien otras cosas son equiparables, el gasto de nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto mayor sea el propósito de destruir las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero en el hecho de que, cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá contra nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo tanto, menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando conduzcan al fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben oponérseles otros semejantes, es decir, que el enemigo emplee los mismos métodos. Porque si éste resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión por las armas, bastaría ese solo hecho para que tuviéramos que cambiar nuestro propio método, incluso contra nuestra voluntad, por uno similar. Todo depende, pues, del resultado del acto de destrucción. Es evidente que, siendo otras cosas equiparables, en este caso estaremos en desventaja en todos los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser dirigidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del enemigo.
Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se excluyen entre sí, y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos objetivos no puede servir al mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de los beligerantes está decidido a adoptar una gran decisión por las armas, cuenta con muchas posibilidades de obtener éxito tan pronto como tenga la certeza de que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca alcanzar un objetivo diferente. Y, cualquiera que se decida por ese otro objetivo, sólo podrá hacerlo razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas intenciones como él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.
Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre otra dirección de las intenciones y las fuerzas sólo se refiere a otros objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de las fuerzas oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del enemigo. En la resistencia pura falta la intención positiva, y, por lo tanto, en este caso nuestras fuerzas no pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino que deben limitarse a hacer fracasar las intenciones del enemigo.
Ahora corresponde considerar el lado negativo de la destrucción de las fuerzas enemigas, o sea, la conservación de las nuestras. Estos dos esfuerzos siempre van juntos, puesto que re accionan uno respecto del otro; son partes integrantes de una idéntica intención y sólo habrá que examinar los efectos producidos por el predominio de uno o de otro. El esfuerzo destinado a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y conduce a resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste en intentar desbaratar las intenciones del enemigo, es decir, conduce a la resistencia pura, cuyo propósito último no puede ser otro que el de prolongar la duración de la contienda, para que el enemigo agote sus propias fuerzas.
El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado el acto de destrucción; el esfuerzo con objetivo negativo permanece a su espera.
Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del ataque y de la defensa, en cuyo origen aún nos encontramos, consideraremos con mayor detalle cuál tendrá que ser la duración de esa espera y hasta dónde podrá llevarse a cabo. Por ahora tenemos que limitarnos a decir que la espera no debe ser un simple aguante pasivo, y que la acción ligada a ella para la destrucción de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto puede ser uno de los propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a los principios fundamentales suponer que el esfuerzo negativo tiene como consecuencia impedirnos elegir como objetivo la destrucción de las fuerzas del enemigo, viéndonos obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el mayor peso del esfuerzo negativo puede conducir a esto, pero solamente a riesgo de que no sea el método más conveniente, cuestión esta que depende de condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros mismos, sino en nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contrario, en los casos en que esa vía no fuera la adecuada a las circunstancias imperantes, lo más probable sería que condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe han cometido este error y se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora en tomar una decisión es el único efecto que necesariamente resulta de ese mayor peso que corresponde al esfuerzo negativo, de modo que el defensor se refugia, por así decir, en la espera del momento decisivo. Por lo general, esto tiene como consecuencia el retraso de la acción en el tiempo y también en el espacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo permitan las circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir haciendo esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del esfuerzo negativo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo encaminado a destruir las fuerzas del enemigo, reservado como contrapeso, y nunca descartado.
Las consideraciones anteriores nos han hecho ver que en la guerra existen muchas vías para alcanzar su propósito, es decir, para cumplir con el objetivo político; se ha comprobado, sin embargo, que el encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe estar sometido a una ley suprema: la decisión por las armas; que, cuando la acción del enemigo exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto, cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar seguro de que su oponente no echará mano de ese recurso, a no ser que quiera correr el riesgo de perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en suma, que la destrucción de las fuerzas enemigas se presenta siempre como el objetivo primordial entre todos los otros que puedan perseguirse en la guerra.
Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos será dado definir lo que es posible lograr en la guerra mediante combinaciones de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a reconocer, en términos generales, su posibilidad como algo que refleja la desviación de la práctica respecto del concepto que otorga jurisdicción a las circunstancias particulares.
Pero no podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta de la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter y la condición de hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos objetivos políticos carentes de relevancia, ante motivaciones débiles y reducida tensión de las fuerzas, un general en jefe cuya característica sea la prudencia intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes crisis ni soluciones sangrientas, puede inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por base las debilidades características de su contrario, tanto en los despachos como en el campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones contaran con un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero deberemos exigirle, no obstante, que sea consciente de que está recorriendo caminos sinuosos en los que el dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe vigilar constantemente al enemigo, a fin de que cuando éste empuñe una afilada espada, él no tenga que defenderse con un espadín.
En nuestras consideraciones futuras, debemos observar y tener siempre presentes las consecuencias que entraña la naturaleza de la guerra, la forma como actúan en ella los medios y los fines, la manera como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se aparte, unas veces más y otras menos, de su estricta concepción original, sus fluctuaciones tanto hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante permanencia bajo esa concepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos ajustarnos a una correcta comprensión de sus relaciones verdaderas y de su cabal importancia, para no vernos envueltos en evidentes contradicciones con la realidad y, en definitiva, con nosotros mismos.
Capítulo III
EL GENIO PARA LA GUERRA
Para ser realizada con cierta perfección, toda actividad de carácter especial exige cualidades especiales de entendimiento y temperamento. Cuando estas cualidades poseen un alto grado de excelencia y se ponen de manifiesto a través de realizaciones extraordinarias, se distingue al espíritu al cual pertenecen con el término de «genio».
No nos cabe la menor duda que este término tiene significados que varían en gran manera, tanto en su aplicación como en su naturaleza, y que constituye una labor muy ardua distinguir la esencia del genio en muchos de estos significados. Pero como no pretendemos ejercer ni de gramáticos ni de filósofos, nos será permitido atenernos al sentido usual en el lenguaje corriente, y entender por «genio» una capacidad mental eminente para la ejecución de ciertas actividades.
Conviene dedicar por un momento la atención sobre este valor y esta aptitud del espíritu humano, para señalar con más precisión su justificación y conocer con más detalle el contenido que entraña su concepto. Pero no podemos ocuparnos del genio que ha obtenido su título gracias a un talento superlativo, del genio propiamente dicho, porque este es un concepto que no presenta unos límites definidos. Lo que tenemos que hacer es considerar todas las tendencias combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la actividad militar, y considerar entonces a éstas como la esencia del genio militar.
Decimos tendencias combinadas, porque el genio militar no consiste en una cualidad única para la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo que pueden faltar otras cualidades del entendimiento o del carácter, o tomar una dirección inútil para la guerra, sino que resulta una combinación armoniosa de fuerzas, en la cual puede predominar una u otra, pero ninguna debe hallarse en oposición.
Si se exigiera que cada combatiente poseyese en una medida u otra genio militar, probablemente nuestros ejércitos serían muy débiles, dado que, justamente porque el genio implica una tendencia especial de las fuerzas del espíritu, sólo se dará en raras ocasiones, allí donde en un pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos muy diversos. Pero cuantas menos actividades diferentes ofrezca un pueblo, y cuanto más predomine en ellas la militar, tanto más predominante será en ese pueblo el genio militar.
Esto, sin embargo, sólo determina su alcance y de ninguna manera su grado, pues este último depende por lo general del desarrollo espiritual general del pueblo. Si dirigimos nuestra mirada a un pueblo agreste y belicoso, comprobaremos que el espíritu guerrero de sus individuos es mucho más patente que entre los pueblos civilizados, pues en el primero casi todos los combatientes lo poseen, mientras que en los últimos hay toda una multitud de personas que han sido movilizadas tan sólo por necesidad, y de ningún modo por su inclinación interior. En realidad, en los pueblos agrestes nunca encontraremos a un gran general en jefe, y muy raramente lo que podríamos denominar un genio militar, porque esto exige un desarrollo de las fuerzas intelectuales que no puede darse en un pueblo poco civilizado. De más está decir que incluso los pueblos civilizados pueden presentar también una tendencia y un desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto mayores sean éstos, con mayor persistencia aparecerá el espíritu militar en los individuos que componen sus ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado grado de civilización, esos pueblos proporcionan un brillante cuadro de realizaciones militares, como lo demostraron los romanos y los franceses. En estos y en el resto de los pueblos famosos por sus empresas guerreras, los grandes nombres surgen siempre tan sólo en épocas de elevado nivel de formación.
De aquí podemos inferir en seguida la importancia de participación que las fuerzas intelectuales tienen en el genio militar superior. Examinaremos esto con más atención.
La guerra implica un peligro, y, en consecuencia, el valor es, por sobre todas las cosas, la primera cualidad que debe caracterizar a un combatiente. El valor puede ser de dos clases: en primer lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro contra la persona, y en segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad, ya sea ante el tribunal de una autoridad externa ya ante el de una autoridad interna, que es la conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera clase.
El valor ante un peligro personal comporta también dos clases. En la primera, puede consistir en una indiferencia hacia el peligro, debida ya sea a la forma en que está constituido el individuo, ya al desprecio por la muerte o al hábito; en cualquiera de estos casos el valor debe considerarse como una condición permanente. En la segunda, el valor puede proceder de motivos positivos, como la ambición, el patriotismo, el entusiasmo de cualquier naturaleza; en este caso, el valor es más bien una emoción, un sentimiento, antes que una condición permanente.
Cabe comprender que estas dos clases de valor actúan de forma diferente. La primera es más segura, pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda, a menudo lo induce a ir más allá. La primera pertenece más a la constancia, la intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al entendimiento; la segunda, a veces acrecienta su poder, pero también a menudo le causa perplejidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más perfecta del valor.
La guerra implica un esfuerzo físico y un sufrimiento. Para no verse desbordados por ellos se necesita cierta fortaleza de cuerpo y de espíritu que, de manera natural o adquirida, produzca indiferencia ante uno y otro.
Dotado de estas cualidades, entre las cuales se encuentra el simple sentido común, el hombre puede constituir un buen instrumento para la guerra, y así es como estas cualidades se encuentran muy comúnmente entre los pueblos semicultivados y agrestes.
Si ahondamos en las exigencias que la guerra plantea a sus secuaces, encontraremos que predominan en ellas las cualidades intelectuales. La guerra implica una incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas sobre las que se basa la acción bélica yacen ofuscadas en la bruma de una incertidumbre más o menos intensa. Por tanto, aquí se precisa, antes que nada, un entendimiento fino y penetrante que perciba la verdad con un juicio atinado.
Una inteligencia normal puede ocasionalmente dar con esta verdad, y por azar, un valor anormal puede, en ocasiones, enmendar un error; pero en la mayoría de los casos el promedio de los resultados revelará siempre un entendimiento escaso.
La guerra es el territorio del azar. En ningún otro ámbito de la actividad humana hay que dejar tanto margen para ese intruso, porque ninguno esta en contacto tan constante con él, en todos sus aspectos. El azar aumenta la incertidumbre que preside todas las circunstancias y llega a trastornar el curso de los acontecimientos.
Debido a esta incertidumbre respecto de todas las informaciones y suposiciones, y a esta continua incursión del azar, el individuo que actúa en la guerra suele encontrarse con que las cosas son distintas de lo que esperaba que fueran. Esto no deja de ejercer influencia sobre su plan, o en todo caso, sobre las esperanzas cifradas en él. Si esta influencia es tan grande como para desbaratar los planes prefijados, por regla general deberán substituirse éstos por otros nuevos; pero a menudo se carece de los datos necesarios para hacerlo al momento, porque, en el curso de la acción, las circunstancias pueden exigir una decisión inmediata y no dejar tiempo para una observación del entorno, y, a veces, ni mucho menos para una atenta consideración. Pero con mayor frecuencia ocurre que la corrección de las premisas y el conocimiento de los elementos azarosos que se han entremetido no permiten que se derrumbe nuestro plan, pero sí hacerlo vacilar.
Nuestro conocimiento de las circunstancias ha mejorado, pero nuestra incertidumbre no ha disminuido por ello, sino que se ha intensificado. La razón de esto estriba en que no adquirimos tales experiencias de modo simultáneo, sino por grados, porque nuestras decisiones se ven incesantemente asediadas por ellas y nuestra mente tiene que permanecer siempre «en armas», por así decir.
Si pretendemos permanecer a salvo de este continuo conflicto con lo inesperado, son indispensables dos cualidades: en primer lugar, un entendimiento que, aun en medio de la oscuridad más intensa, no deje de contar con vestigios de una luz interior que conduzcan a la verdad y, en segundo lugar, el valor para seguir los trazos de esa tenue luz. A la primera se la conoce figuradamente por la expresión francesa coup d'oeil; la segunda es la determinación.
Ya que en la guerra los encuentros son su rasgo distintivo y a tenor de ello se les prestó una atención prioritaria, y dado que en los encuentros el tiempo y el espacio son elementos determinantes, y lo eran más aún en el tiempo en que la caballería, con su poder de decisión rápida, era el arma principal, la idea de una decisión correcta y rápida se basó desde el principio en el cálculo de estos dos elementos, adoptándose para significar esta idea una expresión que se aplica solamente al correcto juicio visual. Gran número de maestros en el arte de la guerra le han dado asimismo por ello este sentido limitado. Pero no hay duda de que todas las decisiones justas tomadas en el momento de la ejecución pronto pasan a ser sobreentendidas por esa expresión, como, por ejemplo, al reconocer el momento justo para el ataque, etc. En consecuencia, lo que se entiende por coup d'oeil se refiere no sólo al aspecto físico, sino, con mayor frecuencia, al mental. Es lógico que esta expresión, al igual que el hecho en sí, ocupe siempre una mejor situación en el terreno de la táctica, lo que no la excluye del de la estrategia, pues también aquí son necesarias a menudo las decisiones rápidas.
Despojar a este concepto de los dos elementos figurados y limitados que se le adjudican con tal expresión equivale simplemente a establecer una verdad no visible para la mente común o que sólo aparece después de un largo examen y de notable reflexión.
La determinación constituye un acto de valor desplegado en un caso particular, que si se transforma en rasgo característico será un hábito mental. Pero aquí no nos referimos al valor para afrontar el peligro físico, sino al que hace falta para hacer frente a las responsabilidades, o sea, para encarar, en cierta medida, el peligro moral. A esto se le ha llamado con frecuencia courage d’esprit, teniendo en cuenta que surge del intelecto, pero que no por ello es un acto del intelecto, sino del sentimiento. El simple entendimiento no implica todavía valor, ya que a menudo se comprueba que la gente más clarividente carece de determinación. Así, el entendimiento debe despertar primero el sentimiento de valor que él mismo mantendrá y afirmará, porque en un momento de emergencia el hombre es dominado más por sus sentimientos que por sus pensamientos.
Hemos asignado a la determinación la labor de eliminar el tormento de la duda y los peligros de la indecisión cuando se carece de una orientación suficiente. Es cierto que el lenguaje familiar no duda en denominar «determinación» a la simple propensión a la osadía, el arrojo, la intrepidez o la temeridad. Pero cuando un hombre alberga motivos suficientes, tanto subjetivos como objetivos, tanto verdaderos como falsos, no hay razón para referirse a su determinación, porque al hacerlo nos colocaríamos en su lugar y cargaríamos el platillo de la balanza con dudas de las que carece.
Se trata tan sólo de una cuestión de fuerza y de debilidad. No caeremos en la pedantería de discutir el lenguaje familiar que da un mal uso a esta palabra; nuestra observación tiene únicamente por objeto rehuir las objeciones injustificadas.
Esta determinación; que supera el eventual estado de duda, sólo puede ser llevada a la práctica por el entendimiento, y, de hecho, por una dirección de éste totalmente particular. Sostenemos que la mera unión de un raciocinio superior y de los sentimientos necesarios no basta para dar lugar a la determinación. Hay personas que poseen una capacidad muy aguda para percibir los problemas más difíciles y que no carecen de valor para afrontar graves responsabilidades, y que, sin embargo, en casos difíciles no saben tomar una determinación. Su valor y su entendimiento permanecen como ajenos al hecho, no se prestan ayuda mutua, y a causa de ello no forman una determinación. Esta sólo surge de un acto del raciocinio, que hace evidente la necesidad de la audacia, y en consecuencia determina la voluntad. Esta dirección completamente particular del entendimiento, que combate y anula todos los otros temores del hombre con el temor a la irresolución o a la vacilación, es la que origina la determinación en las mentalidades fuertes. Por ello los hombres con escaso raciocinio no pueden distinguirse por su determinación, de acuerdo con el sentido que le damos a esa palabra. En situaciones difíciles pueden actuar sin vacilar, pero entonces lo hacen sin reflexión, y un hombre que actúa sin reflexionar no es atormentado por duda alguna. Este desarrollo de la acción puede resultar correcto de vez en cuando, pero consideramos, ahora como antes, que el resultado medio es el que denota la existencia del genio militar. Si esta afirmación resultara impropia para quien conozca a muchos oficiales de húsares que se caracterizan por su decisión, pero que carecen de profundidad de pensamiento, tenemos que recordar que se trata aquí de una dirección particular del raciocinio y no de una disposición para la meditación profunda.
Creemos, por tanto, que la determinación debe su existencia a una dirección particular del entendimiento, una dirección propia de una mentalidad fuerte, antes que de una brillante. Para confirmar esta genealogía de la decisión, cabe añadir que han habido muchos hombres que han demostrado una gran determinación en escalas inferiores pero que han dejado de tenerla en posiciones más elevadas. Mientras en una ocasión ven la necesidad de obrar con determinación, en otra comprenden los peligros que entraña tomar una decisión errónea y, como no están familiarizados con las cosas que les interesan, su entendimiento pierde la fuerza original, y se vuelven tanto más tímidos cuanto más conscientes sean del peligro de la vacilación que los mantiene como petrificados, y cuanto más sostenida haya sido su costumbre de actuar por impulsos momentáneos.
El coup d'oeil y la determinación nos llevan, por lógica, a ocuparnos de su cualidad hermana, la presencia de ánimo, que debe desempeñar un papel importante en la guerra, como sede que es de lo inesperado; porque no es, en efecto, más que el magno ejemplo de la conquista de lo inesperado.
Así como admiramos la presencia de ánimo manifestada en una réplica oportuna a algo expresado de manera inesperada, así también la admiramos en la rapidez para echar mano de un recurso en un momento de peligro inopinado. Ni la réplica ni el recurso necesitan ser extraordinarios en sí mismos, porque lo que como resultado de una reflexión madura no sería nada excepcional, incluso pudiéndose tildar de insignificante, puede complacernos como acto instantáneo del entendimiento. La expresión «presencia de ánimo» significa de manera muy apropiada la rapidez y la prontitud de la ayuda prestada por el entendimiento.
De la naturaleza del caso depende que esta excelsa cualidad de un individuo sea atribuida más a la calidad particular de su inteligencia que a la firmeza de su equilibrio emocional, aun que ninguna de las dos puede faltar por completo. Una réplica certera es más bien propia de un ingenio veloz; un contragolpe que contrarresta un peligro inopinado entraña más que nada un equilibrio emocional estable.
Si tomamos en su forma amplia los cuatro componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra, el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil será comprender que se re quiere una gran fuerza moral y mental para que avance con seguridad y posibilidades de éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los historiadores y cronistas de los hechos militares describen como energía, firmeza, constancia, fortaleza de espíritu y de carácter, de acuerdo con las diferentes modificaciones introducidas por las circunstancias. Todas estas manifestaciones de la naturaleza heroica pueden ser consideradas como producto de la fuerza de voluntad y su equivalente, con las modificaciones que dictan las circunstancias; pero por más relacionadas que estén una con la otra, no son, sin embargo, idénticas, por lo cual creemos conveniente diferenciar con más detalle estas cualidades morales y su relación mutua.
En primer lugar, para fijar nuestras ideas es esencial observar que el peso, la carga, la resistencia, o como quiera que quiera llamársele, por lo cual se pone de manifiesto la fuerza espiritual de la persona que actúa, sólo en una mínima medida tiene que ver con la actividad del enemigo, la resistencia del enemigo, la acción del enemigo. La actividad del enemigo sólo afecta directamente al general en jefe, en primer lugar en relación con su persona, sin afectar a su acción como comandante. Si el enemigo resiste cuatro horas en lugar de dos, el jefe se hallará en peligro durante cuatro horas en lugar de dos. Esta es una consideración que cede en importancia a medida que se eleva la jerarquía de la jefatura.
¿Qué importancia tiene para el que ocupa la posición de general en jefe? Sin duda, ninguna.
En segundo lugar, la resistencia del enemigo surte un efecto directo sobre el jefe, debido a la pérdida de medios en que incurre cuando aquélla se prolonga y a la responsabilidad que con trae en relación con esa pérdida. Es precisamente en este momento, debido a la carga de ansiedad de sus consideraciones, donde se manifiesta y se pone a prueba su fuerza de voluntad. Afirmamos, sin embargo, que dista de ser esta la carga más pesada qu